Nombre, dos puntos, insulto

El domingo recibí un mail en el que su autora venía a exponer más o menos que sólo escribo mamarrachadas, y que mi tono desesperanzado me empujaría un día de estos al suicidio. En realidad, lo decía textualmente. Pero yo no me di por aludido. En rigor, no decía «Juan Tallón: escribes mamarrachadas y etcétera». Yo le concedo mucha importancia al estilo directo. Me cuesta darme por enterado si no es leyendo mi nombre, dos puntos, mamarracho y etcétera. El nombre es importantísimo. Y los dos puntos. Sin ellos, aunque puedas sentir que te hablan a ti, siempre cabe pensar que el mensaje, si bien enfilado en tu dirección, en realidad busca otro destino. Acuso ciertas dificultades para la sugerencia indirecta. En el rodeo, no sé por qué, me pierdo. Además, me aburre. Todo esto halla su explicación –sin entrar en Freud, la infancia y mis órganos genitales– en una mala paliza que me proporcionaron una noche inolvidable, en Verín. La recibí por error. No era para mí, aunque por desgracia me la quedé enterita. En ese momento, yo trabajaba detrás de la barra. Sólo fue un pequeño intervalo en una vida caracterizada, curiosamente, por trabajar delante de ella. En un segundo de lucidez, preví que se aproximaba una reyerta. Salí a apaciguar los ánimos. Cuando bebía, yo siempre había sido un orador. Pero los «ánimos» me apaciguaron a mí. Fueron en realidad dos ánimos, uno en la cara y otro en la nuca. Todo fue un error, me confesó después el púgil, al que premonitoriamente apodaban El Tractor. Desde entonces, para sentirme realmente concernido ante un ataque, o una crítica, necesito que pronuncien mi nombre completo, dos puntos, etcétera. Nunca negocio este extremo.

Foto: Hampa dorada, de Mervyn LeRoy.

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3 respuestas

  1. Juan Tallón: no estoy de acuerdo con el veredicto de la autora del mail, a mi este blog me alegra la vida con cada frase mamarracha que usted vuelca, viva la diversidad.

  2. Por cierto, sobre esto tendremos que debatir otro día con más tiempo: la confusión (habitual) de la ironía con el negativismo; y también, cómo no decirlo, la increíble (y extendida) mezcolanza de opinión personal con verdad absoluta (y el ansia de evangelización). Seguiría opinando, pero soy una cobarde, y como en el caso de las peleas, me mantendré al margen, no sea que me llegue a mí un mail en el que alguien me recomiende que deje de escribir y para ser más feliz me corte el pelo, adelgace, o me compre un móvil 3G.

    • La mamarrachada -o mamandurria- creo que es el secreto del éxito de este país. Nuestra “contribución”, si se me permite decir una gilipollez, que, fíjese, es una aportación más al acervo cultural europeo. Le agradezco los ánimos. Me reafirman en la conveniencia de seguir en el mismo camino. Los errores, si se repiten las veces suficientes, se capitalizan como éxitos.

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