¡¡¡Goooool… del árbitro!!!

El 9 de octubre de 1983 el campeonato paulista acogió un partido entre el Santos y el Palmeiras de gran poder metafórico, que nos debe servir para entender que, ante determinados hechos, no hay nada que entender. Ni siquiera hay que intentarlo. Sólo hace falta rendirse. Estás jodido, y si te revuelves, simplemente estás jodido en otras condiciones. Aquel día el estadio Morumbí estaba a reventar, cuando inesperadamente, el árbitro José de Assís Aragao empujó el balón hacia el interior de la portería del equipo local, con la punta del pie. Sólo restaban cuatro minutos para el final del partido y el Santos se imponía 2 a 1. Todo indicaba que ese resultado iba a ser definitivo, pero sobre la hora pasó lo que pasó. Es decir, lo inexplicable. Lo que nunca pasa. Lo que no hay que intentar comprender cuando pasa. La rehostia. Después de un remate que se marchaba por la línea de portería, sin consecuencias, el balón pegó hábilmente en el pie del juez, situado a un lado del poste, y entró. Gol. Un par de jugadores del Palmeiras no dudaron en abrazar al árbitro, mientras éste pedía perdón al equipo local. A la salida se limitó a decir «Yo qué le voy a hacer…».

Creo que se entiende bien la metáfora. Estamos encajando goles de actores que no participan en el encuentro. No existe defensa contra una estafa así. Es como cuando Aleksandr Pushkin falleció después de recibir un tiro en el estómago, en un duelo en el que su contrincante se adelantó a la orden de fuego disparando a quemarropa. ¿Qué podía hacer el escritor ruso frente a una injusticia tan elemental y atroz? Nada, excepto morir tras dos días de febril agonía.

En las circunstancias menos solemnes podemos sentir el poder de esa fuerza oscura, feroz, invencible. No es preciso batirse a muerte. Ni verse desposeído de derechos. Ni que saqueen la hacienda pública. Hace dos semanas quise preparar un arroz con conejo. En un momento dado, con una mano controlaba el guiso, con otra el nivel del fuego, con la tercera la sal, así que empleé las otras dos en abrir a toda prisa el paquete del arroz. Gracias a una infructuosa modalidad de abrefácil fue imposible no rasgar el envase de arriba a abajo y que el arroz se desparramase por la cocina, llegando incluso a las habitaciones. No hay resistencia capaz de doblegar ciertos males. Atacan en todos los ámbitos. En el familiar, en el público, en lo ínfimo, en lo crucial… No se conoce un antídoto. Sólo reconcilia dar con una buena metáfora para contarlo, como cuando Gila decía: «Me habéis dejado sin hijo, pero lo que me he reído».

Foto: José de Assís Aragao.

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2 respuestas

  1. Maravillosa entrada. De unos días para acá, siempre que puedo, me gusta ingresar en este bosque de entradas que es su bitácora, dejándome llevar por el azar, buscando ese texto, que dentro de la notable calidad del conjunto, es capaz de tocarte la fibra sensible, de, en cierto modo, acercarte al anonadamiento. Este es uno de ellos. Siempre he sido bastante futbolero, y aunque ahora lo miro desde la distancia (o tal vez no tanto, colchonero esperanzado, no pienso morirme sin antes volver a ver levantar una liga al Atleti), las historias alrededor del fútbol siguen siendo una de mis pasiones, a la altura de la literatura, el análisis socio-esperpéntico de la realidad o el arroz con conejo, que por cierto, hace ya demasiados años que no cocino. Un cordial saludo y gracias una vez más por alegrarme el día a primera hora.

    • El fútbol recrea siempre las mejores metáforas. Me da usted una alegría al confesar su sentimiento colchonero. Ya milito en la misma religión. Me temo que ha ganado usted para sus causas. Avíseme cuando se vaya a una guerra. Le acompañaré gustoso.

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