Peine en el bolsillo

Hablemos, ya que ha salido el tema, de esos individuos que van de un lado a otro con un peine en el bolsillo, como si fuese un revólver. No me causa tanto desasosiego la presencia del peine, que también, como la capacidad del sujeto para peinarse sin espejo, mientras evoluciona por la acera a paso ligero. Alguien que se desplaza con un peine en el pantalón, o en la camisa, siempre está en guardia, a la expectativa, para ser el primero en disparar. Si en algún momento coincide usted con uno –lo cual no es fácil– observe que nunca está relajado. Se mueve como si tuviese prisa, o simplemente, algo que esconder. Portar ese peine… En el fondo, se trata de un modo más de andar armado.

Hay objetos turbadores. Parecen simples, bien diseñados, pero ofrecen mala compañía. Digamos que desprenden mal aliento. No importa lo inofensivos o hermosos que resulten. De hecho, la inocuidad multiplica el peligro. No digamos la belleza, que desde Rilke no es si no el comienzo de lo terrible. Olvide, por medio minuto, la sombra alargada del peine. Piense en un libro. No en cualquier libro. Piense en El guardián entre el centeno, y luego retroceda al 8 de diciembre de 1980, frente al edificio de apartamentos Dakota, en Nueva York. Van a ser las once de la noche cuando Yoko Ono y John Lennon bajan del coche y caminan hacia el portal. En ese instante, irrumpe Mark David Chapman por detrás y dispara cinco balas de punta hueca con un revólver calibre 38 especial. Después de matar a Lennon, el asesino se sienta en la acera y saca del bolsillo, como si fuese un peine, su ejemplar de El guardián entre el centeno, y lee tranquilamente hasta que llega la policía.

Supongo que ahora la novela de J.D. Salinger ya no le resulta tan inocua. Ciertas combinaciones, como la de Chapman y Salinger, le otorgan a los objetos más pacíficos un aire sospechoso. Cuando descubro un peine sobresaliendo del bolsillo de una camisa, como me ocurrió ayer, tiemblo. No hace falta decir que si el fulano saca el peine y se peina, como también ocurrió ayer, corro, corro mucho, corro sin mirar atrás, corro hasta que llego a otra ciudad, cojo una habitación en un hotel discreto, y espero. No sé a qué.

Foto: Hugo Koblet.

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