La lógica abstemia de la literatura actual

Ya nadie escribe borracho. El alcohol se ha vuelto una niebla insuperable, un tejido de hormigón incluso para la literatura, especialista en penetrar en cualquier rincón. No casan. Ocurre como cuando Karl Kraus decía que con gente que empleaba el término «efectivamente» no se trataba. Escritor y alcohol evitan coincidir en horas de oficina. No es que los escritores no beban. Ja ja ja. Claro que beben. Siempre beberán. Es bueno que beban.  No olvidemos que las grandes atrocidades de la historia fueron perpetradas por individuos sobrios y, principalmente, abstemios. Algunas de las cosas más encantadoras fueron ofertadas al mundo, en cambio, por personas que, en un momento dado, cambiaron el agua por el alcohol. Millôr Fernández, cuando lo invitaron a decir algo a favor del alcoholismo, afirmó que nunca había visto a cien mil borrachos de un país que quisiesen acabar con cien mil borrachos de otro país.

Hasta hace nada, los autores bebían y, como no había tiempo que perder, al mismo tiempo escribían. O al revés. Eso dependía de los gustos. Las cosas han cambiado. Ahora, cuando un novelista o un poeta bebe hasta emborracharse, tiene que dejar pasar las horas, sino los días, antes de regresar al texto. Esa es la gran diferencia. Quizás sólo es un pequeño cambio, pero la literatura está llena de pequeños cambios que la transformaron para siempre jamás.

La compatibilidad se ha vuelto imposible. O escribes, o bebes. Tal vez se trate del alcohol, cuya composición infame devora la lucidez del escritor desde el primer trago. Tal vez se trata de la literatura, cuyos ornamentos y vestiduras exigen sobriedad total. Lejos han quedado los tiempos en los que el discurso narrativo buscaba el abismo en el que se movían personajes superados por la realidad. Al cambiar de objetivos, se han modificado los métodos. Tal vez se trate de las dos cosas. Tal vez, incluso, se trate de la tercera y la cuarta, que habrá que buscar, porque no sé cuáles son. Entretanto, tenemos escritores que no beben mientras trabajan. Tarde o temprano, tendremos autores que tampoco beben después de escribir. Tiempo al tiempo.

Podríamos hacer cuentas del patrimonio cultural que la humanidad habría perdido sin algunas borracheras memorables. Homero o Cátulo, para empezar por orden, ¿le parecen un buen inicio? Si no queremos ir tan lejos, arranquemos en el siglo XIX. Ahí tienen a Dostoievski. Bebedor consumado de vodka e hijo de alcohólico, de él basta decir que se propuso redactar un panfleto antialcohólico, y no sabiendo ni por donde comenzar, acabó escribiendo Crimen y castigo. En el mismo siglo, pero en Irlanda, descubrimos a W. B. Yeats, Bernard Shaw u Oscar Wilde, y en Francia, a Verlaine, Rimbaud o Baudelaire, que no vivía sin su licor de ajenjo. Fueron más de ron Jack London, Robert Louis Stevenson o Emilio Salgari, coincidiendo con los mejores tiempos de la novela de aventuras. A Malcolm Lowry, James Joyce, Samuel Beckett o William Faulkner les dio por el whisky, mientras que entre los aficionados a la cerveza están Rousseau, Günter Grass, Ernst Jünger, Raymond Carver o Richard Ford. Fíjese que a estas alturas aún no hemos puesto los pies en España.

La lista de escritores que bebían y escribían simultáneamente, sin dejar de ser geniales, se enriquece cuanto más se consolida el proceso de industrialización, de modo que de los casos de Allan Poe y Emile Zola podemos saltar a los de la Generación Pedida, con Scott Fitzgerald, Tennesse Williams o Ernest Hemingway, y un poco más adelante a los de la Generación Beat, con Allen Ginsberg, Jack Kerouac o William Burroughs, que le dieron otra dimensión a la embriaguez. No quisiera dejar de mencionar, por cortesía, a Lawrence Durrel, Graham Greene, Chandler, Bukowski, Nabokov, Dylan Thomas, Capote, Marguerite Duras, Rulfo el Juan Carlos Onetti, pero es que se me calienta la cerveza.

Muchos de estos autores, y otros, no escribirían las cosas memorables que escribieron de no haber sido por la botella. Bebían hasta caer desmayados, como buscando una resaca que también propiciaría lucidez. Bebían en todo momento, para escribir en cualquier situación. Todo a la vez, en una mezcla perfecta, sin orden, en un hermoso caos que conducía a la destrucción y a la inmortalidad. Me aburre citar a Faulkner porque siempre se cita a Faulkner, pero creo que su lógica narrativa, sus imágenes, están facilitadas en buena medida por el alcohol. Sin él, no habría Faulkner. No, en todo caso, este Faulkner. Y como Faulkner, otros muchos. Hoy, en cambio, la dialéctica literaria es abstemia, frugal, tibia. Lamentablemente, no sé que significa esto.

Foto 1: Raymond Carver.

Foto 2: William Burroughs

(Artículo publicado en Galicia confidencial)

Anuncios


Categorías:Sin categoría

Etiquetas:

4 respuestas

  1. Es temprano para pedir un Bombay con Tónica?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: