«Yo siempre quise ser enterrador»

Nunca tengo un plan. Digamos que siempre toco de oído, así que el sábado, de pronto, decidí que iba al teatro. Representaban Proyecto Milgram en el Valle-Inclán. Después de la obra, autora y actores mantuvieron un tête à tête con los espectadores. Se me hizo soporífero, como cada vez que un autor se pone a explicar su obra. ¿Qué demonios puede decir un escritor sobre su texto después de escribirlo? Antes de irme disparado hacia un bar, uno de esos espectadores que piden el micrófono para hacer una pregunta-respuesta, nos ofreció un momento memorable al contar cómo uno de los días mas divertidos de su vida había coincidido con el entierro de su padre. En vida, éste había sido un tipo delgado y larguirucho. Y después también. No parecía relevante, hasta que en la funeraria advirtieron que el señor no entraba en el ataúd y propusieron a la familia amputarle las piernas por la tibia. Total…

Esta idea nos hizo mucha gracia a todos. La muerte siempre ha dado risa. Los grandes negocios son grandes humoristas. Hace un par de años, por el día de Difuntos, acudí a un cementerio para entrevistar a los empleados. Fue una gran jornada, como cuando haces la primera comunión o el Atlético consigue el doblete. Aquellos tipos bailaban a diario con la muerte, y no pasaba nada. Es arriesgado decirlo, pero a menudo los lugares más inhóspitos son, tras un período de adaptación, los más acogedores. Yo me encontré a gente como Francisco Pérez, alias Pote, su hijo Pablo, Juan González y Pepe González, alias QuintasPote se dedicaba desde hacía 23 años a esto. Sabía dónde estaba cada muerto del mismo modo que uno sabe donde guarda el cortaúñas, o las tazas del desayuno. «He visto de todo», me dijo. De todo, relacionado con la muerte. Pero también había visto de todo relacionado con la vida, como los adictos al cementerio. «Hay personas que vienen dos veces al día. Rezan, limpian la sepultura, y se van. Y mañana vuelven. Así llevan cuarenta años». Aquello me hizo pensar en los tipos que llevan cuarenta años jugando la partida después de comer. No sé por qué, también me acordé de Alex Ferguson, entrenador del Manchester United desde 1986.

¿Miedo a los muertos? Todo lo contrario. «A mí esto me gusta», me confesaba Pablo Pérez. Su padre le había legado el gusanillo. «A los ocho años ya quería ser enterrador. En mi familia me preguntaban: “¿Niño, tú qué quieres ser de mayor?” Enterrador. Yo siempre quise ser enterrador. Aunque lo que me gusta de verdad es exhumar, desenterrar, como si fuera un arqueólogo». El punto fuerte de los enterradores siempre es el humor. «Cuanto más negro, mejor», aseguraba Juan González. «En este trabajo hay que reírse». Cada entierro es una posibilidad de aventura. «Nunca sabes qué vas a encontrarte al abrir una sepultura», afirmaba Juan. «Hace 10 años, íbamos a exhumar a un hombre que la familia quiso trasladar a otro cementerio. Su hijo no lo había conocido en vida. Y ese día, al destapar la tumba, descubrió a su padre perfectamente embalsamado y vestido de Elvis Presley, con su traje característico, su tupé y sus patillas. En perfecto estado de conservación, a pesar de que habían pasado 31 años desde su muerte. Estaba impecable, como Lenin». Naturalmente, no todos los días es fiesta. En este oficio también hay altibajos. Entretanto, de vez en cuando asistían a milagros como los fuegos fatuos. «En ocasiones, si queda mal sellada una lápida, tres días después del entierro, producto de los gases de la descomposición, se ve algo muy parecido a una aurora boreal».

Foto: Elvis Presley.

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7 respuestas

  1. Ver a tu padre muerto vestido de Elvis debe hacer que pierdas el respeto por la vida. Mi madre me contó que exhumó a un familiar lejano y que la barba le había crecido hasta la cintura, supongo que eso debe hacer que pierdas el respeto por la profesión de barbero. Si es así, la muerte es el motivo por el cual muchas personas carecemos de vocación, desde niños.

    • Mis amigos enterradores me contaron que es raro, pero en ningún caso inaudito, acudir al entierro con los abogados, y que con el cadáver aún caliente como la sopa, se negocien las herencias. Eso le hace perder a uno respeto por la familia. Y creo que también por el Derecho. En momentos así supongo que es una suerte estar en la caja.

  2. Yo creo que en momentos como ese, el que está en la caja se divierte, si pudiera reir, reiría a carcajadas, pues la mayor parte de las veces el momento abogado ha sido propiciado por el difunto (cuantos hijos pródigos desheredados por el padre a quienes el derecho y el cristianismo le dan la razón ;), claro).

  3. ¿Y cómo voy a hacerme la ingeniosa hoy, sin texto emérito que me inspire?, ¿está usted sano?

  4. Siempre me han dado mucho miedo los cantos de cisnes.

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