Candidato a presidente

Aquel día, en medio de un viaje de trabajo a Buenos Aires, cenaríamos en el café Los 36 billares, en la Avenida de Mayo, Paco, Ana, Pepe, Álvaro y yo. Llegamos a una hora en la que comenzaba un pase de tango, con dos parejas de baile y una voz rota al acompañamiento musical. Todos, sin excepción, estábamos hambrientos. Acordamos los platos y dos camareras tomaron nota. El local estaba a reventar. Enseguida advertimos que en una mesa vecina celebraban la fiesta con más entusiasmo que nosotros. Cantaban a coro y aclamaban a los bailarines. Creían conocer las letras de los tangos. Es decir, habían bebido y agitaban el espectáculo como fanáticos del fútbol. Nos llamó la atención su indumentaria impecable. La única mujer del grupo lucía un vestido largo, creo recordar que plateado. Ellos vestían invariablemente corbata y chaqueta. 

La curiosidad era general en nuestra mesa: ¿quiénes serían esos tipos? Habían comenzado a servir la comida, y en ese momento la curiosidad se trasladó a un segundo plano.

Finalizado uno de los tangos, una voz en off anunció por la megafonía que esta noche nos acompañaba el candidato a las elecciones presidenciales de Honduras. ¿Dónde estaba Honduras?, fue la siguiente pregunta en nuestra mesa. Hubo grandes aplausos. Estimulado por la buena acogida del público –era probable que en su país estuviese más acostumbrado a los empujones y escupitajos– el candidato se levantó de la silla y saludó al tendido. Era uno de los trajeados de la mesa vecina. Me pareció un idiota al que aquel aplauso le venía demasiado grande. Además, se notaba que comenzaba a estar más ebrio que sobrio. Daba las gracias a la derecha, a la izquierda, al norte, al sur. Paco hizo un comentario breve, muy breve, pero no por eso menos exacto: «Gilipollas».

Llegó nuestra segunda ronda de cervezas. El candidato hondureño y su equipo se pasaron a las bebidas destiladas. Y se notaba. Ignorábamos qué habían venido a rascar a Buenos Aires. No descartamos que a correrse una fiesta épica antes de estrellarse en las elecciones. No sé por qué pero pensé: «Los nuevos ricos son siempre unos muertos de hambre». Me dejé llevar por el asco que empezaba a causarme el candidato hondureño. Menudo payaso, me repetía una y otra vez, en cada ocasión que giraba la cabeza y tenía que contemplar aquellas caras, aquellas barrigas, aquellas camisas que comenzaban a salirse de la sumisión de la cintura del pantalón.

Había que atajar el protagonismo desmedido que asumieran en un local en el que, hasta donde yo fui capaz de contar, había quince o veinte mesas más, todas llenas. ¿Celos? No: asco. Pero, ¿cómo se atajaba y reconducía la situación? Pensé, pensé, pensé. Miré a mi alrededor y reparé en Paco. Los demás habíamos acudido con ropa de sport, mientras que él seguía con el traje negro de la tarde. Me visitó una idea. La comenté rápido y mal, creo que con la intención de que no la entendiesen y así no pudiesen boicotearla. Luego me acerqué a la barra, donde le expliqué a un camarero que esta noche también estaba en el local el candidato a las elecciones generales de España por el Partido de Nuevo Revolución Española. Es decir, lo primero que se me vino a la cabeza. Puso cara de «esta noche morimos de éxito» y me pidió que por favor le anotase en un papel el nombre de candidato y de la formación política por la que concurría. Me preguntó qué posibilidades tenía de imponerse en los comicios y le fui muy sincero: «Todas». A continuación anoté en letras mayúsculas el partido, ficticio, y el nombre de Francisco Viéitez. Y en seguida se puso en marcha la maquinaria.

Cuando me incorporé a la mesa y expliqué mejor el caso, se extendió el pánico. La cosa podía acabar mal, alertaron. ¿Mal?, pregunté. A hostias, concretó Pepe. No había más que ver las bebidas que había en la mesa vecina: si detectaban la burla, podrían volverse contra nosotros. Mantengámonos firmes, recomendé. Nadie puede demostrar que Paco no es el candidato. Desgraciadamente, comenzaron las carcajadas: Pepe, Álvaro, el propio Paco y yo. Sólo Ana, tomada por el miedo a que la broma se nos fuese de las manos, reaccionó tratando de evitar que la voz en off hiciese el anuncio. Se acercó a la barra e intentó hacerle ver al camarero que me había tomado el recado, que nuestro candidato era un hombre discreto y que esta noche tenía un profundo dolor de cabeza. «La producción está en marcha, señorita». En efecto: cuando Ana se reintegró al grupo, y llegaba a su fin un de los tangos, habló la voz en off: «En esta noche de maravillosas casualidades, recientemente llegado desde la Madre Patria, tenemos entre nosotros al candidato a las próximas elecciones legislativas españolas, por el Partido de Nueva Revolución Española, ¡Francisco Viéitez!»

Había que mantener la compostura. No fue fácil. Yo me tapé la boca con la mano, incapaz de detener una carcajada con precedentes sólo durante algunas clases en el instituto, y por lo menos en dos o tres entierros. Álvaro se ausentó en dirección al baño, buscando un agujero en el que explotar de felicidad, con discreción. Pepe hizo como que se le desataba un zapato y debía descender a la altura del suelo par devolver la lazada a su sitio, y morir de risa a nivel del piso. Ana estaba blanca, incapaz de saber si se meara encima de risa o de miedo. Paco, en cambio, reaccionó con frialdad, sentido supremo de la compostura y el arreglo de un líder capaz de llegar a la presidencia, es decir, se levantó, abrochó la chaqueta con un movimiento institucional, propio de alguien que se ve ya ganador sin necesidad de esperar al recuento de papeletas, y saludó a los asistentes sin desatar la carcajada. Adoptó un sonriso agradecido, humilde, que no sé de dónde pudo robar, si no fue a un cadáver durante la visita a la  Recoleta. En un gesto de fair play, pero también en un golpe de efecto político que recaudaría muchos votos, se acercó al candidato hondureño y le ofreció fundirse en un abrazo entre camaradas. Al fin y al cabo, iban a compartir fracaso electoral.

Durante la siguiente media hora tuvimos que aguantar todo tipo de felicitaciones. Yo había asumido el papel de jefe de campaña y atendía las más variadas preguntas. Como si nuestro partido era proletario, si estábamos a favor de las nacionalizaciones o si defendíamos la lucha de clases. Las bailarinas descendieran y se ofrecían como pareja de baile de los candidatos. Llegados a este punto nos pareció prudente pagar y desaparecer. Definitivamente, habíamos robado todo el protagonismo a los hondureños. Se notaba a leguas que se les atragantara nuestra irrupción. De hecho, mientras Paco rechazó las propuestas para bailar, aduciendo cojera en una pierna, por culpa del ácido úrico, el candidato hondureño, en un intento desesperado por rescatar la popularidad y la hegemonía perdidas, no dudó en decir «sí» y hacer el ridículo.

Fuimos homenajeados una última vez, mientras enfilábamos nuestros pasos hacia la puerta de salida. Esta vez ni yo fui capaz de resistir la tentación de saludar como una estrella del pop-rock.

[Extracto de A pregunta perfecta].

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Categorías:Bares, Política, Vida diaria

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4 respuestas

  1. Aquí en el Sur puede usted hacer el mismo circo asegurando que es usted el último novelista americano de éxito, yo le sigo la bola. 😉

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