Palabras, sótano, cadáveres

Hay palabras que tienen primera planta, planta baja y sótano, y en ese cuarto oscuro, húmedo, subterráneo, esconden cadáveres. Palabras, sótano, cadáveres. Provoca escalofríos. Esos significados inhumados, al huir de la luz de los enunciados, raramente dejan rastro, consecuencia de su perfección. No son palabras comunes. Pero a veces hay tanto pasado disimulado, tanto peso oculto en algunas de ellas, que de cuanto en vez sus cadáveres quedan al descubierto, flotando como si fuesen cuerpos, consecuencia de que la perfección no existe. Es extrañísimo y, sin embargo, sucede. Sucede con la palabra «éxito». Ahí la tenemos: éxito. Nadie pensaría nunca que, bajo su brevedad y flaqueza, hay sitio para ocultar un sótano. Y lo hay. Pocas palabras, de hecho, acumulan más muertos en su interior. Las dimensiones, en ocasiones, engañan, y en ciertos casos las palabras no resultan sino icebergs terribles.

Cuando pienso en el éxito pienso, lógicamente, de oídas. Nunca he experimentado las sensaciones rotundas del dominio, el triunfo, la celebridad, porque uno, si todo va bien, está ocupado fracasando. El fracaso es infinito porque es infinitamente divisible. Nunca se fracasa para siempre, con rotundidad, de una vez por todas, de modo que siempre hay derrotas esperando, trabajo pendiente. Hablamos, si se me permite la incoherencia, de un tipo de éxito sostenible, verde. Como cuando decían que Santiago Ruiseñol i Prats sólo estaba contento cuando se sentía triste.

Jules Renard contaba que, si tuviese talento, lo imitarían; si lo imitasen, se pondría de moda; si se ponía de moda, pronto pasaría de moda. Así que más valía no tener talento. Piense en esto veinte segundos. Veinte segundos bastan. Porque tal vez usted sea alguien de éxito. Probablemente no. Pero quizás sí. En cuyo caso no aceptará que su éxito tiene un precio y pensará que vivir en business class es lo natural.  Menos aún aceptará que se ha ido convirtiendo usted en un hombre de traje gris, fútil, simplón, al que todo el mundo sonríe. No aceptará que perdió la identidad mientras adquirió la idiosincrasia de un personaje, como Cristiano Ronaldo, que necesita a todas horas que le recuerden que es inmortal. No aceptará que usted ya no es usted, que está desahuciado. Nadie con éxito acepta eso. Yo tampoco acepto que bebo desaforadamente, pero sé que «alcohol» es una palabra con sótano.

Foto: Erik Satié en su estudio, de Santiago Ruiseñol.

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12 respuestas

  1. Usted habla de palabras sótano, pero no olvide las palabras altillo, esas que contienen cosas que son inalcanzables, como rico o feliz.

  2. Es muy ilustrativa la imagen de Satie. Un músico con algunas piezas para piano hoy incluidas en el repertorio, pero que en su día fue poco menos que un apestado. Es curioso cómo las artes son el lugar para que proliferen los éxitos póstumos, una crueldad en sí misma. Porque un artista, antes que ser inmortal, lo que prefiere es no pasar hambre en vida. Y los hay que se quitaron la gusa a bofetones porque no vendían un cuadro, una novela o una composición.
    Existe el extremo opuesto. Rossini dejó de componer con 37 años, y hasta que falleció con 76 vivió de los royalties de su obra. Dedicó el resto de su vida a ser un gourmet consumado.
    Mucho peor es la palabra “política”. Y ya ni hablo de “político”. Hay ascensores que bajan a niveles desconocidos.

    • En la vida conviene no ser el muerto, y si te mantienes con vida, procede no para hambre. Y en esa carrera, mejor no ser ni depender de los cargos políticos, una experiencia que después de días de vino y rosa, y por tanto abundancia, te aboca a la hambruna. Es esos casos es mejor pasar hambre desde el primer momento. Lo bueno se no haber probado el azúcar es que nunca echarás de menos la miel.

  3. Será porque el hambre agudiza el ingenio. Pero yo creo que eso es mentira. Una más de las que nos dicen para consolarnos. Otra como esa de que las crisis son tiempos de oportunidades.

    • Si alguien me dice a la cara, mirándome a los ojitos, que la crisis es una oportunidad, entiendo solo que es una buena oportunidad para mandarlo a cagar a la vía. Esa es una de las gilopolleces más importantes del último lustro, junto con Mouriño.

      • Es el “paulocoelhismo”, la manía por tener una frase reconfortante con sulfato de prozac incluido. ¡Huya, huya!

      • No huiría más rápido si me persiguiese Steven Seagal para matarme.

      • Yo sólo puedo añadir que no tenéis fe, mirad a Macaulay Culkin, dijo hace poco que con 12 años había amasado suficiente cantidad de dinero como para no tener que trabajar más en toda su vida, y en tiempos de crisis convierte su casa en estudio de arte kitsch para sus colegas que, por la crisis, no tienen para témperas de colores, así que concluyo, la oportunidad la pintan calva, ah no, que me he ido del tema…

      • Yo la fe la tuve cuando metieron a un primo mío a trabajar en Banesto y renuncié a maquinar el atraco a la sucursal para no perjudicarlo, porque realmente creí que tenía futuro en aquel banco. Un mes después lo atracaron unos riojanos, y poco después a mi primo lo pusieron en la calle. Me juré que
        nunca más gestos de fe. La fe es de pobres. En cuando a ese actor… ojalá yo tuviese acceso a toda la droga a la que sí ha tenido acceso él. Con esa droga en mi posesión no iban a ser los riojanos aquellos más diligentes que yo.

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