Todo es la hostia, pero todo es bazofia

Todo es historia, pasado, celebraciones. Cada semana hay un evento, un cabo de año, una fecha que… La inagotable sección de la efeméride. Todo es proverbial. Todo es legendario. Todo es irrepetible. Nada conoce parangón. Todo entra en los anales.  Todo es la hostia. Sin embargo, todo es bazofia. El concepto «histórico», en vista de su uso abusivo, ha perdido cualquier transcendencia. Se ha vaciado como si fuese un cartón de leche en el que han querido beber todos. La sucesión de hitos que nos distrae de un presente soporífero, ha dejado la Historia reducida a aquello que pronunció Hamlet: palabras, palabras, palabras. Si hay algo a lo que nos referimos como «histórico» es porque está trillado y resulta insubstancial, popular, costumbrista. En este orden o en otro.

Si cada día es un día histórico; si cada semana asistimos a una mala noticia histórica; si cada jornada se cumple el centenario de un personaje histórico; si las catástrofes tienen carácter histórico todas, todas, todas sin excepción; si cada cifra, manifestación, discurso, primera piedra, placa, son históricos, entonces la Historia se ha vuelto una marmita en la que no hay nada.

Borges advertía en un pequeño texto de 1952 que las jornadas históricas tienen menos relación con la Historia que con el periodismo. El escritor argentino sospechaba que «la historia, la verdadera historia, es más pudorosa» y que «sus fechas esenciales pueden ser, durante uno ancho tiempo, secretas». Tal vez hoy, cuando parece que no se mueve nada y no se vende una escoba, se esté cociendo a escondidas un día inolvidable.

Me temo que la vida de cualquiera de nosotros, incluyendo los «nosotros» muertos, está determinada por fechas insignificantes. Cada hito histórico de la biografía personal es, en el fondo, una circunstancia ridícula, en la que resulta posible no reparar hasta mucho tiempo después de suceder. A la postre, en el momento tal vez de morir –en el postre–, nadie recuerda una fecha importante en su vida porque ese día se produjese un Waterloo, un 23-F o un Watergate, sino porque aconteció algo inaudito, invisible, insignificante, pero no lo bastante insignificante como para no resultar perturbador, un factor de desconcierto, algo que marca la biografía de uno secretamente. En mi caso, recuerdo el día, en el bachillerato, que me crucé por primera vez con la expresión «mutatis mutandis». No había fumado, y por una vez había ido a clase, así que estaba relativamente lúcido. Me temo que ningún adolescente olvida ese momento, fascinado por el malabarismo semántico que implica el uso de esta expresión latina. No te entra en la cabeza que algo tan simple, incluso chistoso, apenas dos palabras, la segunda propuesta casi como un eco de la primera, llegue tan hondo, denote algo tan rocambolesco.

Lógicamente, la primera vez no entiendes nada. Pero entender es lo de menos. Importa el desplazamiento que el concepto provoca en tu orden interno. Te desubica. Como es fácil de memorizar, le sigues la pista con vista a posteriores encuentros, porque temes que volveréis a veros, y en condiciones desfavorables para ti, como cuando el investigador Sir Denis Nayland Smith y su acompañante, el doctor Petrie, se encontraban en circunstancias hostiles con Fu Manchú, que seguía vivo después del final de la última película. Y de nuevo tenía un plan para destruir Occidente.

No puedo asegurarlo, pero tengo la confusa sospecha de que acabé el bachillerato, y opté por matricularme en Filosofía, por el desasosiego que me generaba la expresión «mutatis mutandi», que no acaba de descifrar. El misterio es el motor de la existencia. En realidad, pudieron existir otros factores que me llevaron a una Facultad tan anodina, como el hecho de no tener nota suficiente para entrar en Periodismo, y porque me enamoré de la profesora de filosofía en COU. En todo caso, juntas y por separado, se trataba de razones ridículas, y por tanto, de peso. Parte de la adolescencia consiste en eso, es decir, en descubrir una estupidez en el camino y no poder resistirte a su seductora fuerza.

En el primer año de la carrera, en efecto, volví a coincidir con la expresión. En esta ocasión, no venía sola. Cuando la distinguí escrita en el Manual de lógica proposicional se hacía acompañar de «modus ponens» y «modus tollens», ambas reglas de inferencia que aprendí a odiar enseguida. No las he olvidado todavía: «Si p implica q, y p es verdadero, entonces q también debe ser verdadero». Esto enunciado resumía el «modus ponens» o razonamiento directo. En lenguaje natural, «si hago mucho deporte, entonces estoy cansado, como es cierto que hago mucho deporte, concluyo que estoy cansado». El «modus tollens» o razonamiento indirecto partía de que «si p implica q, y q es falso, entonces p también debe ser falso».

En las cercanías de esas explicaciones hacía su aparición, tras meses hibernada, «mutatis mutandi». Lo hacía a lo grande, para desequilibrarme de nuevo, porque cuanto más profundizaba sobre su significado literal más desconcierto hallaba. Porque, ¿qué sino algo impenetrable era eso de «cambiando lo que haya que cambiar»? Cuando menos, resultaba tan indescifrable como cuando algunos días tu madre te dice todavía, justo antes de que cometas un error, que hagas lo que tengas que hacer.

Con el tiempo, aprendí a huir de las cosas que me desagradaban, pero en todo caso, sobre el concepto latino «mutatis mutandis» podría reconstruir una parte importante de mi vida. Es la llave que abre las puertas de muchos recuerdos, ninguno que tenga que ver con la expresión en si, pero que son sugeridos, en tanto que coetáneos, por este concepto. Es el código que desactiva ciertos olvidos. ¿Qué significa cuando pulsas 4519 en el cajero automático? Nada transcendente, pero te permite acceder a la gestión de tu dinero, los movimientos, la posibilidad de una transferencia, etcétera.

«Mutatis mutandis» es un desbloqueante, igual que la figura de Drazen Petrovic, cuyos posters decoraron las paredes de mi habitación durante un lustro. Aquel jugador irrepetible, que explica el despertar de Europa frente a Estados Unidos, y no sólo en términos deportivos, también explica parte de mi vida. Es otro hito ridículo, y consecuentemente, trascendental. Me parece que también ocurrió algo extraño dentro de mí el día que descubrí El infierno tan temido; y cuando el coche de mi madre le pasó por encima a una TDK de 60 con temas de Siniestro Total, y en alguna medida, en aquel momento, finalizó la adolescencia… La Historia no ha provisto ventanas para circunstancias así de menudas, pero cuando caminas cerca de ellas, y finalmente las pisas, son como minas.

(Publicado en Vozed)

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2 respuestas

  1. Mira por donde, hoy hace 30 años del estreno de ET, juas.

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