«Voy a morir de una errata»

La gente que pisa este blog habitualmente sabe que en la biblioteca a la que acudo a diario hay un tipo solitario, hermético, sospechoso, que cada mañana, como si se tratase del Sintrom para prevenir el infarto, toma del estante correspondiente La riqueza de las naciones, de Adam Smith. Invariablemente. No sé por qué desconfío que si en algún momento no coge ese libro, ese en concreto, sólo ése, morirá. O moriremos todos. Cada día, desde hace meses, a la misma hora, se sienta, abre el volumen y lee durante tres minutos. Pasado ese tiempo cierra el tomo, lo abandona sobre la mesa, como indican las normas de la biblioteca, y se marcha. No sé a donde va. Tal vez a casa, o al bar. Quizás regrese al sanatorio. Este no es el tema.

El tema es que una fidelidad a los hábitos de esta naturaleza, misteriosa y obsesiva, acabó conduciéndome a una novela. No a lo que los escritores llamamos un proyecto de novela, y que consiste en una frase escrita en una servilleta de papel, sino a una novela, novela. En realidad, el texto está muy avanzado. Tanto, que sólo resta escribirlo. Esa es, quizás, la parte más sencilla. Todo lo demás se ha ido tejiendo durante meses de observación detallada del protagonista. No hay un pormenor sin planificar. La minuciosidad de mi trabajo me evoca –con perdón– la perfección enfermiza que Juan Ramón Jiménez buscaba en sus textos. En algunos papeles aparecía a veces la enigmática anotación «M.P.S.», que significaba que el poema, o lo que fuera, estaba Meditado Para Siempre. Era, en su criterio, inmejorable. Perfecto. No había que tocarlo. La perfección que perseguía no sólo afectaba a los escritos, sino también al diseño de los libros, a la calidad de impresión, al tipo de letra. Naturalmente, a las erratas. «Voy a morir un día de una errata», vaticinó una vez.

Un escritor sólo necesita una buena obsesión y un individuo desmantelado por ese fantasma, y yo los tenía. Pero esta mañana ocurrió algo. Pero pasó algo terrible. Pero esto es una tragedia. Pero, pero, pero. Eran las diez menos cuarto cuando mi personaje entró puntual en la biblioteca. No observé nada extraño en él, pero de pronto ignoró a Adam Smith, siguió caminando y cuatro estanterías más allá, ¡cogió un atlas fotográfico de National Geographic!

¿Y ahora? ¿Qué hago con mi novela? ¿Qué hago con el fulano? Lo mato. Claro que lo mato. No tengo otra salida. Lo mato hoy. A primera hora. Con estas manos. Zas. En cuanto entre por la puerta de la biblioteca. Está decidido. Lo siento por él.

Foto: Juan Ramón Jiménez.

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3 respuestas

  1. ¿Te has fijado en si lleva un peine en el bolsillo?

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