Es mucho mejor ser segundo

Un actor protagonista es alguien del que, en última instancia, se puede prescindir. Sólo es una estrella, es decir, alguien que transmite la idea de que sin él no hay relato posible. Pero sí hay. Pasa que aún no estamos convencidos de que el espacio que separa el primero del segundo lugar es irreal. Yo mantengo la teoría –llamémosle, si queremos, gilipollez– de que los personajes secundarios son, secretamente, los protagonistas. Nadie con dos dedos de frente diría alegremente que Ernest Borgnine fue un actor secundario. Pero lo fue. Pero no lo fue. Hay individuos lo suficientemente inteligentes como para no caer en el error de acarrear con la gloria y eclipsar a las estrellas. El genio, cuando lo considera conveniente, se oculta. La fama, en cambio, explora la luz y se construye como mentira, y el individuo que queda segundo, lo sabe. De ahí que huya hacia atrás, donde la sombra no le permite ver al espectador qué viene después de la victoria. Cualquier paciencia que alguna vez pudo anidar en las personas, desapareció por completo, y toda la espera posible llega hasta la coronación del campeón. El resto es invisible. O peor, lo que sucede en el tiempo a la victoria no pasó. Hay en esa maniobra de quedar un paso por detrás del ganador un componente estratégico elevadísimo. Hablo de un movimiento que no desencadena efectos inmediatos, una jugada que, como en el ajedrez, está pensada para que produzca efectos muy posteriores al acto en sí.

Quedar según forma parte de una táctica que está pensada para trascender al reparto de la gloria. Precisamente la gloria es una explosión que sólo interesa al ganador, que, por desgracia para él, queda desdibujado en el instante que toda la luz de la fama se proyecta sobre su figura. Ese golpe de flashes produce el efecto de un incendio interior. En ese instante fugaz parece no advertirse, pero poco a poco se comprobará que el ganador es el desaparecido, el derrotado total, el individuo que sucumbió a la embriaguez del primero puesto. El secundario, sin embargo, resiste sin desgaste el proceso de sometimiento a las horas, los días, los años, la historia. Ese es el triunfo. A veces pienso en Onetti y en lo feliz que debió ser cuando Juntacadáveres quedó segunda, por detrás de La casa verde, de Vargas Llosa, en la convocatoria del Premio Rómulo Gallegos de novela en el 1967. Algunos días también reparo en Raymond Poulidor. A cuento de qué si no quedó tantas veces segundo en el Tour de Francia. Él sabía que el segundo es el que, a la postre, gana.

Pero tal vez el cine sea la tarea humana que mejor muestra el valor, por decirlo así, del espíritu secundario. En primera lectura, las historias que toda película relata están construidas sobre personajes protagonistas, héroes o antiheroes. Curiosamente, éstos sólo pueden estar hechos de esa madera sobre la existencia de personajes secundarios, en apariencia invisibles, terciarios, pero que en segunda lectura, si desaparecieran harían caer a cualquier estrella. Salvo que esta sepa, también, quedar de vez en cuando segunda.

Foto: Raymond Poulidor.

(Publicado en Galicia Confidencial)

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4 respuestas

  1. El problema es cuando el segundo no queda en sombra, sino en la más absoluta oscuridad, cuando no hay mención para el segundo, ni siquiera un diploma impreso en papel barato, o copa de hojalata. Yo quedé segunda en el proceso de selección de un trabajo bueno de cojones, vaya consuelo, pero para que no nos sintamos mierda seca tenemos la religión, que nos dice: seguro que tú pensabas que era bueno, pero igual no era lo mejor para ti (o en su versión: Para bien o para mal, sólo Alá lo sabe). Como dirían aquí en el sur: Ji, hommme…

  2. Llorona, en todo caso; el tercero puede creer que todo fue una conspiración con igual dignidad, nadie se lo prohibe. Hay incluso terceros que se creen segundos, este es un tema que nos daría para tanto como los mocos, me temo.

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