Ultimas noticias sobre Pynchon

Thomas Pynchon es ya esa clase de individuo que sólo puede aparecer en una novela, o en Los Simpson, donde irrumpe con una bolsa de cartón en la cabeza, para preservar el misterio en torno a su identidad. Hace un par de días, sin embargo, mientras hurgaba lentamente en Joseph Anton, las recientes memorias de Salman Rushdie, Pynchon me salió el paso con un realismo difícil de digerir. Después de todo, es decir, después de ser un novelista, Pynchon es un fantasma. Sus novelas refuerzan la dificultad de aferrar al autor, que propone en sus libros temas a su vez difíciles de atrapar: la entropía, el signo apocalíptico, la desintegración del lenguaje, el poder del Estado, la paranoia, el caos…

Hacia la mitad del libro, que Rushdie narra en tercera persona, podemos leer con fascinación, como cuando descubres la tumba de un faraón cavando en la huerta: «Antes de firmar el acuerdo [para publicar El último suspiro del moro], Sonny Mehta y él debían enterrar el hacha de guerra, y ese era el verdadero motivo del viaje a Nueva York. Andrew Wylie también se puso en contacto con la agente (y esposa) de Pynchon, Melanie Jackson, y el recluido autor de El arco iris de gravedad y él quedaron para verse. Al final, los dos encuentros se combinaron. Pynchon y él cenaron con Sonny en el apartamento de los Mehta en el centro. La ruptura con Sonny se reparó mediante un abrazo y el asunto de Harún no se abordó. Esa era la taciturna manera de Sonny de hacer las cosas –no hablar de lo incómodo y pasar a otros asuntos–, y quizá fuese mejor así. Luego llegó Pynchon, con el aspecto que cabía imaginar que tendría Thomas Pynchon: alto, con una camisa de leñador roja y blanca y vaqueros, pelo blanco a lo Albert Einstein y unos dientes delanteros como los de Bugs Bunny. Después de la primera media hora de forzada conversación, Pynchon pareció relajarse y, a partir de ese momento, se explayó sobre la historia del movimiento obrero estadounidense y su propia pertenencia –en la época en que fue redactor técnico de Boeing– al sindicato de redactores técnicos. Resultaba extraño pensar en esos autores de manuales de usuario escuchando hablar al gran novelista norteamericano, a quien quizá consideraban el tipo que escribía el boletín de seguridad del misil supersónico Bomarc CIM-10, sin saber que el conocimiento de Pynchon de ese misil había inspirado sus extraordinarias descripciones de la caída sobre Londres de los cohetes V2 en la Segunda Guerra Mundial. La conversación se prolongó hasta pasadas las doce de la noche. En un momento dado Pynchon dijo “Debéis de estar cansados”, y sí, lo estaban, pero también pensaban: Es Thomas Pynchon, no podemos irnos a dormir. Cuando por fin Pynchon se marchó, él se dijo: Muy bien, así que ahora somos amigos. Cuando visite Nueva York, quizá alguna vez podamos quedar a tomar una copa o a comer algo y poco a poco lleguemos a conocernos. Pero no volvieron a verse».

En literatura, el tema de la huida o la desaparición halla a veces perfecta réplica en el regreso, como demuestra este aparición fugaz de Pynchon. Otros escritores en fuga como Salinger fueron, en el último momento, también escritores de vuelta. Sólo lo hicieron, en su caso, a la hora de la muerte. Fue también el caso de Robert Walser, que tras décadas ahondando en la estrategia de la renuncia, apareció al fin un día sobre la nieve, muerto, boca abajo, cerca de su manicomio. Existen otras variantes del retorno, como la de Alberti, que sólo puso fin a su exilio cuando palmó el dictador. En el fondo, el regreso es otra forma de huida.

Foto: Thomas Pynchon.

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4 respuestas

  1. Aún no me he atrevido con Pynchon ni DeLillo, estaba demasiado ocupada leyendo a sus discípulos, que ya asustan, y enfrentarse al maestro es otra cosa. Una vez acompañé a un amigo, cuyo cortometraje estaba seleccionado en el Festival de Cine de San Sebastián, y aunque yo quería ver las pelis de algunas secciones fijas, él se negó: ‘Prefiero seguir pensando que lo que hago tiene cierta calidad’, me dijo. Y aunque al principio aborrecí su actitud, pensando en que hay que verlo todo para aprender al máximo de los demás, al final, sinceramente, le entiendo. Los grandes condicionan demasiado.

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