Hegel y los negocios decadentes

En todos los sitios, en una ciudad, en una aldea decadente, en una carretera solitaria, hay una tienda en la que nadie compra. Ni siquiera entran. Pero misteriosamente, resiste. No necesita a la sociedad. Lleva ahí toda la vida. Se acostumbró al vacío, a que la puerta no se abra, a que no haya cambio en la caja registradora, al beneficio cero. No necesita clientes. Tal vez si un día comenzase a entrar y salir gente del negocio, a hacer transacciones, a facturar, a realizar devoluciones, a anotar pedidos, en definitiva, a vivir al revés de como vivió en los últimos cuarenta, cincuenta o sesenta años, no tendría otro camino que cerrar. Algunas cosas sólo funcionan siguiendo la dirección contraria, dejando de funcionar. Hace meses que observo una ferretería cerca de mi casa. Cada vez que paso por delante, espío el interior. Nunca hay nadie, excepto el propietario. En dos ocasiones entré y encontré lo que buscaba. TiendaPero el dueño me miró como cuando pasas diez años solo en una isla deshabitada del Pacífico, y una tarde de verano aparece un tipo en chanclas y bermudas.

También hace tiempo que observo una tienda de filatelia, minerales y numismática, no lejos de la ferretería. El funcionamiento es parecido: hay un local, artículos para la venta, un encargado detrás del mostrador, pero nadie entra a comprar. La suciedad del escaparate impide que los minerales y las monedas brillen como debieran. Tal vez es una estrategia para quitarle a los clientes las ganas de entrar. En general, resulta deprimente la simple idea de detenerse y mirar. Es cierto que la necesidad de disponer de una calcopirita o de un ducado austríaco del 1805 es menos común que la de poseer un destornillador de estrella. Pero aun así, siempre hay un loco de la calcopirita o de las monedas austríacas del siglo XIX…

Existen negocios que están más allá de la economía de mercado. No precisan establecer intercambios comerciales. El silencio y el vacío bastan. Anida en ellos algo absolutamente fértil. En cierta medida, son como ese ejemplar de la Fenomenología del espíritu de Hegel, en la que reparo cada vez que entro y salgo de la biblioteca. Siempre está en la misma posición, tiesa, fría, invulnerable a la indiferencia de los usuarios. Eso no evita que sea inmortal. No necesita que la lea nadie. Fue suficiente con que Hegel la escribiera. Y como mucho, que después Marx reflexionara sobre ella.

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Categorías:Literatura, Vida diaria

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