Un periodista necesita un buen peinado

Cada año por estas fechas, en el periódico en el que trabajaba hacían gala de un detalle con los redactores. Mis exjefes no tenían mucho donde caerse muertos –más allá de comprarse un Porsche de vez en cuando para mantener el prestigio de la cabecera–, así que se trataba de un detalle menor, simbólico, casi mugriento. Pero esa mierda hacía las delicias de unos periodistas no menos desesperados. A la vuelta del Día de Reyes, el secretario del director recorría la redacción haciendo entrega de un vale descuento para una peluquería. Ventajas de ser periodista, pensé la primera vez. Yo acababa de aterrizar en la profesión y cualquier cosa, por roñosa que fuese, me hacía una ilusión inmensa. De hecho, yo era completamente feliz desde el momento que supe que podías llevarte un cenicero de casa y depositarlo junto a tu ordenador, para fumar a tus anchas. Richards1En base a un código de honor, nadie te lo robaba. Tu cenicero era sagrado. Cosa distinta era despistarse del paquete de tabaco.

Cuando llegué a aquel diario aún corría la leyenda de que en los buenos tiempos, por Navidad, regalaban a los empleados un jamón, que a su vez era un donativo que a la dirección le hacía una industria cárnica con la que compartíamos polígono empresarial. Melancólicas leyendas. Aunque sin ellas quizá no sería posible alimentar el fuego de la vocación periodística. ¿Quién quiere malgastar su vida cubriendo juicios y no alardear de tener comiendo de su mano a la judicatura, por ejemplo? Lo único cierto y hermoso de esta profesión comienzan a ser las bellas anécdotas de periodistas retirados. O muertos. No importa que a veces sean falsas. Cuando algo es hermoso, y está bien contado, siempre es verdad. Digamos, pues, que las cosas habían cambiado a peor, y que ahora había que conformarse con un corte de pelo a la moda. Nunca hay que infravalorar del todo el alcance de un peinado. Nuestra historia registra, de hecho, casos de periodistas, como José Oneto, que sólo son un corte de pelo de 1979. Mi madre, hasta que cumplí treinta años, estuvo dándome la misma orden cada vez que salía de casa: «Niño, péinate». Por algo sería. Keith Richards, por su parte, sostiene que el pelo es una de esas insignificancias en las que nadie piensa, pero que cambian culturas enteras. Cuando no posees referentes claros, como me ocurría en aquellos días, estás dispuesto a dar por bueno incluso lo que dice un mamarracho como Richards.

No tenía nada que perder, de manera que me dispuse a aprovechar mi primer vale descuento para dar una vuelta de tuerca a mi imagen. Entonces todavía me peinaba con la raya a un lado, así que cuando entré en la peluquería pedí un tupé en la línea de un José Luis Rodríguez, El Puma, y unas patillas. Lo primero que me vino a la cabeza. Cuando te falta carisma, unas buenas patillas pueden rellenar ese hueco. No importa a qué te dediques ni cuánta hambre pases: la vida siempre será menos dura si tienes patillas y un viejo abrigo. Al día siguiente, cuando me presenté en la redacción calculando que causaría furor, advertí con desolación que el que no se había puesto unas mechas se había hecho una permanente. La sensación de decadencia fue instantánea. Hasta el director se había recortado las puntas. Esa tarde intuí yo los primero síntomas de la crisis actual del periodismo.

Foto: Keith Richards.

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Categorías:Bares, Música, Periodismo, Vida diaria

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21 respuestas

  1. Si es que… un ticket-regalo para el peluquero es uno de los regalos más cutres que a alguien se le puede llegar a imaginar. ¡Vaya tipejo tu exjefe! A ése, lo que le pasaba es que tenía vocación de sargento, y en lugar de haceros pasar por la peluquería del cuartel, os organizó una pelada civil. O bien, sus motivos eran simbólico-metafóricos: “os tomo el pelo y os pensais que os quiero”.

    Una frase tuya de esta entrada va directa hacia mi “Moleskine”, y de ahí al tablón de corcho que me escolta duarante las ocho horas de mi jornada:

    “Cuando algo es hermoso, y está bien contado, siempre es verdad·” .Juan Tallón

    Por eso me creo todas tus historias
    ¡Salud!

  2. Como ya dije, trabajé en un periódico muchísimos años y, además, sin ser periodista. Solo publicista. Esto me despojaba de la posibilidad de vestirme de progre; más bien todo lo contrario, tenía que ir de camisa y corbata…… Pero después de lo que dices, caigo en la cuenta de que a mí, siendo calvo como soy desde que tenía poco más de treinta años ( cosas de herencia )….., nadie pudo regalarme un vale para una peluquería ( barbería por entonces ). Bien es cierto que, para compensar – como hacen tantos – , me dejé barba, lo que me proporcionó una imagen tan parecida a otros que, constantemente me confundían. Nada mejor que ser bajito, calvo, con gafas, dejarse barba y tener la nariz un poco aquileña para que te saluden a diestro y siniestro confundiéndote con otra persona……
    Jamón recibía uno. Llegaba directamente de Hipercor. Me hacía mucha ilusión aunque me lo hubiera comprado yo el día de antes……….
    Una vez más, gracias por tu blog.

    P/S….. ” El Puma ” se llama José Luis……. Perdona la aclaración, pero es que a los que tenemos el nombre compuesto se nos descompone permanentemente….A mí, que me llamo Luis Miguel por expreso deseo de mis padres ( q.e.p.d. ), me dicen José Luis, Miguel Ángel, José Miguel…..etc…..etc….

