La «petite mort»

Hemos entrado ya en ese paradigma en el que el despido es bello, una decisión elevada y creativa en constante multiplicación. El trance en el que uno se queda sin trabajo, en aplicación de cierta filosofía neonihilista, ha perdido todo signo de desgarro para volverse, con perdón, una petite mort, como gusta a los franceses designar esa fase refractaria que sucede al orgasmo femenino. Nada tan divertido, escribió Beckett, como la desgracia. En parte es así. La crisis ha permitido acelerar la incorporación a la realidad de nuevas consideraciones, lo que comporta el desplazamiento de aquel material más anticuado hacia el precipicio desde el que se olvida. Otros tiempos, otras respuestas. La insignificancia del puesto de trabajo es una de esas nuevas ideas. Como consecuencia de su triunfante irrupción en el escenario, el despido ha ingresado en la categoría de mero click. En la mentalidad ultramecánica que ha desarrollado la patronal para avanzar en el nuevo paradigma, despedir ya es más una maniobra inconsciente, tan impalpable como un sueño, que un mal trago.

Esa facultad para pasar desapercibido no va en detrimento de la belleza que sus creadores quisieron incorporar a su diseño. Este despido ligero e invisible que pasa por delante de nosotros desplegando, como quien dice, los pasos evocadores del ballet, lleva la huella de un sueño poético. ¿Cómo algo así va a resultar nefasto? La tragedia personal que implica quedarse sin trabajo no está reñida con la felicidad. Una carta de despido, en el fondo, representa un gesto artístico. Es literatura. Recuerda mucho a cuando Jules Renard imagina en sus diarios lo hermoso que sería el momento en que el condenado tiene la cabeza en la guillotina, y antes de que caiga la cuchilla, se produce un silencio. «Un guardia saldría de las filas y entregaría un sobre al verdugo, y éste le diría al condenado: “¡Es tu indulto!”. Y haría caer la cuchilla. Así, el condenado moriría feliz».

Ya la realidad, que siente un deseo absurdo de irrealidad, permite recorrer sus itinerarios a tientas, avanzando detrás del bastón con el que da palos el ciego para ir de un lado a otro. No hay que prestar atención, según el nuevo modelo social, a nada que no signifique preservar las ganancias aun en los peores momentos de la crisis. Hay una elemental coherencia en este propósito: a muerte con los beneficios. Por eso es tan fácil despistarse de lo irrelevante, que para el caso que nos ocupa, sería el puesto de trabajo. César Aira desarrolló una interesante teoría según la cuál todo despiste tiene su origen en un exceso de atención. Focalizada ésta en el mantenimiento de la plusvalía, es normal que se rebaje el nivel de vigilancia sobre las fuerzas productivas. Para atender a una cosa hay que distraerse de otras. Distraerse, afirma el escritor argentino, es prestar atención a algo. Entretanto, el Gobierno actúa todo lo rápido que es posible para modificar la dialéctica. Al menos tanto como Woody Allen en Scoop, cuando sostiene que «estaba en el salón, he oído que te ahogabas, he acabado mi té con pudding y he venido enseguida».

Foto: Scoop, de Woody Allen.

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14 respuestas

  1. Hubo un tiempo, no hace mucho, en el que todavía había personas que destinaban parte de sus horas en comprar un spray, salir a la medianoche y parapatedos antes cualquier muro, fachada o soporte urbano susceptible de convertirse en cuaderno, escribir: “Obrero despedido, patrón colgado”

    Leí no hace mucho “Non olet” de Sanchez Ferlosio. Ese libro contiene el secreto del mundo.

    ¡Salud!

    • El spay se ha puesto por las nubes y la corrección política ya impide escribir de esa forma en los muros. A lo mejor es que hemos elegido mal nuestras lecturas y, efectivamente, hay que pasarse por Ferlosio. Salud!!

      • Los muros que se pintan hoy son los de Facebook. Hasta en eso nos hemos modernizado. Por otra parte, yo estoy en contra de manchar fachadas. Tengo siempre presente al tipo al que encargan limpiar lo ensuciado.

      • Eso que usted llama manchas a veces -a veces- es una frase que interrumpe su solariego paseo entre casa y el trabajo, y que le da qué pensar mientras ordena papeles en la oficina.

  2. A una compañera de 57 años a la que acababan de despedir le dijeron delante de mi que no lo viera como un despido, sino como una oportunidad. ¿Oportunidad? dijo ella, quién sabe, quizá ahora puedas dedicarte a otra cosa, abandonar la geología y los mapas y qué sé yo, vender dulces o montar una tienda de barrio, que me han dicho que va muy bien la cosa en esos campos. La anécdota es real, se lo juro.

  3. Ferlosio, en sus mejores momentos, puede llegar a ser inextricable. Yo me ahogo de vez en cuando en Las semanas del jardín y qué castellano, qué roca, granito, diamante, ya no se sabe. Quizá sea este hombre lo más grande que ha parido el castellano últimamente. Lo del despido tiene un nombre; Recursos humanos. Tenía más gracia cuando te daban la patada de malos modos y te echaban los perros.

    • Yo creo que a Ferlosio hay que leerlo con una ametralladora cruzada al pecho. Por si acaso. Recuerdo haber leído así a los idealistas alemanes en la facultad. En esas condiciones la literatura se vuelve un reto. Si es literatura de verdad, te exigirá ir armado. Si puedes leerla con las manos en los bolsillos, prepárate para quedarte, cuando cierres el libro, igual de tonto que cuando empezaste. En cuanto a recursos humanos, querido Marcos, los perros de compañía, tan amigos del hombre, y que tanto han proliferado, han restado fuerza disuasoria. Nadie despide con perros, a la vieja usanza. Ahora te citan a un autor new age que te hable de horizontes, nuevos comienzos, oportunidades y patatín y patatán.

    • Tu lo has dicho, lo más grande, y quizá por eso, nada fácil. Pero lo que dice, hasta donde yo llego a entender, es de una lucidez pasmosa.
      Este hombre, además, somete su obra a una autorcítica feroz: reniega de dos de las dos obras más importantes en lengua castellana. “El Jarama” y “Alfanhui”, dos aunténticas joyas

  4. Me complace ver, querido Tallón, que la cuestión de la derrota ha llegado a su blog. En general, estamos instalados en una sociedad perdedora. Nuestra única victoria es estar vivos.

    • La derrota está en mi blog desde el primer día. De hecho, mi blog es mi mejor derrota. Si pudiese estar publicando libros quién sabe si existiría este blog. Todo lo que soy creo que se lo debo a mis fracasos, de los que me siento especialmente orgulloso. (Ya ve a lo que llegamos, a presumir de derrotas).

  5. Para que pueda digerir el té con pudding, lo más selecto de la patronal, ameniza la velada con perlas como la que reproduzco: ” Todo va muy deprisa, y la gente tiene que hacerse a la idea de que ahora no se trata de que te den trabajo, hay que apostar por un proyecto, ser imaginativo, creer en ti mismo y emprender… Sic. Una tal Benjumea, presidenta del círculo de empresarios de Madrid en Radio Nacional….Fracasemos pues, siempre será preferible a ciertos orgasmos

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