Cuento de maldita Navidad

Eugenio perdió a su madre el domingo, un tipo de día triste incluso para morir. Por si fuera poco, al día siguiente era Nochebuena, una jornada de corte no menos melancólico que a menudo lo hacia llorar en cama, al apagar la luz. El fallecimiento lo trastornó todo. No habría fiesta, no habría villancicos, no habría nada. El día 24 por la tarde, con el cadáver todavía humeante dentro del ataúd, en el tanatorio, Eugenio recibió un sms de su mujer, que alegando un misterioso y repentino dolor de cabeza, se había quedado en casa, viendo la televisión y bebiendo infusiones. Él creía que las cosas marchaban razonablemente bien entre ellos. En realidad, nunca pensaba si iban bien o mal, o de alguna otra manera. No era la clase de cosas en las que meditase. El matrimonio es el matrimonio, y se acabó. El mensaje era de una frialdad demoledora. María estaba cansada y quería separarse. «No vuelvas hoy por casa, es mejor», le decía antes de cerrar el mensaje con un toque francés: «au revoir». Impactado más por la frialdad y estilo oficinesco con el que María despachó la noticia que por el escenario nuevo que se abría ante él, Eugenio devolvió el teléfono al bolsillo y, para no alterar el ritmo calvo e inexpresivo del tanatorio, guardó la novedad en un recoveco silencioso de su pena. Menuda Navidad, masticó brevemente.

No quería pensar, con su madre esperando para recibir sepultura, dónde pasaría esa noche y las siguientes. Si no había pensado si existía algún tipo de crisis en su matrimonio, menos iba a reflexionar dónde echaría una cabezada el día que velaba a su madre. Lo que sobraban eran hoteles, pensó para no tener que pensar demasiado. Quizá echase de menos el pijama o la altiplanicie de su lado de la cama, pero a qué no se acostumbraba el hombre con algo de perseverancia. Primero centraría su atención en afligirse por la muerte de su madre. Tiempo habría, cuando ésta descansase en la paz del cementerio, para mortificarse a conciencia por la separación. En la vida era importante llevar un orden.

Nochebuena no era, sin embargo, el mejor día para acatar así como así la disposición natural de los hechos. En verdad, apenas conseguía concentrarse en la defunción de la madre. La conmoción ante la pereza y distancia con la que María le había trasladado la intención de separarse y de dormir sola esta noche daba paso ahora a una pesadumbre que molía al pobre marido con la eficacia de una taladradora. La broca no paraba de entrar y salir en sus sienes. No sabía bien por qué esquina empezar a afrontar las desgracias. Porque estaba ya centrado en la separación y el papeleo, pero su madre seguía estando muerta, a la espera de recibir cristiana sepultura. Por un momento –fugaz pero real– sopesó la idea de suicidarse, sin entrar a valorar por qué vía, y evitarse disgustos. Con la misma imprevisión que tanteó quitarse la vida lo descartó. Bah, menuda tontería, pensó. No se estaba tan mal a gusto vivo. La madrugada, de hecho, vino a darle la razón cuando al salir en busca de hotel se encontró a Ana, a la que hacía diez años que no veía, y ésta aceptó tomar una copa navideña. Eugenio se sorprendió a sí mismo proponiendo su propia casa como escenario para el brindis. No dudó en escribir un sms a María y advertirla de que no sólo regresaría, sino que iría acompañado. «Bonne nuit».

[Publicado en La Lamentable].

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Categorías:Literatura

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6 respuestas

  1. A eso se le llama coger el toro por los cuernos. Me ha gustado e impresionado su relato. No sólo por la inquietante recreación del paisaje mental del protagonista -con el que por motivos personales, me he sentido en cierto modo concernido-, sino por el inesperado giro de la historia o por expresiones impagables como “para no alterar el ritmo calvo e inexpresivo del tanatorio”. No dejan de ser curiosas o turbadoras estas situaciones en días clave. Una amiga mía, de hecho, perdió a ambos padres un 23 de diciembre (tanatorio el 24, entierro el 25, como en su historia) ¡con unos 15 años de diferencia! Como para ponerse a pensar quién es más puta, si la literatura o la misma vida…

    • Las tragedias y el calendario se entienden muy bien para hacer del sufrimiento algo más perfecto de lo que en general ya es. Esa historia que me cuenta produce repelús como relato. No quiero ni pensar como experiencia personal. Curiosamente, escribirlo es una medicina que alivia de ciertos dolores. Después de todo, no somos nadie. En su caso, Nadie67. Qué le voy a decir.

  2. El final es soberbio. Y tambien la cadencia del relato, permite seguir casi el ritmo cardíaco de Eugenio que, respetando ese orden que considera irrenunciable, descansa más en paz que su difunta madre, me imagino´cuando redacta el SMS en un estallido propio del final de unos fuegos de artificio. Por fin una Navidad diferente-Qué alivio.

    • Nunca hay que subestimar a un tipo desconsolado y pusilánime. En cualquier momento encuentra la disposición para ser infiel a sí mismo. Existe un tipo de perdedor sistemático que, el día menos pensado, gana la carrera y pulveriza el récord vigente.

  3. Lo impredecible está siempre al acecho, y es ello lo que nos salva de muchos hastíos.Nada más carente de atractivo que los triunfadores “por oposición”,son como los notarios, no inspiran ni la redacción de un testamento.

    • Ha tocado usted una tecla especial: los notarios. Me inspiran a desearles la ruina. Es algo irracional, pero santísimo. Ahora que comienzan a pasarlas negras muchos de ellos, yo siento un calorcito momentáneo muy agradable, como cuando te meas en los pantalones.

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