«¡Ooooooohhh!»

No siendo un especialista en el fin del mundo, ni en el comienzo, yo diría que el apocalipsis, o el último día, no es tanto una calamidad que vaya a ocurrir en un momento concreto, a una hora en punto, e implique el acabose, como algo que más bien ocurre a diario, todo el tiempo, pero sin fatales consecuencias. Cuando Robert Wilson le decía a Francis Macomber, en aquel relato de Ernest Hemingway, que «a todos nos dan una paliza todos los días, de uno u otro modo», le estaba hablando de cierta idea de fin del mundo, que al día siguiente vuelve a empezar, y así sucesivamente. En cierto sentido, el apocalipsis se equipara al desayuno, el semáforo en rojo o el Ghiggia 4cepillado de dientes, con los que hay que vivir a diario. El mundo finaliza todos los días, y empieza cada jornada, al amanecer, bajo una normalidad aparente.

El llamado fin del mundo, o apocalipsis, significa poco más que una mala noticia. Mala noticia en el sentido que representa para muchos madrugar o comer guisantes. Hay pocas cosas, sin embargo, de las que el individuo no se reponga con una buena siesta, incluidas las legumbres. En el peor caso, a la vuelta de una o varias generaciones. Sólo hace falta respirar hondo, algo de paciencia, seguramente pensar en otra cosa, jugar –por qué no– una partida al billar. Tal vez porque no sé nada del fin del mundo, ni del medio, no puedo imaginar el apocalipsis más que como una cosa no tanto del futuro, por llegar, como del pasado, con moho. Típico invento de civilizaciones que, ni en sus sueños distópicos, pudieron siquiera imaginar que un día existirían la rueda o las zapatillas con cámara de aire

«Fin del mundo» es una expresión más, como cuando alguien anuncia que esta mañana ha dejado de fumar, una metáfora relativamente rotunda. Le he dado bastantes vueltas. No muchas, en realidad. Algunas vueltas, digamos, y el peor fin del mundo que puedo fantasear, sin recurrir a guerras ni a grandes dramas individuales o colectivos, es el 16 de julio de 1950. Fue el día del «maracanazo», claro. Estoy dispuesto a aceptar que esa tarde implicó el fin del mundo para mucha gente. Incluida la banda de música, que no había previsto una victoria uruguaya y carecía de la partitura con su himno.

La derrota de Brasil resultó tan grave, estaba la gente tan poco preparada para caer, que la selección canarinha dejó desde aquella fecha negra –apocalíptica si lo deseamos– de utilizar su tradicional conjunto de medias, pantalón y camisa blanca con puños y cuello azul. De algún modo, el país nunca ha dejado de estar de luto desde entonces. Quizás eso –gente que recibe un golpe y no se levanta– se aproxime a la idea de apocalipsis nacional. Hace seis años, Alcides Ghiggia, autor del gol que daba la victoria a Uruguay tras un pase de Obdulio Varela, viajó a Brasil de vacaciones. Cuando llegó al aeropuerto depositó su documentación ante el personal de extranjería. La muchacha del mostrador, de 24 años, la estudió en profundidad, como si se tratase de un texto de Borges, con varias capas de lectura. «¿Sucede algo, señorita?», preguntó Ghiggia, intrigado y nervioso porque no le devolvían el pasaporte. «¿Usted es Ghiggia, el del 50?» «Sí, pero eso pasó hace muchos años», afirmó el héroe de la final de aquel infausto Mundial. «Pero a nosotros todavía nos duele», dijo la joven. Habían pasado sesenta años.

El fin del mundo a veces sólo es el fin del día, la secuencia final, fin de año, o el final de la página. Según el ánimo, y cómo haya evolucionado la resaca del domingo, puedo incluso ser un simple lunes. En mi teoría, el fin del mundo es poco más que un tema de conversación, un cuento que intercambiamos para acunar la oscuridad. En general, sólo es una forma de cerrar un relato. En algunas ocasiones, también el método elegido para abrirlo, como en The Road, de Cormac McCarthy, o en Pedro Páramo, de Juan Rulfo. La historia está llena de Apocalipsis, de igual modo que la literatura o el cine están llenos de relatos de amor y un final feliz. Se trata de un recurso que produce un efecto rentable.

