Bajo la inmundicia siempre hay algo fascinante

Hay días, como hoy, que uno no tiene ganas de nada. Ni de trabajar. Prefieres, sinceramente, perder cincuenta euros antes que mover un dedo. Sólo experimentas alivio observando que la gente va de aquí para allá, pero que ese movimiento no te afecta especialmente. En alguna medida, alimentas la sospecha de que el menor ejercicio, una simple vibración, acabará contigo. No presentas un cuadro de debilidad general, ni astenia, ni falta de apetito. Ni tienes deteriorada la capacidad de tomar decisiones. Simplemente, no quieres hacer nada. Es mi caso. De pronto, por unas horas, tienes una idea muy negativa de la acción. A veces es importante saber quedarse paralizado. Hacer el muerto. Este es uno de esos días en los que me siento en un banco y gozo mirando a los zapatos de la gente. Es un vicio muy personal, como cuando en una de las escenas de El sueño eterno el general Sternwood dice que «mis hijas tienen los vicios normales que tiene todo el mundo, más los que hayan podido inventar ellas». En los zapatos se acumula más información de la que imaginamos. De hecho, nadie imagina que los zapatos acumulen nada, excepto inmundicia. Eso también, pero bajo la inmundicia, precisamente, se revelan las verdades más sugestivas.

Foto: Alan Hansen.

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2 respuestas

  1. Dejad a los zapatos morir en paz…

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