A veces el asesinato sabe a madreselva

La fusión es ese recurso de último minuto con el que creemos que todo se salva, como cuando Bogart, en El sueño eterno, se desplazaba de un lugar a otro con una botella de whisky en el bolsillo, para un caso de urgencia. Nadie quiere renunciar, en el momento de mayor tensión, a un milagro sobre la bocina. Ya se ha consolidado la idea de que la proliferación de identidades es una peste, así que el paso siguiente debe ser la poda. De repente, nos horrorizan las enumeraciones. Todo tiende, en la medida que puede, a abrigarse debajo de un paraguas más seguro. El peligro ha perdido atractivo. Valoramos la comodidad. Nadie desea experimentar el vértigo de caminar lentamente sobre un terreno minado. Se advierte una tendencia imparable, en todos los campos, a la concentración. Si antes acabábamos juntos, en virtud de la idea de solidaridad, ahora acabamos en el mismo cajón porque así reducimos el margen de gastos frente a la adversidad. La fusión sólo es una maniobra más para combatir en nuestra cabeza los fantasmas colectivos.

Todo es fusión. Fusiones bancarias, fusión de gastos, fusión de empresas, fusión de músicas, fusión de géneros, fusión de uranio, fusión de medios, fusión de cocinas, fusiones políticas, fusión de ambientes. Fusión, fusión, puta fusión. Incluso fusiones personales. Las fusiones institucionales sólo significan un ladrillo más en la pared. Yo diría que a estas alturas la cuestión no es la fusión en sí, o si la fusión es buena o la fusión es mala o la abuela fuma, sino quién la decide. Y cómo. Comienza a divulgarse la idea de que debatir resulta una contrariedad, y que mejor sería –o en todo caso más rápido– que unos pocos decidieran por todos los demás. Hablar ha pasado a ser una modalidad de pereza, una rémora. Alguien le está cogiendo gusto al vicio del silencio. Esto nos traslada a Perdición, de Billy Wilder, cuando Neff se pregunta, ante la belleza de la mujer por la que comete un horrible crimen, «¿cómo podía yo saber que a veces el asesinato sabe a madreselva?».

La tentación a decidir entre pocos, y rápido, lo que compete a todos, es seductora, pero asquerosa. Todo esto recuerda peligrosamente a Oblomov, ese personaje de Iván Gonchorov con costumbres apáticas, que duerme mucho y bosteza continuamente. A lo largo de la novela apenas sale de su habitación, donde permanece en un diván tratando de evitar los problemas, las preguntas, las respuestas. A este paso corremos el riesgo de ser todos Oblomov.

Foto: Perdición, de Billy Wilder.

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2 respuestas

  1. ¿No nos inventamos el término democracia para evitar eso?, creo que me he perdido en alguna parte, espérese, mejor me echo un ratito…

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