«Yo soy así y yo soy de aquí»

No me gusta tomarme en serio. Es una manía. No sé por qué sospecho que su utilidad es relativa. La última vez que me exigieron ser serio, para ejercer de padrino en un bautizo, me obligaron a renunciar a Satanás, y todo fue peor desde entonces. Todos conocemos ejemplos de gente que se da cierta importancia, y el resultado es esta mierda en la que estamos acomodados. Nada me hastía más que mi identidad. Uno no necesita tanto ser algo concreto, como tener un buen abrigo. Todo lo demás, sobra, incluyendo la partida de nacimiento. Godard sostenía que para hacer cine sólo necesitas una pistola y una chica. En la vida, uno puede ser feliz incluso sin armas.

Personalmente considero que el verbo ser constituye una maldición. La vida, decía Benjamin Constant, consiste en salir de las cosas. En la medida que quedamos ensimismados dentro de ellas comienza la obsesión. Luego, sólo es cosa de tiempo ponerse serios, pensar en lo que representamos, en lo que somos, en la patria… Salir de las cosas, cuando comenzamos a adoptar su forma, evita dolores de cabeza. En esencia, se trata de huir de la identidad para buscar acomodo en lo extraño, hasta que ese asiento se vuelve común, y hay que huir de nuevo a lo desconocido. Uno debería poder ser hoy un artista abstracto, opinaba Andy Warhol, y la semana siguiente figurativo, o pop.

Un día le oí contar a Rodrigo Fresán que Chris Shaw, ingeniero de sonido de Bob Dylan, se acercó a éste después de un concierto, y refiriéndose a la interpretación que acababa de hacer de It´s alright, Ma (I´m only bleeding), quiso saber si alguna vez la había vuelto a tocar como en la versión original. Dylan respondió: «Bueno, ya sabes, un disco no es más que un registro de lo que estabas haciendo ese día en particular. Y a nadie le gustaría vivir el mismo día una vez y otra, ¿no?». Esta es la idea. ¿Por qué hay que ser algo concreto todo el tiempo? La identidad, que consiste en ser algo eternamente, aburre.

Foto: Jean Luc Godard.

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15 respuestas

  1. Estoy tan de acuerdo con usted que llevo el mismo abrigo desde hace con este cinco años (nómina miserable aparte) porque no he tenido narices de encontar uno que le llegue a la altura de los bajos. Si bien mantengo la teoría (inamovible), de que yo soy una en casa los lunes, otra distinta en el trabajo, otra en casa el resto de la semana, otra con la familia y que mi identidad nunca es una, ni inmutable, lo del abrigo me lo tomo muy en serio, y lo cuido mucho, nunca lo cuelgo en el respaldo de las sillas ni lo pierdo de vista si hay niños cerca. Creo que mi abrigo empieza a ser mi identidad para todo el mundo, aunque dentro de él haya un cosmos donde todo cambia cada segundo. Que vivan los abrigos caros, que duran cinco años y resisten.

    • El abrigo es lo que nos proporciona más identidad. Más que el DNI, más que el recibo del IBI, más que la bandera que todos escondemos en el bolsillo. El abrigo es tu credencial. Allí a donde vas te juzgarán por tu abrigo. De ahí la importancia de que sea un abrigo consistente, capaz de hablar por ti. No conviene que dure diez años. No olvide que en ese caso uno será un andrajoso, aunque debajo del abrigo vista Armani o Dolce & Gabbana. Mi consejo es que después del quinto año lo sustituya. Llegará más lejos. ¿No caduca acaso el DNI?

    • Mire lo que tengo para usted:

      “Your numbness is something perhaps you cannot help. It is what the world has done to you. But your coldness. That is what you do to the world.”
      — Lorrie Moore

  2. No hay que ser algo, hay que ser uno. Uno nunca es lo mismo, sino que va cambiando de forma de ser como de abrigo, aunque veo que ustedes tienen un noble complejo diogenésico. Tengan mis respetos. Ser uno mismo es el mayor éxito de una sociedad que tritura las individualidades en beneficio de una masa cuanto más homogénea mejor, todos con su feisbuc, su tuiter, su tableta y su esmarfon. Todos cortados por el mismo patrón, como obreros de una fábrica vestidos con el mono azul.
    Por cierto, el señor Dylan en directo es lo más parecido a un fraude que conozco. Es un persona engullida por el personaje que la necesitada culturalidad sesentera y setentera creó en su momento. Hoy es un Krahe de la vida, pero más snob y forrado.
    Y paro que ya le he cabreado suficientemente en los últimos siete días.
    Por cierto, ya tengo en la repisa la trilogía americana de Philip Roth. Un mes de estos le saco el plástico.

    • Ser uno mismo, al menos en mi caso, no es ser gran cosa. Yo quiero ser “otro” de vez en cuando. En cuanto a Dylan, sólo asistí en una ocasión a uno de sus conciertos, y no lo olvidaré nunca: probé una droga riquísima, a la que regresé alguna que otra vez. También aprendí de una amiga cómo mear entre miles de personas y que no te vea nadie. Hombre, y allí estaba Dylan, que será lo que usted quiera, pero también lo que dice la leyenda. En cuando a Roth, arránquele el plástico y penétrelo. Nadie le acusará de nada.

  3. Tiene fácil explicación. Guarda relación con la privilegiada profesión que usté desempeñaba entonces, hoy muy venida a menos. También hay algo de prebendas por parte de aquella clase dirigente antediluviana que entendía el cohecho a los plumillas como una inversión a corto plazo. ¡Qué profesión la nuestra!
    Pero sí, todo muy inolvidable. Y más vale no olvidarlo, porque quién sabe si volveremos a ver algo así alguna vez en estas latitudes. Bendito dinero…

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