Una aguda punzada en el escroto

Cada vez que veo a alguien con una americana cruzada me pongo malo. Vértigos, irritación, arcadas. Es insoportable. No me pasa con ninguna otra prenda. Ni siquiera con la falda-pantalón o con la falda plisada. Se trata de una modalidad de alergia muy delicada, como cuando te asomas a la muerte después de comer marisco. Sólo soporto la chaqueta cruzada en el cine, cuando se combina con una ametralladora Thompson de tambor. En ese caso, sienta relativamente bien. Si el protagonista del film no lleva armas de repetición, pero se llama Hamphrey Bogart, también hago la vista gorda. Fuera de ahí, no hay excepciones. Me vuelvo loco cuando veo una. Esas solapas en pico, esos botones dorados, ese tubo que se forma alrededor de la cintura, son pequeños crímenes. Me es imposible simpatizar con alguien que usa americana cruzada. Definitivo. Prefiero que use sotana. En esas circunstancias, que también serían horribles, habría por lo menos una remota posibilidad de confraternizar. No creo que me costase mucho matar a alguien con chaqueta cruzada. En serio.

No se puede hacer nada contra una alergia así. No tiene cura. Tal vez sea uno de esos raros especímenes que, cuando llega el momento, mueren de un ataque de chaqueta cruzada, de la misma manera que se puede morir de una subida de azúcar, de un corte de digestión o de una embolia. Estos días, leyendo a John Cheveer, sentí mucho consuelo al descubrir que él tenía un problema insuperable –alcohol aparte– con los puentes. Cada vez que se acercaba en su coche a uno sentía «una aguda punzada en el escroto, sobre todo en el testículo izquierdo, y un encogimiento doloroso del miembro viril». A medida que se metía en el puente, «la respiración se volvía penosa, los jadeos violentos. Tras la dificultad para respirar sobrevenía una debilidad en las piernas y una descoordinación tal, que cabía preguntar si podría pisar el freno en caso de necesidad». Para casos de máxima angustia, llevaba una petaca de whisky en la guantera, y si preveía un ataque más violento que de costumbre, detenía el vehículo y soplaba dos tragos. Este misterioso síntoma queda bien plasmado en su relato «El ángel del puente». El mío, tal vez quede recogido un día en una crónica de sucesos. Tiempo al tiempo.

Foto: Scarface, de Howard Hawks.

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5 respuestas

  1. Hay que ser tolerantes, excepto si el interlocutor piensa que el largo perfecto para el pantalón del traje es justo a la altura del tobillo.

  2. Me pirro por los pantalones vaqueros cagones en los tíos de piernas arqueadas, como si hubieran aparcado el caballo percherón en la esquina, ¡no me haga hablar más de la cuenta!

  3. ¿Una más? La apuntaré en la lista…

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