Llévame a un sex shop

Cuando llevaba tres semanas instalado en Madrid, recibí una llamada telefónica de mi amigo César, desde Ourense. Quería saber si había localizado ya el sex shop con cabinas más próximo a mi apartamento. No, le dije. No había sentido esa necesidad. En cambio, tenía muy bien ubicado un chino, una librería, un bar de confianza, otro de desconfianza, pero imprescindible igualmente, un videoclub y el Día. No necesitaba más, por ahora. Su pregunta me hizo pensar que tu modo de aterrizar en un sitio nuevo e inspeccionar los alrededores dice mucho de la persona que eres. Tu primer mapa de cercanías, para sobrevivir a la toma de contacto con una ciudad ajena, no son sino unas líneas de tu autobiografía. «Chorradas», respondió. «Busca un buen sex shop y déjate de hostias, macho. El viernes por la noche me tienes en Madrid», me anunció. Estábamos a miércoles. Como hablaba desde el trabajo, aproveché para preguntar en voz alta si alguien conocía un sex shop con cabinas cerca de Ópera. «Para unos amigos», añadí. Hubo un par de carraspeos y poco más. «Busca en Google», propuso alguien, con la intención descarada de despejar el balón de un punterazo.

No sé ni cómo me atreví a preguntar. Después de dos semanas en la oficina había advertido que allí sólo ocurrían cosas insípidas. Ni se levantaba un infundio, ni se desplegaba un chiste, ni se flirteaba, ni se descolgaba una carcajada, ni se producía una avería informática. Nada. La rutina era toda la novedad que cabía, así que Henry Millercuando la conversación lo permitía, me gustaba decir «polla», incluso «chocho», para notar el desasosiego en los compañeros. Procuraba que en mi mesa hubiese siempre un libro Henry Miller. En el fondo, había preguntado por el sex shop para incomodar.

El viernes por la noche llegó César y yo tenía una lista de cinco locales con buenas referencias, y no demasiado lejos. Por si en las últimas horas había cambiado de opinión, propuse la alternativa del Reina Sofía o el Prado. «Ya fui con la excursión de EGB», escupió. Me recordó a Baudelaire, cuando preguntaba «¿Qué es el arte?» y él mismo respondía: «Prostitución». Nos pusimos en marcha. Antes, caímos en un bar. Mi amigo no iba a sex shops, ni a locales parecidos, si antes no bajaba dos chupitos «de algo». Se trataba de una especie de catecismo, como cuando no haces una maleta sin meter un bañador. A las once de la noche, nos presentamos en La Juguetería entonados. No acababa de adaptarme a las dimensiones de la ciudad y hasta que no entramos no me sacudí la sensación de que iba a encontrarme con algún conocido en cualquier momento, a la vuelta de la esquina, esperando en un semáforo, a la salida de Zara. Mal sabíamos César y yo la sorpresa que nos deparaba el destino allí dentro.

Nos asignaron una cabina, y después de dos minutos esperando que ocurriese algo al otro lado del cristal, en penumbra, se iluminó lentamente el escenario. Estábamos aproximándonos a Semana Santa, y ante nosotros se dibujó la silueta de una mujer con un capuz de nazareno, en bikini, sobre altísimos tacones, y finos, para penetrar en una vena y extraerte una muestra de sangre. Sujetaba un cirio negro. A mí me dio la risa. «No me jodas», protestó César, que había empezado a remangarse. Todo evolucionaba lentamente y en decadencia, como en los puticlubs al uso. Yo hacía esfuerzos para no explotar de una carcajada. No fueron necesarios a partir del momento que la mujer se volvió y quedó frente a nosotros. «¡La puta virgen!», exclamó César, que se volvió de color blanco. En un acto reflejo, yo me tapé la cara. Era Estefanía, una tía política de César que se había separado de su tío Ricardo hacía unos diez años. Nadie la veía desde entonces, como si hubiese desaparecido de la faz de la tierra. La impresión fue mayúscula. No tuve que convencerlo de que nos fuésemos de allí. Salimos en silencio. No sabíamos qué decir. Cuando nos dio el aire, César me miró y, con voz desangrada, me preguntó si nos emborrachábamos o qué.

Foto: Henry Miller.

