Un raro ejemplar de «Manhattan Transfer»

Algunos todavía recuerdan el viaje de John Dos Passos por el norte de España en 1933. Parte de su periplo está documentado en el ensayo Enterrad a los muertos que Ignacio Martínez de Pisón publicó en 2005 sobre la relación del escritor americano con José Robles, su amigo y traductor al castellano. Anteriormente, Virginia Spencer, en la biografía John Dos Passos: A Life, recogía sus pasos por nuestro país en distintas épocas. Primero, entre 1916 y 1917, cuando sólo era un estudiante de arquitectura. Más tarde, en 1933, cuando ya había publicado Manhattan Transfer y las dos primeras partes de la Trilogía USA. Sabemos que regresó en años posteriores, ya con la guerra civil de por medio, pero quedémonos en el verano de 1933. En esa época, acompañado por Katy, su mujer, comienza un viaje que arranca en el Escorial y transcurre por Ávila, Segovia, hasta llegar a Galicia. Es el mes de julio. Según recoge Virginia Spencer en la edición actualizada de 2004, editada por Northwestern University Press, John y Katy desembocaron en una Pontevedra «colorista que celebraba sus fiestas anuales. Esa noche vieron una demostración de fuegos artificiales asombrosa en una plaza atestada. Dos Passos quedó asombrado de que no ardiese nadie en aquel torrente de fuego».

El siguiente destino fue Santander, hasta donde llegaron en el Bahía de Vizcaya. Pero volvamos atrás, a esa etapa opaca que se extiende entre Segovia y Pontevedra. Hubo episodios intermedios. Katy y John Dos Passos hicieron varias paradas, pero la ausencia de material histórico que lo documente, o el esfuerzo mermado de los estudiosos por penetrar en el detalle de los días insulsos, favorecen el misterio. Pero sabido es que los momentos mágicos son iluminados a veces por un accidente ridículo. Hace tres años conocí al nieto de un cantinero de Ribadavia, hoy ya fallecido, y de cuyo viejo bar ya no queda nada. Ni el recuerdo del día que cerró. Sabido es, desde Borges, que las fechas son para el olvido.

Estábamos en la casa del nieto, tranquilamente. Éramos varios amigos y teníamos sed. Alguien abrió una botella de vino y, afortunadamente, las cosas regresaron a su sitio. En un momento dado, en la búsqueda del cuarto de baño, recalé en una habitación en la que parecía que nadie había entrado en siglos. Ya que estaba allí, aceché el perímetro. Me fijé en una estantería con fotografías. Me acerqué con curiosidad, esperando descubrir ese tipo de rostros desconocidos que comparten las fotos que guardan todos los antepasados, en el sueño de que algún día sus descendientes sepan de dónde vienen. Pero vi algo raro. Entre los portarretratos, advertí un viejo libro. Se trataba de Manhattan Transfer, en una vieja edición norteamericana. En aquel instante, me pareció que no pintaba nada allí, salvo generarme desconcierto. Cuando abrí la portada, unos hermosos garabatos celebraban el vino del cantinero de Ribadavia. Firmaba John Dos Passos, con fecha de 11 de julio de 1933.

Foto: John Dos Passos.

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2 respuestas

  1. Hoy me deja usted sin palabras, si rebusco entre las pertenencias de mis amigos daré, como mucho, con pelis viejas de Traci Lords (quien por cierto, visitó Torremolinos en los 80, o eso dicen ellos).

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