Una lección de Shakespeare

Soy partidario de restar atención a las cosas que pasan para ahondar en lo que no sucede. Porque esto es lo que, antes o después, acaba ocurriendo. Las huellas más hondas acostumbran a ser las de esos hechos que no se previeron, y en el instante menos propicio para nuestros intereses se abaten sobre nosotros. No soy partidario de despreciar una lección de Shakespeare, por eso tengo siempre presente esas palabras de Edgar, el personaje de El rey Lear, cuando afirma que «el cambio que nos desmantela nos llega siempre cuando estamos instalados en lo mejor». Todo se jode cuando parece perfecto. Se trata de anticipar los movimientos, y por mucho que no dispongamos de los ojos adecuados, debemos ver con los que tenemos lo que hay detrás de la realidad.

Los hechos relevantes, por insignificantes que parezcan, se cuecen bajo la superficie, a escondidas, es decir, cuando no sucedieron todavía. Ya llegarán. En estos días le recordaba a unos amigos, mezclando bebidas, aquella misteriosa declaración que Ludwig Wittgenstein realizó sobre el Tractatus Logico-Philosophicus. No es difícil de memorizar porque el filósofo vienés no se pronunció más que en dos ocasiones sobre esta enigmática obra, y además lo hizo en corto. La vida, después de todo, se saca adelante con dos o tres frases simples, con el verbo en presente de indicativo. En la que yo estoy pensando, Wittgenstein decía que el Tractatus es «una obra que consta de dos partes: la aquí presentada y la que no escribí. Justamente esta segunda parte es la más importante». Todo esto viene a expresar que la nada está mal interpretada. Lejos de ser su una propuesta vacía, inane, como su concepto sugiere, transluce contenidos complejos que a menudo –hay que admitirlo– somos incapaces de explicar.

Nada sugestivo se percibe a simple vista. Piense en un cuadro. El buen artista no sitúa su mensaje en la primera capa. Acuérdese del cubismo. Louis Vauxcelles, desinteresado por esta corriente, decía despectivamente que era una pintura hecha con pequeños cubos. Se quedaba en la primera capa, lo que le impedía advertir lo que no estaba sucediendo a su vista, donde justamente estaba desapareciendo la perspectiva tradicional y todas las partes de los objetos pasaban a formar parte de un mismo plano. John Wayne, con su estilo, lo decía muy bien en Fort Apache: «Si los has visto, es que no eran apaches».

Foto: Ludwig Wittgenstein.

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Categorías:Literatura

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9 respuestas

  1. Es verdad todo lo que dices. Vamos, no sé si será verdad, pero yo estoy de acuerdo.
    Sin embargo, a veces el artista convierte al camuflaje en el mensaje y la obra se convierte en una adivinanza para listos, lo cual suele causar asombro y admiración, por más ( o a causa de) que sea el mismo creador quien únicamente entienda la obra.

    Quienes de verdad conocen las virtudes y los efectos de lo que se esconde en la segunda capa detrás o debajo de lo que se dice, son lo políticos. Ellos son los grandes creadores del siglo y, al mismo tiempo, la capa visible que amaga los intereses de los que en realidad gobiernan . ¡Artistas!

    ¡Salud!

  2. Es muy postmoderna esta visión, sosteniendo que lo que hay debajo de la mierda huele aún peor, pero me gusta, no se lo niego. Supongo que influye en ello mi amor por los filósofos de la sospecha, porque tiendo a desconfiar de todo. El otro dia fui con una amiga a ver trajes de fiesta. La dependienta le probó el más caro y le dijo: si te gusta debes darte prisa porque es el último que hay y si alguien más lo reserva ya no podremos vendértelo. Eso hizo que mi amiga se decidiera rápidamente y que yo me fuera de allí escamadísima. El traje le queda bien, no digo que no, pero creo que la dependienta era más larga que corta y que yo me callé porque si por casualidad era verdad no quería que mi amiga perdiese el vestido y mi amistad, de paso, por sospechosa. Muchas veces crees que ves lo que hay detrás de la superficie, y a veces lo atisbas, pero otras no es más que el reflejo de tus propios pies haciendo sombras en la pared de la caverna. ¿Era realmente el último vestido?, quién sabe…

    • A lo mejor es el último vestido que su amiga se compra allí. Yo creo que hace usted bien en desconfiar de una dependienta, que normalmente persigue una comisión. En esos casos, cuando te dice que es el último vestido, y que no te lo puede reservar más allá de unas horas, creo que conviene que lamentablemente lo dejas porque lo que tú querías era comprar dos. Dicho esto, pudo tratar de convencer a su amiga invitándola a dar una vuelta, visitar tal vez la Giralda, y pensárselo unos minutos.El paseo siempre da perspectiva.

  3. Lo que eliges descarta miles de “posibilidades” no elegidas. Incluso cuando vuelves la mirada a lo “no elegido” ya has vuelto a escoger y empiezas otro ciclo de lo selecionado en oposición a lo que ahora es la “nada” y antes era tu realidad.
    Pero esa nada latente, me deja cierto regusto de amenaza…
    Un saludo 😉

  4. Cuanta verdad hay en sus palabras. Me han trasladado a un poema de José Ángel Valente, que seguramente conozca. Por si no fuera así, se lo recuerdo: “EL SOLO ENCUENTRO en el que nunca / nada podría al fin haber pasado. / La posibilidad de todo. / Y esa oscura carencia / de hechos y de días / borraba, más real, / la ficticia hilazón / de tu biografía” (“Memorias”).

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