Esto parece una pocilga

«Esto parece una pocilga», afirma Elizabeth Taylor en las primeras frases de ¿Quién teme a Virginia Woolf?, de Mike Nichols. Esa sensación de despertar, ni demasiado temprano ni demasiado tarde, y advertir que tu perímetro produce auténtico asco, empieza a evocar peligrosamente a nuestro sistema de partidos. De pronto, todo sigue el guión de la película de Nichols, cuya historia es bastante sencilla: después de una fiesta en la que se sirven buenas bebidas alcohólicas, el matrimonio que forman Martha (Elizabeth Taylor) y George (Richard Burton) invita a su casa a otro matrimonio, delante del que airean los trapos sucios y dejan al descubierto toda la podredumbre. En el fondo, es la dialéctica agonizante que ha adoptado nuestra democracia.

No sabemos cuánto tiempo tardaremos en enterrar a los partidos políticos, en el sentido que enterramos a un pariente y no volvemos a coincidir con él en ningún sitio, tampoco en los bares. Pero en todo caso sabemos que, en su actual versión, los partidos están más o menos muertos, en el sentido que lo está cierto periodismo, por ejemplo. Lógicamente, sus componentes, desde el líder a los cargos electos u orgánicos, cuando tocan, actúan con la sutileza y elasticidad que sólo poseen los acróbatas los días de circo. En cierto sentido, recuerdan a los últimos días con vida del padre de Igor Stravinski, cuyas ultimísimas palabras, entusiastas, fueron: «¡Qué bien me siento! ¡Pero qué bien me encuentro!». Y a continuación murió.

Nuestros representantes legislan, chillan, declaran, mandan, pactan, ejecutan, proponen, polemizan, expedientan, aconchaban, reparten, ingresan en prisión, etcétera. En eso consiste en ocasiones la condición de cadáver, es decir, en semejar una pieza imprescindible, única y brillante dentro de un complejo aparato que transforma la realidad con la potencia, perfección y belleza de un motor Lamborghini. El esfuerzo por parecer que están bien de salud, o en todo caso sufren una tos mañanera, efecto de sus vicios, funciona por ahora. Pero ahora siempre dura poco. Hay un tipo de esfuerzo denodado que nunca da resultado cuando el ahora es vencido. Es un esfuerzo vacío.

Entretanto no se celebra el entierro, nuestros muertos actúan con las botas puestas, relucientes, exuberantes. Las maniobras con las que ejecutan las acrobacias reflejan tanto realismo y verosimilitud que pese a estar acabados aún controlan el botín. No hablo de dinero, claramente. El dinero, decía Saul Bellow, sólo es algo que arrojar desde el último vagón del tren. El botín es eso poderosísimo que permanece oculto dentro del cofre, es el misterio, lo inexplicable, lo oscuro, es aquello de lo que ignoramos su dimensión verdadera, pero que nos convierte en rehenes, marionetas, bajo un modelo en el que la soberanía del pueblo queda en manos de una institución llamada Congreso, inferior en tamaño al Camp Nou, y en la que ni siquiera se puede escupir.

Mientras todo reluce, todo se pudre. La alfombra gana volumen bajo los zapatos. Apesta, pero el perfume se proyecta con grandes mangueras para esconder las señales de los cadáveres. ¿Cuándo reventará todo? No se sabe. Pronto. Tal vez tarde. Quizá nunca, pero aún en ese caso, reventará. Tal vez no exista jamás una explosión expresa, rotunda, sino una modificación liviana, imperceptible, como la que experimenta en el reloj la aguja de los minutos. Probablemente nadie sea testigo ocular de ese instante eterno en el que todo se modifique, pero todos estaremos presentes en la hora que la vieja maquinaria quede enterrada por la explosión del nuevo paradigma.

