El libro es un chirimbolo yonki

El libro también tiene una vida marginal y andrajosa, muy alejada de la literatura. En ese universo oscuro, lluvioso, sólo es una especie de yonki repelente, que nadie abre y sobre el que se acumula el polvo, cuando no otros objetos, que adquieren de pronto una inopinada superioridad sobre él. No fui plenamente consciente de esa existencia arrastrada hasta el día que me presenté por primera vez en Madrid, y cumpliendo un encargo de mi madre –«mira que no te olvides»– visité a la tía Mercedes, viuda de profesión. No la conocía más que por fotos en blanco y negro, deprimentes y envejecidas, lo que me había impedido hacerme una idea precisa de su bigote. En todos los retratos comparecía vestida de 1890, diluida entre dos o tres personas más. Ella destacaba, sin embargo, porque parecía llegar a la foto directamente de su entierro, haciendo una excepción.

Su primer marido había sido poeta, contemporáneo, a la luz de su estilo místico, de Alonso de Ercilla y San Juan de la Cruz. Tal vez por eso me había imaginado una casa llena de libros polvorientos, que nadie había abierto desde su muerte. En parte es lo que me encontré. Sólo en parte. La visita estuvo presidida por el sobrecogimiento gris que me produjo advertir que los libros del difunto tío Andrés resistían el peso de una persiana averiada, equilibraban una mesa o elevaban una lámpara. En el caso más impactante, un ejemplar de Madame Bovary, que de buena gana habría robado después de maniatar a mi parienta, hacía de peana para un viejo trofeo de bridge.

Aquella visita me enseñó que un libro puede tener diferentes finales. Si hay suerte, perduran viajando de lector en lector, que es un modo de no tener final. La eternidad, en el fondo, sólo es un boca a boca. Pero si caen en desgracia, los libros descienden a la condición de objetos yonkis. Es decir, cuñas para ventanas que se cierran o sillas con una pata más corta que el resto.

Me costó olvidar a mi tía, aunque cuando lo hice, con el tiempo me volví a acordar más veces de ella. Una fue cuando murió, para preguntarme morbosamente con qué vestido la enterrarían, y si la afeitarían, pero sobre todo qué sería de su biblioteca. Otra fue cuando leí que Evelyn Waugh era un fanático de las novelas epistolares de Samuel Richardson. «No me desplazo nunca sin mi ejemplar de Clarissa», explicaba cuando lo veían tomar el tren con la voluminosa novela de Richardson bajo el brazo. «Me sirve para mantener la puerta del vagón entreabierta», aclaraba. No en vano, Clarissa tiene 984.870 palabras, unas doscientas mil más que la Biblia.

Me pregunto qué soluciones puede aportar el libro electrónico a una literatura planteada en estrictos términos yonkis, donde el libro desciende a la condición de trasto harapiento, chirimbolo, cacharro. Porque me temo que mi tía Mercedes, que en paz esté, o Evelyn Waugh, que esté en más paz todavía, están lejos de representar casos aislados. (El artículo completo, aquí).

Foto: Roberto Bolaño (EFE).

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4 respuestas

  1. Mis estanterías son tres, la casa es pequeña, y están clasificadas de la siguiente manera: no se prestan ni en broma; si te los presto me los devulves en seis días bajo pena de muerte; y llévatelos, que seguro que te encantan. Las casas pequeñas es lo que tienen, que le facilitan a uno ser dadivoso. Y es que una vez en un viaje al festival de Cine de San Sebastián utilicé uno como almohada y mis cervicales aún me lo recuerdan: a ver, esto sirve para que lo leas, si no, que rule.

    • Yo tengo un principio: no prestes libros. Este principio emana de otro principio, que nunca declaro, según el cual cuando pido un libro prestado a alguien nunca devuelvo. Los libros que se prestan son para apropiárselos. No me gustaría que me hiciesen a mí lo que yo le hago a los demás. Así que no presto. Ni siquiera los malos. He desarrollado una teoría sobre los libros malos, pero la he plasmado en mi próxima novela, así que de momento la reservo, por si algún día ve la luz.

  2. Recuérdeme que no le preste libros.

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