Una forma de imaginarse el fin del mundo, sin que corra la sangre, es a través de una novela de César Aira. La horrenda experiencia en la que el mundo se va al carajo estupendamente, entre risas, está en buena parte de sus novelas. Nadie propicia la desaparición de la especie con tanto salero. Los misterios de Rosario concluye con un fin del mundo en el que se conjugan ríos desbordados, vientos huracanados, y con el protagonista, el profesor Alberto Giordano, convertido en un muñeco que vuela por los aires mientras el pueblo asiste al espectáculo por televisión. El fin del mundo tiene lugar también en las cuatro nouvelles de Las aventuras de Barbaverde. En «El gran Salmón» irrumpe un Armagedón con el aspecto de un salmón del tamaño de «cincuenta millones de años luz», proveniente de los confines del universo. Otro tanto ocurre en los Diarios de la hepatitis, donde el narrador escribe: «Yo tenía en la mano, tomado con el índice y el pulgar, un terrón de azúcar. De pronto se disolvió en mis dedos. Si por un instante pude pensar que era por causa de la humedad, no tardé en desengañarme. El aire había tomado un resplandor verde, amarillento, y fue todo respirar y morir. Todos, el mundo entero, morimos en ese instante».

Sin fin del mundo estaríamos huérfanos de creaciones que nos han hecho confiar en la humanidad y sospechar que la vida no se acaba nunca, y por tanto nunca habrá fin del mundo. Un mundo feliz, 1984, son novelas apocalípticas. Pero incluso Cien años de soledad, con la desaparición de los Buendía, es una obra que se cierra de modo apocalíptico. William Golding, Philip K. Dick, T.S. Eliot, Ezra Pound, Pynchon, Vonnegut, Saramago, son a su modo apocalípticos. Y podríamos continuar, pero hay que dejar sitio para finalizar diciendo que, después de ser un relato, una pena diaria, un recurso humorístico, el fin del mundo también es un negocio boyante.

Cees Nooteboom acostumbra a decir que el fin del mundo, y el comienzo, están en una casa blanca con puertas y ventanas de madera azul, en la que el escritor holandés se refugia después de sus largos viajes, en Menorca. Pasa ahí sus veranos desde hace cuarenta años. «En esta casa termina el camino y el mundo», escribe de su refugio menorquín.

Regreso al fútbol. Porque justo ahí, en un deporte que va en parte de dar patadas a un cuero esférico, se manifiestan como en ninguna otra disciplina, semanalmente, el Apocalipsis. Nos podemos figurar que para muchos futbolistas el fin del mundo se produce el día en el que en la tanda de penaltis que los conduce a la gloria, lanzan el balón a las manos del portero. O peor, a la grada. Manuel Pellegrini cuenta que decidió retirarse del fútbol en activo después de un balón dividido en el área del Universidad de Chile, de cuya zaga formaba parte. «Jugábamos la Copa de Chile contra el Sandino. Nuestro portero rechazó el disparo de un rival, salté para despejar y llegó por detrás un chaval de 17 años, cedido por el Cobresal, que me sacó medio metro y cabeceó a la red. Ese día decidí que no podía seguir». Ese día, pues, fue su fin del mundo, pero como éste trae consigo generalmente la normalidad, y siempre escampa después de la lluvia, Pellegrini se hizo entrenador, tuvo éxito y el mundo siguió su marcha, como si tal cosa.

Peor fue lo de Crisanto García Valdés, Tati, y no ocurrió nada definitivo. Jugaba en el Sporting de Gijón y era calvo con veintipocos años. En aquella época, allá por los setenta, ser calvo en fútbol era mucho peor que fallar un penalti en la final de un Mundial, a menos que fueses Di Stefano, así que aceptó el consejo de un amigo y se puso una peluca con tecnología alemana. El invento funcionó relativamente bien y Valdés jugó con peluquín muchos partidos. El 2 de marzo de 1975, el Sporting recibió a la Real Sociedad. El Molinón estaba a reventar. La televisión pública emitía el partido en directo. En el primer balón dividido, Tati jugó de cabeza y perdió la peluca. El estadio emitió un respetuoso pero apocalíptico «¡Ooooohh!». El interior gijonés la recogió del suelo y volvió a acomodársela en la calva. Pero en el segundo despeje, la perdió otra vez. El murmullo de la grada fue general, más intenso, y el jugador enfiló los vestuarios anticipadamente. Me cuesta pensar en un fin del mundo más atroz para un futbolista que un episodio así. En lo sucesivo, sin embargo, Crisanto García Valdés siguió jugando, aunque ya sin peluca.

[Artículo publicado en Vozed]

Foto: Alcides Ghiggia.

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Categorías:Fútbol, Literatura

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4 respuestas

  1. Bueno, sí, me quejo continuamente, me sale mejor la gracia con la queja, pero, ¿quién coño tiene interés en que se acabe? Estoy con usted, úsemoslo solo para crear a partir de las cenizas. Ay, Foster Wallace que estás en los cielos…

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