Pero quizás nada de esto ocurra porque todos estamos muertos. Precisamente para que los partidos políticos sean cadáveres, antes tuvimos algunos ciudadanos que sucumbir a las ondas de la corrupción. Esta siempre se desplaza de abajo a arriba. La corrupción sólo entiende de ascensos. Todos sus movimientos resultan tan vaporosos, mágicos, que no tiene sentido su existencia sino es partiendo del underground para escalar a la cumbre de la pirámide. Ahí se acomoda, se hace fuerte, se endiosa. Pero como advierte el manifiesto, todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profano.

Foto: ¿Quién teme a Virginia Woolf?, de Mike Nichols.

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14 respuestas

  1. No estoy demasiado de acuerdo en que la corrupción se genera de abajo arriba. Habitualmente, corrompe quien tiene poder, con el objetivo de seguir en él, o de aumentarlo, para lo cual se aprovecha de la puta condición humana, aquello de lo que hablaba Flaubert: “Lo único que persigue un trabajador es llegar a las misma cota de mezquindad que un burgués”.

    Tus entradas generan adicción. Ésta me parece soberbia
    ¡Salud!

  2. No estoy de acuerdo con su teoría de la escalada del mal, y le voy a poner un ejemplo muy sencillo. Tengo amigos que hacen importantes esfuerzos para que su prole vea dibujillos animados en idiomas varios, pero sobre todo, en inglés. Yo miro con pena a esos críos a los que les están robando su infancia televisiva en pos de una extraña teoría sobre ‘que así hacen oído’ con el idioma deseado, ¿para qué?, ¿para mandarlos a estudiar a una cutre universidad del sur donde para cuando lleguen todo estará si no desmantelado a medio desmantelar y donde el profesor de turno tendrá un nivel del idioma perrísimo? Seamos realistas, con un padre alpargatero y una madre ama de casa, ese niño no podrá ir a estudiar a Oxford ni a Princeton, es más, no podrá poner un pie fuera del sur de España, seamos claros, la única manera de subir o trepar que tiene no es el idioma, sino la primitiva premiada o la mentira y la estafa. Yo ahora le insto: ¿cuántos de nuestros políticos tiene un padre alpargatero y una madre ama de casa? Fin de mi argumento.

    • Creo que yo tampoco estoy de acuerdo con mi argumento, pero ahora que leo el suyo, se me ocurre pensar que ese hijo de alpagatero y ama de casa tal vez encuentre alguna vía para trepar si es capaz de corromperse. Con lo cual funcionaría mi razonamiento. Si por méritos e igualdad de oportunidades no puede, aunque lo intente, quizá si olvida los valores y principios sanos que le han inculcado sus padres, llegará más lejos. A lo mejor estoy diciendo otra tontería, pero yo soy de esos que por no darle la razón a nadie, y menos a mí, argumento lo que sea.

  3. Yo no estoy hoy tan pesimista como ustedes. O sí; me explico (o no): la corrupción de las esferas políticas de un país no es más que un reflejo de la corrupción moral de ese país. Si es España es corrupta y putrefacta, sus políticos también lo son. Si me cuelo en el metro soy un corrupto, si robo un millón al pueblo también. Mi problema es que solo me puedo colar en el metro, no robar un millón (¿pero no lo haría?). Por cierto, yo no lo haría, ni siquiera me cuelo en el metro, pero veo a centenares de compatriotas “hartos de la corrupción” colarse día tras día. Ya no sé ni qué me digo, como Tallón. Ah, por cierto, a mis hijos también les hago oír en inglés esos espantosos dibujos animados que ven. Y en catalán, y en castellano. La cultura es como el cerdo, todo puede aprovecharse.

    • Me di cuenta que mi corrupción personal -que a su vez es sólo un reflejo de la corrupción nacional- era de gran calado el día que me vi en el metro de Viena, donde no existen tornos, masticando el siguiente pensamiento: “¿Pero qué les pasa a estos austríacos, que no tienen torno, pueden viajar sin pagar, nadie les revisa el billete, y sin embargo pagan?”

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