La infelicidad transcurre fuera felizmente

En los años que Bob Dylan encadenaba una gira tras otra, sin descanso, y los ininterrumpidos viajes lo convertían en el cronista alternativo de los conflictos de Norteamérica, los periodistas no comprendían por qué ese afán en ir de un lado a otro. Frente a esto, el artista preguntaba con desconcierto: «¿Qué hay en casa?» Las calles, las ciudades desconocidas, los bares, los camerinos, el back stage le resultaban lugares más acogedores. Ahí las cosas ocurrían en común, socialmente, y las experiencias, incluyendo las tragedias personales, se compartían entre muchos. Marchar de ciudad en ciudad como un nómada –evitando las paredes de las que colgaban los cuadros de siempre, los cajones en los que se guardaban siempre las mismas cosas, los muebles de siempre, las vistas, los vecinos de siempre– estimulaba la creatividad. bob dylan1En cambio, quedarse en casa, seguir la realidad exterior desde el sofá, acababa aislando a uno en un solo mundo. Cuando resulta evidente que existen infinitos mundos.

Pasaron los años. Cambiaron los tiempos. La casa se volvió un cuartel general. El lugar, digamos, preferido por la clase media, que instauró alegremente su dictadura. Pero volvieron a pasar los meses. Llegaron los recortes. Cambiaron otra vez los tiempos. La clase media notó que, de repente, tenía los pies mojados porque llovía en el salón. Y hoy la realidad vuelve a transcurrir en los exteriores. Basta asomarse a la ventana para advertir que la ciudad no es ajena a la proliferación de protestas que sacude al país. Lentamente, la ciudadanía comienza a advertir, como decía el actor Antonio Gamero, que «como fuera de casa, en ningún sitio».

La calle derivó en un espacio mucho más acogedor. No tal vez silencioso, pero hace mucho tiempo que el silencio resulta un lapsus incómodo. Todo indica que los tiempos tardarán en cambiar y habrá que esperar mucho antes de que la casa nos vuelva a amparar. La infelicidad transcurre más felizmente en la calle. En realidad, no es fácil saber qué ocurre exactamente en la calle, cuánto hay de síntoma en los acontecimientos que se reproducen a la intemperie, entre tanta manifestación, proclama y, entre grito y grito, silencio. Y sobre todo, en qué derivarán. Lo que ocurre en la calle pasa no tanto en su superficie como en el fondo. Es como cuando Rafael Alberti, en aquellos juegos de palabras a los que era tan aficionado, decía: «Abrígate, que en la calle hace Freud».

Foto: Bob Dylan.

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2 respuestas

  1. La semana pasada un hombre tuvo un ataque de locura frente a mi trabajo. No es el primer atraque de locura que veo, por lo que no estaba muy impresionada, simplemente puse el dedo tieso y llamé a una ambulancia, dejad que los profesionales se acerquen a mi, pero mientras el hombre gritaba: “Dile a ese cabrón que no saque la camilla, que no soy un inválido, que soy bipolar y me están drogando”, pensé que igual un día de estos tal vez no podremos poner el dedo tieso y marcar número alguno… “Hay caras en los espejos”, decía el hombre, y eso no era una frase de loco, ya que todo el mundo estaba mirando, asomados a las ventanas…

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