El gol sólo es una forma de huida

La vida no vale gran cosa si no tienes algo de que huir. Cualquier motivo es bueno para hacer las maletas y parar un taxi. En esa maniobra fugitiva se disimula la necesidad de replantear el destino, a menudo aburrido. Todos tenemos en algún momento esa clase de día en el que sólo deseas, como confesaba aquel amigo de Fraga, coger el yate y largarte a Suiza. Se trata, en esencia, de salir a toda hostia sin dejar una nota en la cocina. Huir inopinadamente, aunque sea a la piscina, o a Zara. Huir por nada en especial. Porque ha llegado la hora. Todo pretexto es bueno, aun cuando no lo haya. En esos casos, más. Cuando crees que no tienes nada de que huir, esa es una señal inequívoca de que estás acorralado y más urgente es la fuga. En una de sus novelas emblemáticas, John Updike relata cómo Harry Conejo Angstrom, a punto de tener un hijo, abandona a su mujer. Cuando el reverendo Eccles le pregunta qué ha hecho ella para que la deje sola en un momento tan crítico, Harry admite que le pidió que le comprara un paquete de tabaco. «Es la pura verdad. Tuve la sensación de que mi vida se reducía a eso, a traerle esto o aquello […]. Entonces, de repente, comprendí lo fácil que sería librarme de todo eso, sólo tenía que cruzar la puerta».

Todos huimos. Aunque sea por unas horas. Esa presencia inquietante de Cospedal y Sáenz de Santamaría en el Vaticano, para asistir a la entrega del título de Doctor de la Iglesia al santo Juan de Ávila, yo diría que no es otra cosa que una huida momentánea. Este gobierno tiene predilección por huir en dirección a la eucaristía. El ministro del Interior, de hecho, huye tres veces al día a la capilla. Todos huyen a su manera. Messi y Cristiano Ronaldo, por ejemplo, en cada gol que marcan consuman una huida desesperada que nunca es definitiva. Por esa razón, después de un gol necesitan otro, y otro, y así sucesivamente. Si en algún momento aparcasen la fuga estarían acabados.

La vida va de huir. Incluso puede que vaya también de la imposibilidad de huir. Hay otra novela paradigmática para este caso. Dashiell Hammet relata en El halcón maltés la historia de Flitcraft, un ejecutivo acomodado, felizmente casado, padre de dos hijos que un buen día desaparece, abandona a su familia, y pasa a llamarse Pierce, nombre con el que vuelve a convertirse en un ejecutivo acomodado, felizmente casado y padre de dos hijos. Se trata de una huida circular, que conduce al punto de partida. En cierto sentido, las huidas son un regreso. Después de huir todos necesitamos un descanso. Y qué mejor sitio que tu propia casa. El atractivo de viajar tiene mucho que ver con la posibilidad de regresar y dejar que las maletas se vayan vaciando lentamente, durante semanas. Hasta Wakefield, el personaje de Nathaniel Hawthorne que emprendió la huida del matrimonio más célebre de la literatura, retornó a casa después de veinte años, y como si nunca se hubiese ido.

Foto: John Updike.

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6 respuestas

  1. La huida es un tema que me atrae y me apabulla, quizá porque la gente siempre huye hacia el sur y a mí se me hace más atractivo escapar hacia el frío. Muchas veces está sólo en nuestra cabeza, porque si bien siempre se huye de algo, también siempre se huye hacia algo, y es más fácil que te encuentres con que los campos no eran tan verdes cuando llegaste quemando los caminos. A veces sueño con la huida, como todos, pero nunca se me dio bien el balompié.

    • A veces pasa que el lugar hacia el que se huye no es lo que pensabas. Así que también huyes de él. Y al llegar a un nuevo lugar, este te horroriza todavía más. Y sigues huyendo. No nos damos cuenta que en realidad de quien estamos huyendo es de nosotros mismos, y ese es un tema más peliagudo. ¿Cómo huyes de ti? ¿Te desdoblas? ¿Contratas a un sicario?

      • Yo creo que esa respuesta es lo que nos dicen para que no huyamos, porque soy de la opinión (modesta) de que uno es diferente según el contexto, esto es, mi yo en Sevilla no tiene nada que ver con mi yo en Madrid; mi yo laboral no se parece ni lejanamente a mi yo literario, mientras que mi yo familiar no puede estar más distante de mi yo amistoso. Entonces me pregunto: ¿mentimos todo el tiempo, o simplemente no aceptamos que somos asquerosamente mutables? Lo de huir de uno no me lo trago, porque esa mamona que se asoma al espejo cada mañana no deja de sorprenderme.

      • Concluye usted bien, tendremos mucho trabajo presentando gente el día que nos veamos las caras.

      • Habrá que llevar varios trajes para distinguirlas.

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