    • Conozco la maldición de los nombres compuestos. En cuanto a El Puma, tiene razón, y procedo a la corrección. Tal vez por esa confusión mía, precisamente, aquel día mi tupé derivó en fracaso, mezcla de El Puma y José María, pero a saber qué José María. Tal vez José María Aznar. Debí conformarme con las patillas. En realidad, me habría conformado con el jamón. Un abrazo delnorte

  3. Amigo Juan, le deseo que tenga la suerte de contar en su vida con un peluquero a la altura de los grandes hombres. Un peluquero experto en la gente, que sea cuidadoso con el detalle. Que tenga una peluquería a la que usted vaya a pasar toda una mañana o una tarde sin sentir que pierde el tiempo, sino todo lo contrario. Un peluquero que le pueda hablar de música, de literatura, de la calle, un gran consejero y amigo. El día 28 de Diciembre, un accidente de moto acabó con la vida de mi peluquero, de nombre Máximo. Un hombre como su propio nombre indica. Un peluquero de ESTILO, rocker y motero, al margen de la moda. Si hubiésemos llegado a conocernos en Madrid, tal vez le hubiese preparado una visita a ese santuario del que hoy solo me quedan diez años de recuerdos imborrables. Me resulta increíble que el día en que vuelvo a conectarme, usted escriba sobre este tema. No he podido no contárselo, puesto que nos prestamos atención mutua. Teclee en el buscador de elpais.com “el artesano del tupé”. Le invito a conocerle, aunque ya sea tarde. Y hágame el favor de no adornarse nunca con mechas.

    Un abrazo

    • Colosal crónica, amigo. Me hago una idea de su desolación, pero si Máximo forma parte de la letra de una canción hay esperanza. Me apunto una frase épica: “Hoy en día parte de las estética rocker es tendencia. Te puedes ir al Mercado de Fuencarral y comprarte la ropa, incluso enterarte de las referencias musicales. Pero la actitud… la actitud no se compra”, destaca. Por eso Maxi solo atiende a clientes habituales. “Si no les conozco o no vienen de parte de algún amigo, no les cojo”. Esto es acojonante!!!

      • Así llegué yo a esa peluquería, en la periferia, de la mano de una buena amiga después de llevar diez años rapándome la cabeza por el odio que me provocaban todas las peluquerías y peluqueros por las que había pasado hasta entonces. Me acogió de un modo que cambió mi vida. Quedará no en una, sino en la letra de muchas canciones, puesto que éramos cientos de músicos (en su mayoría rockers) los que íbamos allí a cortarnos el pelo y a compartir nuestras cabezas. Siempre había una guitarra acústica y un amplificador para quien quisiera tocar un rato. Quedará en las dos últimas páginas de mi primera novela, en la que se narra una visita a la peluquería de Maxi. Quedará en la grabación del blues que le dedicaron “a capella” sus amigos íntimos en el cementerio (The Wanderer, de Dion & the belmonts) antes de que uno gritase “Va por ti, Maxi”. Quedará en algunos otros libros y revistas en las que volcaron su admiración otros amigos y clientes. Quedará y será difundido por todos los que sufrimos esta gran pérdida, porque es lo que nos queda para distinguir algo que fue real de un sueño.

        Un abrazo

  4. La madre de sus jefes bastante faena tendría con parirlos. Me apunto a la hipótesis de la tomadura de pelo delegada, si bien creo que les estoy concediendo demasiadas luces, para las que acostumbran a mostrar. Debió seguir e ejemplo de los de la permanente, al menos el descuento era más consistente.
    No sabe usted bien la que tenemos las madres con el arreglo capilar de nuestros hijos, a uno de los míos, con dieciséis primaveras, un tío suyo le recetó un corte como tratamiento para la hernia de hiato.Han pasado bastantes y todavía la sufre, y yosigo repitieno mi mantra
    Esperemos dar con un peluquero tan maravilloso como Máximo, eo si que es un privilegio por el que incluso estria dispuesta a sobrellevar las greñas de mi terco churumbel.

    Estoy segura de que usted ha llegado a escribir tan bien desde que se quitó el tupé y las patillas.Todo

    escritor necesit un buen corte de pelo. Suscribo con “pobrecito hablador” que doy por verdaderos todos sus textos. Un saludo

    • Abandone toda esperanza con su hijo. Tendrá la teoría de que su pelo es lo más valioso que tiene, y por tanto malgastará ese capital como desee. Recuerdo el día que decidí raparte al cero el pelo, sin comentarlo en casa. Tendría 15 años. No le cuento los gritos de mi padre. Que quién era yo para cortarme el pelo así, sin consultarlo. Hasta eso me dijo. Naturalmente, para joderlo, me dejé crecer las melenas más horribles posibles. No me las corté hasta acabar la carrera. Yo sólo tenía mi pelo y mi cerrazón. Y una licenciatura que sólo sirve para darle patadas de vez en cuando, como a esas latas de coca-cola que de vez en cuando me encuentro tiradas. Me apasiona patearlas hasta que llego a mi destino. Pero estoy divagando. Deje en paz el pelo de su hijo o lo volverá contra usted. Aunque una cosa le digo: me gustaría ver la cara de la criatura cuando descubriese que usted le ha cortado las greñas de madrugada. Soy un cabrón.

  5. Bueno, un cabrón con pintas…¿sabe que no me disgusta la idea? Siempre puedo alegar que soñaba que soñaba que estaba trasquilando al perro

  6. Joder, a mí nunca me dieron un descuento de esos, por eso me lo corto yo misma (y me apodo Diva Calva). No hay mal que por bien no venga. Yo quise raparme cuando vi ‘Traispotting’, pero mi madre me dijo que así ya parecería lesbiana definitivamente. Ese definitivamente me dejó pensando.

  7. ¿Y llegó a ver el jamón alguna vez? Porque la Coren sigue estando en el mismo sitio, ¿no?

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