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Categorías:Bares, Literatura, Vida diaria

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14 respuestas

  1. mal hizo su amigo desoyendo el sensato consejo de visitar el Prado. Lo másque le hubiese acontecido sería encontrarse a un concejal del Bloque comprando una lámina de la Inmaculada de Murillo, la de Aranjuez, por ejemplo. Hablando de la pornografía del arte, nada con más morbo que las piernas de las Venus de Tiziano, oiga, mi prima marita y yo, que en cada escapada a la capital no perdemos la visita al triángulo del arte, acabamos la sesión montando verdaderas sesiones de provocación contracultural haciendo comentarios
    irreverentes cuando ya estamos saturadas del recorrido al uso.
    En cuanto a la tía política, a saber la vida que le había dado el marido para acabar de Nazrena…Viendo las aficiones del sobrino…Peor sría que acabase haciendo almendrados con las Clarisas de Allariz.Un Sex shop cerca de Opera tiene su punto,siemprequeda el recurso de acabar en La Almudena. Disfruté con la historia.Gracias, amigo Tallón..

    • No me hable de las Clarisas de Allariz ni de ninguna variante. Los conventos y las monjas -que dios me perdone- son una de esas fantasías absolutamente perversas que me acompañan desde que tengo doce o trece años. Creo que nunca renunciaré a ella. Uno necesita en la vida un sueño que nunca pueda cumplir.

      • No debe renunciar, pero cada día está más difícil.Ya no hay vocaciones ni desengaños que no se curen con unas copas. Los conventos están en franca decadencia y me temo que tendrá que sublimar su perverso sueño conformándose con los almendrados…Aunque sé de uno no muy lejos que…Veré si averigüo como está de novicias, aunque a lo peor, y por seguir con las perversiones, prefiere a la madre abadesa.

      • Siempre y cuando no pase de los 105 años…

  2. Menos mal que su amigo no le dijo: ¿Has visto?, me ha mirado! Supongo que se cortaría por aquello de que la conocía, pero es la parte más patética de los puticlubs y sucedáneos, cuando los tíos creen que ligan, oh, si no lo ha visto, ahorreselo, yo sí y no puedo apartar esa escena de mi mente…

    • Me faltan cosas por ver, muchas, de hecho, pero esa concretamente, no. No añado nada a lo suyo, que no sea subrayar la gran decadencia que lo domina todo. Cuando entras, cuanto permaneces, cuando sales.

      • Un día le contaré mi primera y única vez en un ‘Scándalo’, durante una despedida de soltero (¿qué hace una mujer en una despedida de soltero? esa es otra historia, pero iba yo sola con 12 tíos y me quedé sólo con uno charlando en la barra, el que se quedó conmigo me dijo que no subía con los demás porque le daba cosica que me quedara yo sola, eso es un amigo (no le digo nada y se lo digo todo).

      • Digno de ser escrito. Póngase con ello o acabaré haciéndolo yo.

  3. Curioso esto de Madrid y el erotismo. Y eso que aquí en Barcelona, con nuestro Bagdad -de donde surgió el mismísimo Nacho Vidal- no nos podemos quejar. En mi última visita en Madrid pude cumplir uno de mis deseos “eróticos” menos ocultos a mis amistades: la contemplación de la “Venus del espejo”, de Velázquez, a la sazón en la capital. Todavía hoy no tengo palabras para descubrir aquello. Y poco importó que hubiera un verdadero pelotón delante mío, con sus exhibicionistas muestras de admiración. Allí estábamos, ella y yo al fin, frente a frente, aunque fuera con el espejo -y el angelote- de por medio. Y no tengo nada en contra de Sam Taylor-Wood y sus soliloquios -más bien al contrario-, pero no hay soliloquio comparable al de esa mirada, esa espalda y esas nalgas.

    • Sinceramente, creo que a mi amigo y a mí nos habría ido mucho mejor aquel día si nos hubiésemos inclinado por El Prado, como usted. En su caso, aquella visión todavía lo hace vibrar. En el nuestro, la visión de Estefanía nos hace reír.

  4. Joder con el Baudelaire de Ourense (y su familia 😉 De toda esta gran decadencia que todo lo domina, me quedo con el gesto del amigo de la Srta. Diva Calva, desde luego digno de ser escrito. Un saludo a todos/as, y hasta otro momento. AM.

  5. Ópera. Siempre me ha parecido una gran estación de metro para suicidarse. Y además, de renombre. Qué más se puede pedir.

    Abrazos, señor Tallón.

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