La posición del prospecto en la literatura

En mi idea de la medicina, cuando uno enferma en un margen más o menos leve, se dirige a un cajón con fármacos que hay en la cocina, debajo del horno, y mira a ver qué encuentra. En condiciones normales, mejora gradualmente. Digamos que, en la concepción general de esta idea de la enfermedad, el médico es una figura superflua. Nosotros estamos tanto o más capacitados para tutelar un tratamiento. Bastan cuatro nociones derivadas del sufrimiento que en algún momento de la vida nos causa un dolor de cabeza, un malestar de estómago, un insomnio, un dolor criminal de espalda o una incisión por cuchillo de cocina. En esto se resumen los padeceres comunes. Olvidaba mencionar la quemadura por aceite, tan habitual cuando freímos huevos de granja. Fuera de estos supuestos, el médico se convierte en pieza clave del tratamiento.

No tomo los habituales trastazos domésticos sino como una variante del dolor de espalda, pero emplazado en otra región. Por esta razón, cuando esta tarde me pillé dos dedos con la puerta del coche, subí a casa, desesperada y tranquilamente, y abrí el cajón de las medicinas. Estudié el género como si fuera un traumatólogo. Había un antiinflamatorio caducado, que ingerí con naturalidad, vía oral, y una extraña pomada. Tal vez otro día exponga mi teoría de la caducidad y del paso del tiempo. Lamentablemente, la pomada no sirvió para nada en términos médicos, pues estaba pensada para atacar otras dolencias. En cambio, fue un descubrimiento eflorescente en términos literarios. Hay prospectos que merecen un pequeño lugar, como mínimo, en la historia de la literatura. En el caso concreto del Laurimic Crema, para los hongos, hay un momento en el que la narración hipnotiza y eleva al lector metro y medio del suelo: «…está indicada como complemento al tratamiento ginecológico con Laurimic óvulos en candidiasis vulvovaginal para afecciones cutáneas en la vulva, así como en la balanitis candidiásica del cónyuge».

Foto: El gabinete del doctor Caligari, de Robert Wiene (1920).

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