No la chupes tanto

En el colegio, si te complicabas con dos regates y perdías la pelota, el reproche de los compañeros de equipo se oía en todo el patio: «¡No la chupes tanto, hostia!». El balón era poder, y aunque desconocías qué significaba ese poder, experimentabas gusto al manosearlo. Freud, para entendernos, pero sin órganos genitales. Cuando llegabas al instituto –en caso de llegar– aquella frase sufría ciertas variaciones. Leves pero sustanciales. Si elegías chutar, y no ceder el balón atrás, podías oír un «¡Mámala menos, tío!». En parte, el cambio de verbo también pretendía desgastar tu reputación, aunque, en general, se trataba de una invitación a distribuir mejor el juego.

Pasa el tiempo. Creces. Vas a la universidad. Te licencias. O te expulsan. Consigues un empleo. Te despiden. En silencio y lentamente, el tiempo se pone amarillo sobre tus fotografías, y un día adviertes que en la infancia –la infancia, cuando menos lo esperas, telefonea– se moldean verdades que luego olvidas, pero que siempre están ahí. Porque resulta que a tu alrededor, si te fijas bien, hay un pequeño grupo que la chupa todo el rato. Eso jamás cambia. Ellos la chupan y tú miras. No hablo de fútbol, sino de democracia, de libros, de música, de periodismo… de todo menos fútbol. Mientras unos pocos la maman, digamos, de puta madre, el resto lanzamos vertiginosos e imponentes desmarques, pero nunca recibimos el balón. En el mejor caso, cuando todo acaba, alguien te dice «bien jugado, chaval». Naturalmente, «bien jugado, chaval» te sabe a poco, como cuando una jovencísima y prometedora Diane Keaton lamentaba, después del rodaje de El Padrino, que las únicas palabras que le hubiese dirigido el gran Marlon Brando fuesen «Bonitas tetas».

Pocas veces alguien que la chupa demasiado alcanza el éxito. Eso él nunca lo sabe. Cree que, antes o después, de su regate saldrá un gol para enmarcar. No suele ocurrir. De hecho, sólo conozco un caso de esos en los que el individuo persevera en chuparla y obtiene réditos maravillosos. Pero remite al fútbol. Es el caso de René Houseman, delantero del Club Atlético Huracán, que en el año 1975, según le contaron, marcó un gol fenomenal: «Una tarde me presenté en el estadio para jugar el partido directo desde un cumpleaños de la noche anterior, por supuesto que en un estado de ebriedad total. Cuentan que me hicieron duchar como una docena de veces… y tomar varios litros de café. Jugábamos de local contra River Plate. Entre lo que más o menos recuerdo y lo que me contaron… Cero a cero el partido, cuarenta y un minutos del segundo tiempo: parece que fui a buscar una pelota, proveniente de un pase de Fatiga Russo… avanzando en diagonal de derecha a izquierda eludí a uno (a Héctor Osvaldo López), la tiré larga entre los dos defensores centrales (uno era Perfumo y el otro Ártico) y cuando desde el arco me salió el Pato Fillol en el mano a mano, amagué, lo eludí y la crucé suavemente con la pierna derecha. Modestamente, un golazo. Luego dicen que quedé tirado en el piso riéndome. Tras eso me hice el lesionado, pedí el cambio y me fui directo a dormir a casa. Comentan que la gente me despidió con su tradicional: “Y chupe, chupe, chupe… no deje de chupar… el Loco es el más grande del fútbol nacional”». Fuera del balompié, el tipo que la chupa sin parar no suele triunfar, aunque cuando fracasa el jodido eres tú.

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14 respuestas

  1. ‘Es un chupón’, decíamos en mi colegio, y chupón también era el cardenal morado que se te quedaba en el cuello después del magreo de turno y que las madres de la época consideraban de ser muy puta. Por ese lado lo entendía yo: un chupón es alguien que se enorgullece de la marca, del moratón que te causa, que ostenta el placer y el dolor del placer y del ser un chivato, pero no estoy tan de acuerdo en que no triunfan nunca…, yo creo que sí que lo hacen, pero no con el tipo de triunfo ‘legal’ que al resto de los mortales nos gustaría. Conozco a muchos chupones que se mantiene a flote mientras el resto sólo podemos sacar a la cabeza del agua para tomar aire una vez al día.

    • Claro que triunfan, pero sólo para ellos. Me refería a eso. En cuanto a esos chupones con los que aparecían de una noche para una mañana tus colegas, a mí me perturbaban siempre. Es decir, me daban envidia. Aunque sólo hasta llegada cierta edad. A los treinta, un chupón me parecía algo patético, un signo de gran decadencia, del que presumía alguien que había llegado tarde a la pasión.

      • Vamos, que a usted siempre le han dado envidia, como a mi. Tenía un compañero que se los hacía él mismo hasta donde llegaba y luego se ponía camisetas con el cuello muy cedido. Un día escribiré un relato sobre eso.

      • Si era capaz de hacerse chupones a sí mismo, soy capaz de imaginar que también se hacía a sí mismo las m… Ja ja ja ja. Perdone, pero es que la imagen me ha hecho mucha gracia.

