A reírte de tu madre, chaval

Hay que poner mucha atención en aquello de lo que te ríes. Yo intento que sea suficientemente serio. No basta que algo me haga gracia. Si así fuese me reiría a todas horas, por cualquier motivo, de todo el mundo. Procuro que además tenga gracia. El matiz es sutil pero brutal, como ese tipo de diferencia tenue, aunque atroz, que Truman Capote establecía «entre escribir bien y el arte verdadero». Este exceso de celo procede –cartas sobre la mesa– de una espeluznante experiencia durante la juventud. En mi teoría general de la especie, los traumas inconfesables no se cuecen tanto en la infancia como en el instituto. Nada marca una vida como esos cursos en los que perfeccionas la mecánica del morreo, te adentras en la literatura del boom o te compras tu primer zippo. El bachillerato puede ser tu ruina. Te descubre los mejores y más peligrosos vicios. Ahí conocí yo a Angelines, con la que aprendí a poner cuidado con aquello que te hace gracia.

Angelines fue una compañera de estudios de la que estuve seguro, el día que la perdí de vista, que jamás me olvidaría. De hecho, aquí estoy, hablando de ella. Me dio mi primera lección importante en la vida. Fue en los primeros días del curso, cuando llegas al instituto y en dos tardes ya crees que lo sabes todo, incluido cómo se escribe una novela o cómo se lía un canuto con una mano. Estábamos en pleno recreo cuando a Pedro y a mí –los dos igual de gilipollas– nos dio por hacer un comentario gracioso, es decir una babosada, a cuenta de Angelines. No sé si a propósito del tamaño de su cabeza o de su culo. Era corpulenta. No importa tanto el motivo por el que nos reíamos, por otra parte, como la tormenta que se desató cuando Angelines, a pocos metros, se volvió y nos sorprendió desternillándonos de ella. Avanzó hacia nosotros lentamente. No parecía, de hecho, que avanzase, ni siquiera parecía que se dirigiese hacia nosotros. Me acordé de la mujer fatal de Retorno al pasado, Kathie, cuando le dice al detective que interpreta Robert Mitchum: «Oh, Jeff, debiste matarme por mi conducta de hace un momento». Y Jeff responde: «Aún hay tiempo».

Durante unos segundos de hielo pensé que no iba a ocurrir nada. Angelines parecía estar quieta, con la atención fijada en otro punto. Pero se desató el ciclón. A mí sólo me puso un ojo como un pan. No vi venir el mango del paraguas. Me saltaron las gafas. En realidad, siempre he creído que ese día también me saltaron las dioptrías. De pronto, fui el doble de miope. Pero yo tuve suerte. Pedro recibió una paliza como nunca vi. Y como rendirse, con medio instituto pendiente, era peor opción que incorporarse y seguir encajando, Angelines le sacudió hasta que tocó el timbre. En ese momento, le dijo a mi pobre amigo algo que nos sirvió a los dos para el futuro: «A reírte de tu madre, chaval». La lección fue automática. En el instante que aquel paraguas me alcanzó y me arrebató la agudeza visual, supe que en adelante me reiría de otra forma. Menos. Si por cualquier razón algo peligroso me busca la risa, pienso en niños muertos, en pelos, incluso en esa escena de Pulp Fiction en la que Butch Coolidge (Bruce Willis) se libra de ser violado por un policía en un sótano, pero no así su compañero Marcellus Wallace (Ving Rhames).

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Categorías:Cine, Literatura, Vida diaria

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5 respuestas

  1. Es cierto, en el instituto una profesora que comía ‘Juanolas’ proyectó una ya chupada sobre el libro de un compañero de mesa durante una risotada fuerte y yo, desde el momento en que vi la juanola sobre el libro y a la profesora disculpándose y limpiándolo con la manga del jersey ya no podía parar de reír. Me costó sangre aprobar aquella asignatura, tiene usted razón, reir es peligrosísimo.

    • La vida es maravillosa: ha introducido otro tema especialmente complejo, digno de desarrollo un día de estos: la manga del jersey. Qué lejos hemos llegado todos con la manga del jersey. Pero es que es más: qué lejos hemos llegado con las gomas de mascar. Ha puesto dos picas en Flandes. Mangas de jersey y juanolas. Me he sentido siempre muy ridículo diciendo “picas en Flandes”. Y hoy más que nunca.

      • Sí, sí, por favor, desarrolle, o si lo prefiere, hagamos un libro de relatos conjunto sobre la manga de jersey, que está muy de moda (lo de escribir conjuntamente) y el tema de para mucho. Prometo corregirle cada vez que se le ocurra usar lo de la pica si usted hace lo propio cuando yo escriba aquello de ‘Sin solución de continuidad’.

      • Sí. También le pediría que me recrimine cada vez que hablo de silencio. Hago mucho ruido con ese tema. Yo debí ser autor de “Historia del silencio”, y no Pedro Zarraluki.

      • Pues sí, a mi me pasa con la búsqueda, que me pierde.

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