Quítate de mi vista, chaval

La frase preferida de mi abuelo –después de «quítate de mi vista, chaval»– era «los jóvenes sois unos mamarrachos que no sabéis apreciar lo que tenéis». Me ponía negro cada vez que se lo oía decir. Eso era algo que ocurría a menudo. Naturalmente, en aquella época yo tenía la cabeza cuadrada y me creía más listo que mi abuelo y que cualquiera. En mi idea de la vida, había que apreciar, ante todo, lo que todavía no tenías. Mil resacas después, empiezo a pensar igual que mi abuelo. Es decir, quítate de mi vista, y no sabemos lo que tenemos. Esta cosa nostra que se mueve hacia el precipicio es un instante de gran vértigo histórico, incluso belleza. Y me temo que la angustia nos impide disfrutarlo en su extensión. Conviene relajarse. Tal vez todo lo que aún nos rodea se vaya a tomar por culo pronto. Entonces, se habrá producido el derrumbe. Y eso, francamente, no tendrá interés alguno. Lo bueno del fin es la aproximación hacia el fin, no el fin. Hitchcock lo explicaba muy bien cuando aseguraba que no hay ningún terror en un disparo, pero sí en la anticipación al disparo. Disfrutemos de esta lenta agonía sin pensar en las consecuencias. De algún modo, hay que actuar como San Agustín, cuando en un período de promiscuidad, escribió aquello de «Señor, dadme la castidad, pero no ahora». Caminamos hacia el abismo, pero aún no hemos llegado. Cuando menos nos falta por recorrer la mitad de la distancia que nos resta. Y a esa mitad le falta otra mitad, y a esta otra, y luego a la mitad de la mitad de la mitad, otra mitad más. Así infinitamente. Disponemos de cierto margen. Brindemos, carajo. Se trata de moverse con el mismo espíritu que animaba a Stubb en Moby Dick: «No sé muy bien lo que me espera pero, en todo caso, iré hacia eso sonriendo».

Foto: Moby Dick, de John Huston.

Anuncios


Categorías:Sin categoría

Etiquetas:,

4 respuestas

  1. Ayer hablaba con un amigo (escritor, probablemente seamos los más alejados siempre de la realidad) que me decía que estaba incluso emocionado con la situación. Yo no siento mucha emoción, la verdad, las ganas de ir a las cosas sonriendo las perdí a mi quinto año de becaria, cuando me hicieron fija y empecé a cobrar menos que con la beca. Soy de las que cuando me dicen: ‘no te preocupes’ me cago por las patas, no puedo evitarlo, sólo puedo estar días y días sin poner la tele ni la radio, meses necesitando unos vaqueros nuevos, semanas pensando en hacer una llamada, todo es siempre ifinitamente más lento de lo que nos gustaría, y mucho más, las agonías.

    • Nunca hay que estar fijo en nada, ni siquiera en un trabajo.En cuanto a lo otro, no se preocupe, mujer, todos necesitamos vaqueros nuevos a diario. En especial cuando no tenemos con qué comprarlos. Pero es que los vaqueros refuerzan tanto la autoestima. Me ha abierto usted los ojos. Este país necesita reflexionar sobre los vaqueros más seriamente. Creo que al respecto también falta bibliografía.

  2. No se ría, mis vaqueros ya no agonizan, han fallecido, y los sigo campeando por la ciudad a pesar de, no estoy hecha para llevar vaqueros, es una prenda resistente sólo para el que se ha olvidado el caballo debajo de las patas.

  3. Eso sí, sin vaqueros, ¿cómo decir quítate de mi vista, chaval? No pega eso con unas faldas escocesas, no.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: