No empecemos a chuparnos las pollas

Cuando te vas de casa tus padres nunca te dicen que tengas cuidado con los halagos. Prefieren prevenirte contra los carteristas, contra las drogas y –aquí se ponen serios– contra esa puta manía tuya de hacerte el gracioso. A lo sumo, cuando ya has salido por la puerta, tu madre te pregunta si llevas pañuelo, y cuando ya estás a veinte metros, si has cogido un paraguas. Nada más. Comienza la vida. Pasan los meses, los años. Las hostias. Tienes problemas con algunas drogas. Los superas. Te roban dos o tres veces en el metro. Para compensar, tú robas en el quiosco y en el Carrefour. Te estrellas contra la realidad por tu soberbia. Pero te levantas siempre. Aprendes a esquivar las trompadas. Lejos de los padres, a veces aprendes algo de una película, del mismo modo que Albert Camus aprendió del fútbol. Un día viste Pulp Fiction. Durante meses, te repetías los chistes, pero cuando éstos se fueron desgastando, descubriste debajo las lecciones. La más útil, a propósito de las lisonjas y el ombligo, te la proporciona el Sr. Lobo, cuando interviene para enfriar la euforia que embarga a Vincent y Jules: «No empecemos a chuparnos las pollas todavía». ¿Una ordinariez? Más bien un mandamiento. Claro que en el fútbol tampoco falta quien sólo vea a 22 mercenarios corriendo detrás de un balón para patearlo. Ya nos previno John Baynton contra esa tentación, cuando señaló que reducir el fútbol a eso «es como decir que un violín es madera y tripa y Hamlet papel y tinta».

Los halagos son un peligro. Siempre acabas creyéndotelos. De hecho, sólo tú te los crees. No existe defensa posible contra una mamada insoportable y pringosa. Cada vez son más habituales. En facebook, en los medios de comunicación, en las solapas de los libros.

Nunca olvido la historia del Cojo de Soutochao, un tipo enclenque y quisquilloso, por decirlo con un halago. En realidad, era un hijo de perra. Me habló de él mi padre, antes de irme de casa. El Cojo tenía debilidad por los pleitos. Un día litigó contra la persona equivocada. Creyó que esta vez lo asistía la razón y se propuso hallar al mejor abogado. Eran otros tiempos. De hecho, ya pasaron setenta años. Le pidió ayuda al cura, don José, que poseía buenos contactos. Éste le sugirió al mejor letrado que conocía. Tal vez no existiese otro mejor en la provincia. Era un buen amigo suyo, así que se ofreció al Cojo para escribirle una carta de recomendación que ablandase su disponibilidad. El Cojo no sabía leer, pero no era tonto. Aceptó. Dos días después llamó al despacho del letrado. «Así que amigo de don José… pero siéntese, por favor, no se quede ahí de pie», le propuso. El Cojo se sentó y posó el bastón en el suelo. «Traigo para usted una nota de su puño y letra», y le extendió la carta. El abogado la tomó lleno de curiosidad, se puso las gafas y leyó de corrido, en silencio: «Amigo Rodrigo, el portador de la presente es el hijo de puta más grande de la provincia. Jódelo cuanto puedas. Tu amigo José». El abogado sonrió oscuramente. «Ha tenido usted mucha suerte –le confirmó– porque efectivamente viene muy bien recomendado».

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Categorías:Literatura, Vida diaria

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2 respuestas

  1. Me enamoré del Sr. Lobo en cuanto le ví, con hombres así se siente una segura y a salvo, aprende de la vida. No se crea que sin recomendaciones se llega tampoco muy lejos, lo malo es que mientras pienso a quién podría o no pedírselas, se me pasa el tiempo, ¿acaso habría acudido Lobo si Vincent y Jules no estuvieran recomendados? Si vino para ayudar o para joder, sólo Alá lo sabe, pero, ¿y lo que nos tranquilizaría su presencia?

    • Si enfrentase el trance más peliagudo de mi vida nunca llamaría al 112. Si tuviese el número llamaría al Sr. Lobo. Sin duda. Ojalá tuviese una buena recomendación. Con su telefono en mi agenda no temería a nada. Ni al orden ni a la ley. De hecho, no me importaría ser un mercenario, un criminal de tres al cuarto.

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