      • Si hubiera visto usted la cara del susodicho todavía estaría partiéndose el pecho. En la fiesta de fin de curso le vimos solo en medio de la cancha de baloncesto haciendo como si tuviera debajo a una hembra, ya me entiende… No creo que el piso de madera fuera muy agradecido.

      • A veces ese suelo frío y duro es el mejor consuelo para ciertos tipos duros. El destino los une, y juntos se soportan. He visto caídas maravillosas.

  2. ¿Y qué otra cosa le habría dicho usté a aquella deliciosa Diane Keaton? Bueno, ya, no me venga con que la habría invitado a cenar y unas cuantas cosas más. Pero cuando eres Marlon Brando, ni siquiera quieres que te la mamen. Estás en otra dimensión.
    Lo que nos lleva a reflexionar si el éxito desmedido nos aleja de los pequeños placeres.

    • Si hubiese sido la Keaton la que le hubiera dicho a Marlon: ‘Bonito culo’ para inmediatamente pasar de aquel viejo pellejú igual habría cosechado mucho, mucho, mucho más éxito, pero probablemente, no nos caería tan bien…

      • “Bonito culo”. Creo que es la expresión que llevo años esperando oír. Pero es ese tipo de expresión que se pronuncia demasiado entre dientes, cuando tú ya has recorrido un par de metros y no puedes escuchar.

    • Yo a aquella Keaton no sé si le habría dicho algo, pero creo que la habría escuchado. Decía cosas de las más sensatas. Lo que sí digo es que nunca me he fijado en sus tetas, fíjese. Si me hablase de otra actriz, donde sus tetas hablasen por ella. Pero Diane Keaton no. No las ha necesitado. Y si las hubiese necesitado creo que no la habrían sacado de muchos apuros. En cuanto a Brando, es cierto que estaba en otra dimensión. La dimensión en la que te pierdes los pequeños placeres.

  3. Hola Juan,
    Encantador el triple juego de los chupones (fútbol, poder y bebida). Al Hueso Houseman siempre le sobró del primero y el último, y nunca supo lo que era el del medio. Houseman, Brindisi, Avallay, Babington y Larrosa, el Huracán de Menotti era un canto al lirismo.

    • Blas, he leído algunas cosas sobre ese Huracán mítico. Me parece, sin embargo, que el episodio que relata Houseman coincidió ya con la etapa en la que Menotti había asumido el puesto de seleccionador, y el entrenador del club era un tal Belem, brasileño. Pero de estas cosas argentinas tú estarás más informado, seguro. Qué hermoso es, en todo caso, explicar la realidad a través de la Historia del Fútbol.

  4. acordarse de las cosas y detalles del patio de colegio me resulta entrañable. el futbol infantil y escolar, por ejemplo, te enseña muchas cosas. recuerdo ahora -reflexiono sobre ello incluso- que no me gusta el fútbol porque de pequeño descubrí las asimetrías tan injustas que ya comenzaban a formarse en aquellos patios: siempre me quedaba esperando a que me la pasaran. siempre en vano.

    recuerdo ahora que, ya de mayores, en la universidad, un grupo de frustrados y resentidos como yo, nos inscribimos en un torneo interescuelas, y nos decidimos a jugar resueltamente, sin ‘chuparla’ tanto. contra todo pronóstico, llegamos a la final.

    perdimos, claro está.

    sin embargo, en nuestro nombre no hubo quien nos ganase. pese a ser nueve, nos llamábamos los ‘siete machos’. creo ahora que en homenaje al maestro cantinflas. creo.

    pero vuelvo a lo que iba. ya de pequeños, podemos ver en los patios cuando juegan el cómo serán de mayores nuestros hijos y sus compañeros de edad. porque son conductas que, creo ahora, se trasladan al mundo adulto. el que no la suelta nunca, de mayor, repite esta actitud incansable. y, por otra, el que la pide sin que se la den, bueno, pues, ya se sabe. y creo, junto al señor tallón, que es más lo que creen ellos triunfar, que lo que realmente triunfan. descartando, claro está, el fabuloso ejemplo balompédico citado.

    viendo en estos días a mi hijo jugar, creo que oposita directamente a un ‘siete machos’.

    un saludo,
    ma

    • Todo los traumas proceden de la escuela. De ahí la insistencia del Poder en que estemos escolarizados: para traumarnos de por vida y tenernos controlados. En cuanto yo advertí que en el fútbol no me pasaban una (visto en perspectiva, concluyes que con razón, porque te pasa como a Galeano, que en esto del fútbol decía tener sólo dos problemas, uno la pierna derecha y otro la pierna izquierda), no perseveré y me cambié de deporte. Empecé a jugar al baloncesto. Tuve mi época, hasta que llegaron unos tipos mucho mejores y más altos. Que la chupaban. De nuevo cambié de disciplina. Me pasé a tabaco y al botellón. Donde no encontré rival y chupé de puta madre. Pero no le dé estos consejos sabios a su hijo ni a los que están en camino.

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