La última mamada suprema

Los libros dan sed, por eso camino de la biblioteca casi siempre procuro desviarme hacia algún bar.  En el caso inverso, cuando planeo cambiar de bar, en ocasiones tuerzo en dirección al videoclub, incluso a la biblioteca. Algunas veces la bebida te lleva a las metáforas. Es bueno interrumpir de pronto la línea previsible y anodina de los hechos. Sólo así pueden pasar cosas distintas, inesperadas, que hagan evolucionar la realidad hacia estados favorables. Hay escritores que en medio de la redacción de una novela necesitan saltar a la poesía, o escapar a la calle, incluso al bar, para evitar los automatismos de los géneros, siempre tan peligrosos. Los propios lectores precisan sustituir unos autores por otros a fin de cambiar el sabor de boca. Cuando sucede lo que esperamos que suceda, es difícil que suceda algo.

Louis-Ferdinand Céline cuenta en Viaje al final de la noche que «durante la retirada de Rusia, a los generales de Napoleón les costó Dios y ayuda impedirle ir a Varsovia para que la polaca de su corazón le hiciese la última mamada suprema. Era así, Napoleón, hasta en plenos reveses e infortunios», relata el novelista francés. No hay manera de saber si esa interrupción de la huida habría cambiado la historia de Europa. O al menos el relato de Céline. Es probable que no. Es posible que sí. Tal vez alguien alegue que sólo se trataba de una mamada, de una insignificante y asquerosa mamada, y que ninguna mamada ha alterado nunca el curso de la historia. Ni siquiera el curso de una vida o el curso de una noche. No sé. Es mucho decir. Tal vez alguien replique a una alegación así de nihilista que la humanidad sólo avanza cuando los individuos tienen ocasión de consumar pequeños placeres, como hacer o recibir una mamada, leer un libro de Cid Cabido, comer arroz con leche, que en teoría no conducen a ningún lugar. Yo, en vista de la deriva, creo que…

Foto: Desirée, la amante de Napoleón (1955), de Henry Koster.

Anuncios


Categorías:Sin categoría

Etiquetas:, ,

2 respuestas

  1. Lo malo es cuando perseguimos los pequeños placeres de otros como si fueran propios y luego nos asquean (no hablo de sexo oral, que me parece una cosa respetable y nunca suficientemente valorada, hablo, por ejemplo, de un cigarrillo, que joder si está malo, de una cerveza, que es increiblemente amarga, de un fin de semana de camping en medio de la nada, cosa tan inquietante e incómoda…). Creo que los pequeños placeres sólo pueden cambiar el curso de las cosas cuando de verdad, de verdad, de verdad nos pertenenen, nos son propios. En vista de la deriva, creo que…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: