A las ocho y un minuto

Hay títulos de libros que, por mucho que la historia apeste, justifican que el editor se juegue los cuartos. No diré que un buen título es todo lo que una novela precisa. Un título es un título, nada más. Pero «nada más» es muchas veces todo lo que necesita un libro. Soy un fanático del modo de titular del género policial. No has abierto el volumen cuando ya has penetrado en su atmósfera. Yo soy de los que mataría a Boris Vian para ser el autor de Escupiré sobre vuestra tumba. Hay algo en ese epígrafe que te atraviesa como una bala de hielo. Tal vez lo mismo que acabó con Boris Vian, que falleció mientras asistía de incógnito al preestreno de la película basada en su texto, en el cine Le Petit Marbeuf, en París, mientras la amiga que lo acompañaba gritaba «¡Parad la música! ¡Que pare la música!». También mataría a Jim Thompson para robarle 1.280 almas. Llegada la hora, mataría a quien se me pusiera delante a cambio de que la cabecera fuese de las que producen convulsiones.

Es imposible quedar en paz después de leer ciertos títulos. Sólo las cubiertas son capaces de sacudir el sopor más incrustado. En algún sentido, equivalen a un buen trago de algo. Son –siguiendo ciertos hábitos de los sesenta y setenta– como ese copazo que te preparas nada más llegar la casa y soplas de un trago, para entrar en calor. Un buen título también te sitúa. No hay que penetrar en el texto, ni siquiera abrir el libro. Basta el título, como es suficiente a veces el letrero de un bar para tener sed. Algunos títulos conspiran contra ti. Te envenenan. No puedes hacer nada por alejarte de ellos. Es el destino. No sé qué es. Es como cuando intuyes que el fulano que acaba de entrar en el banco en el que esperas para pagar la contribución, lleva una pistola automática escondida en la barriga. Deberías salir corriendo, correr hasta que se te para el corazón, pero en cambio no te mueves del sitio, miras fijamente el bulto de la barriga, no pestañeas, tienes una taquicardia. Estás hipnotizado por el peligro y el suspense, como si amaras el miedo y la posibilidad de una bala. Me pasa cada vez que leo en una portada La bestia debe morir (Nicholas Blake), Que nadie se mueva (Dennis Johnsson), Un accidente sin importancia (James P. Duff), ¡No abras esa puerta! (Anthony Gilbert), No quisiera estar en tus zapatos (Cornell Woolrich), 45 grados a la sombra (George Simenon), Todos muertos (Chester Himes), A balazo limpio (Howard Schoenfeld), C de cadáver (Sue Grafton), Disparen sobre el pianista (David Goodis), El asesinato como diversión (Fredric Brown), Ala de mosca (Aníbal Malvar), Entre trago y trago (Julián Ibáñez), El cielo bajo los pies (Elsa Plaza), La especialidad de la casa (Stanley Ellin) o El 31 de febrero (Julian Symons).

En esos días desvaídos, en los que no tienes donde caerte muerto, yo acudo a las colecciones de serie negra en la búsqueda de electricidad. Cuando repasas los catálogos de Edhasa, RBA, Siruela, Ediciones B o Tusquets, entras en onda. Si pese a eso continúas sin pulso, entonces hace falta recurrir a los remedios de siempre: Bruguera, Aymá, El Séptimo Círculo. Heroína rica. Todo vuelve a su sitio cuando leo títulos como A las ocho y un minuto, ¿Acaso no matan a los caballos?, El hombre que era jueves, Gente que llama a la puerta, Tengo un mal presentimiento, Al amparo de la ginebra, Bay city blues, Al ingeniero le gustan demasiado los números, Y en lo alto un cuervo, El cartero siempre llama dos veces o Pacto de sangre. Nada es tan grave que no se cure con un escalofrío de los que te suben por las espalda y te recuerdan que en cualquier momento puedes morir, aunque sea de un susto.

Foto: Chester Himes.

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1 respuesta

  1. ‘Escupiré sobre vuestra tumba’ es la única novela que he leído sin saber (ni querer saber) nada más, es cierto que el título me cautivó. Me pasó exactamente igual con: ‘Entrevistas breves con hombres repulsivos’, de mi adorado DF Wallace, así como con ‘Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer’ y ‘La niña del pelo raro’, del mismo autor. No es novela negra, pero representa para mi toda una filosofía de vida, condensadita en unos pocos títulos…

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