Los pueblos necesitan su enfermedad

Somos fieles a nuestras enfermedades. No es una catástrofe. En el fondo, los pueblos también necesitan malestares, una lacra que perturbe su destino durante un largo tiempo, incluso todo el tiempo. En el lado contrario, la historia está llena de civilizaciones inmunes, saludables, dominantes, que iban a someter el mundo pero de la frescura pasaron a la miseria, y de la miseria a la desaparición. En cambio, sociedad enferma, sociedad eterna. La felicidad no tiene futuro. Las molestias crónicas, incurables de los ourensanos, garantizan nuestra continuidad. Raro, pero verídico. ¿Qué mejor aval de longevidad que la artrosis que nos acompaña desde hace décadas? Caciqueamos, nos empobrecemos, nos despoblamos, emigramos. Y vuelta a empezar. Ese es el ciclo de nuestra existencia, descontados aquellos períodos en los que el éxito nos persiguió como una maldición. Digamos que disponemos de una enfermedad de hierro, incurable, llamada a durar siempre.

Vivimos en la brecha, como si no pudiésemos, o no quisiéramos, substraernos al vértigo de la fiebre. Un pueblo que tose es un pueblo que se regenera. Está visto que sólo podemos sobrevivir en condiciones tremendas. El éxito sería nuestra ruina. Dentro de nosotros late la sospecha de que la felicidad nos haría inmensamente infelices. Tampoco es tan extraño. Hay ser que, siguiendo esta dialéctica, sólo encuentran en la basura las condiciones para su perdurabilidad. Los ourensanos precisamos certezas, saber que el futuro se parecerá al pasado. Por eso cuando, cansados de todo, hartos de estos y de aquellos, nos marchamos de Ourense –porque huir forma parte del ciclo–, sabemos que, en el momento del regreso, todo seguirá decrépito, en el sitio exacto que ocupaba en la hora de la huida. Recuerde a Wakefield, el protagonista del relato homónimo de Hawthorne, cuando se despide de su mujer porque se ausenta durante algunos días, y no regresa hasta después de veinte años. Entonces, vuelve al hogar y saluda a la esposa como si no existiese una interrupción de la convivencia de dos décadas. Tal vez llegue el día que, empujados todos a emigrar, o incluso a morir, la provincia se quede sola, vacía, pero como ya estará acostumbrada a vivir con poco, seguirá existiendo, cadavérica pero viva. Total, para lo que come.

Foto: Nathaniel Hawthorne.

(Publicado en La Voz de Galicia)

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4 respuestas

  1. Bueno, también puede uno llegar tarde y asistir a un desfile de difuntos, que no sabemos qué fina línea separa la enfermedad crónica de la epidemia hasta que vemos desfilar las cajas delante de nuestros ojos. Yo soy del Sur, pero puedo contarle este cuento dos veces, si usted quiere.

  2. Ao regreso, pregunteille ao fotógrafo (de Francelos, para máis señas):
    – E como vai o conto por aquí?
    – Mira, vouche dicir unha cousa -dixo-, aquí pasan dúas verdades coma puños: por un lado, non che cambia nada, e polo outro, todo segue igual que sempre.

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