Tirar bombas

En los últimos tiempos noto que de nuevo hago cosas por hacer, por inercia, porque no sé encontrar la razón. No me pasaba desde los nihilistas días de la adolescencia, cuando iba al instituto por ir, fumaba por fumar, o robaba porno en el videoclub porque sí. Y no podía ser más feliz. Cuando todo empezó a encajar, y a tener una explicación y un sentido, comenzó también a joderse. Estos días de nuevo escribo por escribir, asumiendo la idea de que la literatura sólo sirve para la literatura. Todo es muy confuso, por fin. Hoy estoy por darle la razón a Don DeLillo cuando le decía a Gordon Lish, el controvertido editor de Raymond Carver, que «los novelistas, si no escribiéramos, tiraríamos bombas». El caso es escribir. Sólo escribir, como si fuesen a acabarse las palabras y mañana tuviese que empezar a lanzar granadas por lanzar. Da igual qué escribir, o cómo, o para qué. Para qué ya sabemos: para nada. Porque la literatura no sirve para nada, es decir, sirve para ella. Bastante es eso. Precisamente porque no sirve para nada, es tan poderosa e importante. A veces siento que me parezco a Robert Mitchum en Las fronteras del crimen, de John Farrow. «De noche –dice Dan, su personaje, con menos frivolidad de lo que parece–, cuando no tengo nada que hacer, plancho el dinero». «¿Y qué planchas cuando estás arruinado?», pregunta intrigada Lenore. «Me plancho los pantalones». Por lo visto, en su caso se trataba de planchar por planchar.

Hay mucha gente así, gente que incurre en sus cosas sin más, sin otra salida, por incurrir, sin que se sepa ni por qué sí ni por qué no. De mis años de periodista de tribunales recuerdo la historia de Tarzanín, atracador de bancos y miembro de una saga de tipos duros que iban a la cárcel por ir. Después de todo, si no sabes qué hacer con la libertad, la cárcel es un consuelo. Cuando escribes sucesos acabas por hacerte a la idea de que ese banco de madera, duro, frío, incómodo, que hay cerca de las salas de vista es un confortable sofá. A fuerza de esperar en él a que suceda algo interesante, aprendes a dormir sentado y con los ojos abiertos. En una de esas esperas, fui testigo hace tres o cuatro años de un curioso diálogo entre Tarzanín y su letrado. Y de un gesto todavía más curioso.

El letrado había conformado con el fiscal una reducción de la pena de prisión si el acusado admitía la autoría del atraco. Así se evitaba el trámite del juicio. «¿Conformamos, no?», preguntó el abogado, por mero trámite. «Pero si yo no hice nada», respondió su cliente, agarrándose a la posibilidad –poco probable– de que se celebrase el juicio y lo absolviesen de chiripa. «Atracaste un banco a punta de cuchillo, hostia. Está grabado», le recordó el abogado con sus últimas dosis de paciencia. «Pero sólo agarré dos mil euros», alegó Tarzanín, que en ese momento procedió al gesto más nihilista y bello que he visto en mi vida de periodista de sucesos, antes de dimitir. Metió una mano en el bolsillo, sacó una moneda y dijo: «Mira, si sale cara, conformamos; si sale cruz, vamos a juicio». Fue a juicio y después cuatro años a la cárcel.

Foto: Las fronteras del crimen (1951), de John Farrow.

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Categorías:Literatura, Vida diaria

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12 respuestas

  1. La “mentira” es tener que buscar una utilidad a todo cuanto hacemos, maximizar el tiempo, la excelencia, el sello de calidad, el peaje, …¡cómo nos venden la moto!…qué infravalorado está gozar haciendo algo sólo por hacerlo, por el hecho en sí mismo de que se materialice un pensamiento, una idea, una nota musical…
    Muy bueno 😉

  2. Anda que no nos habremos metido en líos sólo por hacer las cosas por hacerlas. Se me ocurre un buen manojo de ejemplos, pero al final, como somos unos románticos, lo que nos queda es el gusto, la efímera sensación de libertad, nos convencemos de que mereció la pena ser rebeldes o alguien sostiene que eso nos ayudó a crecer, a ser como somos. La condena de cuatro años no es nada.

  3. Historias como la de Tarzanín son de una sordidez feliz. El ser humano es capaz de adaptarse a cualquier circunstancia en la vida. Somos maleables. Incluso en el pozo que supone una cárcel. Qué gran paradoja, que haya quien sea feliz en un lugar donde el resto de seres se abandona a la más desconsoladora tristeza.

  4. Excelente historia una vez más. Como sabe, soy reciente en su blog y le confieso que he llegado a pensar que se había inventado usted a tan singular delincuente. Al menos, hasta que he podido comprobar su existencia en un diario orensano, en la que hablaba de su detención precisamente por el asunto que usted menciona. Desde luego, una vez más se demuestra que la realidad es más inverosímil que la literatura.
    Por otra parte, como habrá podido observar, he dejado un enlace hacia su bitácora desde la mía, concretamente en la sección: “Blogs que ojalá hubiéramos creado nosotros”. ¿Qué más puedo decir? Un cordial saludo.

  5. Hay historias que acuden a tu encuentro. Hace unos pocos días, tras una de mis largas jornadas de madrugada, recordaba la historia de Tarzanin, recordaba aquella maravillosa crónica que nos regalo su pluma -sin restarle por ello méritos al propio protagonista-, y venía a mi mente la sensación de estar en aquel banco del edificio de los juzgados haciendo una foto a Tarzanin para ilustrar la noticia.

    Nunca me gustado hacer esas fotos. Eso no es un secreto, como consecuencia de ello, siempre me quedan bastante mal. Pero, quien sabe si porque aquel día algo mágico estaba por suceder en el lance de aquella moneda, la foto quedó razonablemente bien.

    Creo que hay historias que son infravaloradas por los medios, pero que vistas con el tamiz de una curiosidad insaciable y crítica como la suya, emergen para desbancar la cotidianidad aburrida que nos venden día a día.

    Un gran saludo,
    MA.

    • Recuerda aquello? Fue demoledor y a la vez hermoso. Un individuo poniendo su destino, sin necesidad, en el capricho de una moneda, que generalmente siempre te da la espalda. El dinero huye de tu bolsillo al bolsillo de otro. Eso lo sabe cualquiera, pero Tarzanín es un soñador y creyó que ese día la moneda se aliaría con él. Bah. Esta sociedad necesita delincuentes como él. Un gran saludo, compadre!!

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