El admirable hombre de acción

Hay gente de acción, entusiasta, que actúa como si todo tuviese solución, incluida la muerte. En su exaltación, creen posible hacer frente a la defunción sólo con su afán y un destornillador de estrella. Flaubert no podía estar cerca de ellos. Los despreciaba. «¡Ah, los hombres de acción! ¡Los activos! Hay que ver cómo se cansan ellos y nos cansan a los demás por no hacer nada». Todos conocemos a individuos así, tenaces, infatigables, que nunca han encontrado un momento, en todos estos años, para estrenar el sofá de casa con una siesta de hora y media. Siempre tienen algo pendiente, un informe, un powerpoint, algo que no puede esperar, y que en última instancia es incompatible con estarse quieto, reclinado, y las manos en los bolsillos. Pese a estar rodeado de hombres y mujeres así, empezando por mi madre, he conseguido después de todo no ser uno de ellos. Reconozco todos los méritos a los tipos de acción. Solo gente así, que va da aquí para allí desde antes de salir el sol, es capaz de mantener el mundo en continuo movimiento. En alguna medida, ellos son la inercia. Defiendo la teoría, sin embargo, de que todo aquello que exige horas y grandes esfuerzos, puede en realidad ejecutarse en minutos, si no te importa que quede peor, y emplear el tiempo restante en un merecido descanso.

Necesarios, sí, pero peligrosos también. Así son los hombres de acción. Durante años salí de copas con un colega de acción. Se llamaba Nacho. A su alrededor se generaba siempre una corriente femenina superior a lo que él podía absorber. Era viento a favor. Si tenías suerte, te aprovechabas. En mi caso, casi siempre aparecía un tercero, es decir, un desconocido de acción, que se quedaba con mis beneficios. Recuerdo bien una noche que llegué a creer que también yo era un hombre de acción, en la línea de Nacho. Ella era rubia, alta, delgada, arquitecta, probablemente holandesa, y nos habíamos estado morreando en tres o cuatro chiringuitos, como si no supiésemos hacer nada más. A última hora, cuando dejé caer que tenía un estudio sólo para mí, y ella mostró curiosidad por conocerlo, nos encontramos a Nacho. Estaba borracho, pero él era precisamente de esos fulanos que cuanto más borrachos, más sobrios. Su novia lo había desahuciado esa tarde, y me preguntó si podría cederle el sofá para pasar la noche. Yo iba a proponerle que se búscase un banco en el parque, pero la arquitecta se adelantó y se compadeció de él. En mi memoria, tan eficiente para las desgracias, todo lo que vino a continuación sucedió muy rápido. Llegamos a casa, yo especialmente empalmado, y no perdimos tiempo en encender las luces. Le señalé el sofá a Nacho y la holandesa y yo nos perdimos en la oscuridad de la habitación. Me demoré medio minuto en ir al baño. Ni siquiera fue medio minuto. Cuando regresé, ella y Nacho hacían el amor sobre mi cama. La rubia decía «Oh, Tallón», pero no era yo, claro, sino el hombre de acción el que la follaba. Ella ni se había dado cuenta.

Aquel episodio patético, tristísimo, por el que aún lloro algunas noches al apagar la luz, no me impulsó a convertirme en un individuo hacendoso, práctico. No basta desear las cosas. Ni siquiera basta un destornillador de estrella para cambiar el curso del destino. En el fondo, soy de la escuela de Cioran, que sostiene que para «poder vislumbrar lo esencial no debe ejercerse ningún oficio. Hay que permanecer tumbado todo el día, y gemir…».

Foto: Muere otro día, de Lee Tamahori.

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4 respuestas

  1. ¿Una arquitecta holandesa? Dios mío, tuviste suerte. Imagínate en la cama, despeinada y satisfecha, hablando de diques o de molinos, lo típico de la arquitectura holandesa. Qué pesadez. Curiosamente, fue un arquitecto holandés quien se llevó a mi gran amor de adolescencia.

    • Hoy es fácil tomarme tu comentario con buen humor. Hace unos años, una tentativa humorística como esta, habría acabado en un duelo. Te habría exigido una satisfacción. Fíjate si no en ti, creo que puedo ver todavía en las suelas de tus zapatos la amargura derretida que te dejó aquel abandono. Nada más y nada menos que un amor de adolescencia. Eso se supera sólo con el tiempo. En todo caso, nunca se olvida. No cabe duda que somos dos damnificados del Estado holandés. Declarémosle la guerra. Es lo mínimo.

  2. Evidentemente os falta mundo y mili. Con ambas cosas, tanto Jordi como Juan Tallón (ambos damnificados por escarceos amorosos con criaturas de los Países Bajos) sabrían a estas horas que sus peripecias son comunes a las que les ocurrieron a otras gentes. y sabrían también como hacer frente a los infortunios. Me explico.

    Primero, la mili. En lance parecido se encontró un general de los tercios españoles que combatían en aquellas tierras. Furioso, quiso desenvainar el sable, pero sea por el cabreo que llevaba encima (los cabreos ponen muy nervioso) o por lo que fuere, el sable se negaba a salir de la funda. El edecán que presenciaba la situación aconsejó al militar: con los cuernos, mi general, con los cuernos.

    Después, el mundo. En casos como estos (tanto da que sea con holandeses como con pernambuqueños), no conviene perder la compostura (es poco elegante). Tampoco hace falta pagar el hotel a los engañadores para que les dure el refocile (eso sería de tontos, y los tontos hacen tontadas). Entonar lamentos y jaculatorias es dar un espectáculo deprimente por el que nadie paga un duro (ahora, un céntimo de euro).

    Qué hacer, entonces. Pues nada, pensar que las testas coronadas son propias de emperadores y que a los nachos de turno les iría bien meterles una ramita de perejilito por el culo (es mucho más lírico eso que la punta de los destornilladores estrella, duele menos y puede resultar altamente eficaz para provocar defecaciones líquidas).

    O sea que de guerras, nada. Y, por favor, de poemas adolescentes, ni hablar. Hartos escribió Juan Ramón Jiménez.

    Eladio

    • Mi primer error, vista en perspectiva, y después de quitarme las lágrimas de los ojos, fue pensar que aquel día, con mi amigo Nacho usurpando mi puesto y mi identidad, yo no podía obtener una parte del botín. Era evidente que aquella holandesa podía con Nacho y conmigo y con media docena como yo. Lamentablemente, soy un pusilánime y me fui al sofá con la cabeza agachada. Me faltó mili, definitivamente. En días así es cuando lamentas todas aquellas prórrogas para el estudio, que por otra parte, ¿para qué me sirvieron? Cinco años de Filosofía, ¿para esto? Huelga decir que me faltó mundo, porque otro, en mi situación, hubiese ido a la cocina a buscar perejil; en el peor caso, un producto de limpieza para vaporizar la zona oscura. Quién lo hubiese sabido. Pero a todo se aprende. Menos a escribir como Juan Ramón Jiménez.

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