«¿No me tomarás por puta?»

Las cosas que son lo que parecen se vuelven un coñazo. Esta es una verdad que no necesita demostración. Nunca hay nada detrás de ellas. Todo se ofrece por delante. No habría manera de escribir una novela negra decente con este material. Si lo entendemos todo desde el principio, es que no hay nada que entender. La vida gana interés porque a menudo va de otra cosa, no de la que creíamos. Los hechos se vuelven atractivos a medida que prometen algo y lo incumplen. Jim Thompson, el novelista de los perdedores y los sociópatas, sostenía que «hay 32 maneras de escribir una historia y yo las he usado todas, pero sólo hay una trama: las cosas no son como parecen».

Mi padre contaba a menudo la historia de Domingo, un vecino del pueblo. Era de esa clase de hombre que necesitaba sólo una copita por la mañana, para tener sensación de amanecer, y ya era feliz. A partir de ahí, improvisaba. En una de las raras veces que salía del pueblo, bajó a Verín. Tenía varios recados que hacer, pero la primera parada fue para dar cuenta de tres raciones de pulpo. En nuestra cultura el pulpo no tiene tanto que ver con comer, como con rezar. Es espiritual. Después de las oraciones, se dirigió a la ferretería. Era día de feria y había mucha gente. Dioses de la pesteSe entretuvo observando las evoluciones de un loro que se movía por el comercio, a su aire. Esta circunstancia lo puso muy nervioso. Nunca había visto nada parecido.

Esperó intranquilo su turno mientras el loro no dejaba de revolotear. Aquí, allí, por el mostrador, sobre la caja registradora, en una estantería. En un momento dado, se detuvo a lado de Domingo y lo miró fijamente, de tú a tú. Dominado por una extraña necesidad de defensa, mi vecino se quitó la gorra de la cabeza y se abalanzó sobre él, cubriéndolo. Su gesto enmudeció la ferretería. «Qué haces, cabrón», exclamó el loro de pronto. Domingo tuvo la sensación automática de haber cometido un error terrible, imperdonable. Retiró la gorra y se dirigió, aturdido, al loro: «Perdone, pensé que era un pájaro».

La vida gana intensidad y belleza a medida que te decepcionan las ideas firmes. Fabio Morábito suele decir que cuando un escritor  tiene un plan y no se sale de él, desconfía. «Lo siento sospechoso de ser un pésimo escritor». En el fondo, comparte la idea de Thompson: hay que salirse de las apariencias. Hace unos quince años salí con Josito un viernes por la noche. Aquella salida no prometía nada bueno, pero las cosas iban a confundirse, por suerte. Fue una de esas noches que no vas a salir porque presientes el fracaso, porque estás calentito en el sofá, porque total ya te has hecho dos pajas, pero al final sales. Como cada vez que bebíamos licor café, todo se enturbió. Nos cayó la borrachera. A las ocho de la mañana, Josito ordenó: «Vamos al Sheraton». Yo nunca había pisado un puticlub, y expresé mis dudas. Apenas nos teníamos en pie, así que nos metimos en el coche y arrancamos. En la vida sólo cuenta la actitud. Cuando llegamos, mi socio saltó con el coche aún en movimiento, para mear contra una pared.

Entretanto, yo me encontré con una mujer en la puerta. Me pareció mayor, seria, carente de oficio. Estaba lejos de ser mi tipo, aunque yo nunca había tenido tipo, ni categoría, ni nada. Como no percibí el menor entusiasmo por su parte, procuré un circunloquio, para conmoverla. Le confesé que era mi primera vez y que no estaba muy seguro de lo que hacía. «No ha pasado todavía un mes desde que me abandonó mi novia», me sinceré. Tardé en advertir que aquella señora agradecería un estilo más directo. Cuando quería escuchar penurias seguramente leía Guerra y paz. Estábamos perdiendo un tiempo precioso. «¿Qué, subimos?», propuse. Me devolvió una cara de asco como nunca he visto. Su respuesta fue tan seca, que di un paso atrás. «¿Tú no me tomarás por puta, verdad?» Balbucí algo muy confuso. «¿Pero no ves que soy la de la limpieza?», entonó con cierta clemencia. En efecto, en ese momento reparé en que vestía una bata azul. Todo parecía, de pronto, otra cosa. Cuando me volví hacia Josito, éste vomitaba en las ruedas del coche. Era la señal que buscaba para convencerme de subir al vehículo y huir.

Foto: Dioses de la peste (1969), de Rainer Werner Fassbinder.

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Categorías:Bares, Literatura, Vida diaria

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22 respuestas

  1. Esto debe ser como pedir media docena de preservativos y cuarto y mitad de juguetitos eróticos en la panadería de la esquina de tu casa, donde te conocen desde que te sorbías los mocos -o en su defecto, desde que tu madre te compraba la ropa interior, que nunca era monocroma-, a primera hora de la mañana, bien perjudicado/a de a saber qué sustancia/s tóxica/s.

    Y al cabo de unas horas no recordar nada, por supuesto.

    (Tú no, pero sí la panadera de toda la vida, y además medio barrio).

  2. Ahora veo más claramente hasta que punto le perjudica el licor café. Más le hubiese valido entonarse previamente con un par de raciones de pulpo y recitarle a la señora de la historia el poema de Parménides, por ejemplo. Hay que rconocer que tuvo templanza la mujer, con su guardapolvos, y nunca mejor dicho, que usted en su delirio etílico debió confundir con un marabú…¡Que cabrón, echando mano del sucio recurso de la novia traidora, como si a las pobres putas no les bastara con cargar con las vomitonas de los clientes de amaneceres descolgados. Me la imagino contándole a su Manolo, no sin
    ciertotonillo triunfante,y naturalmente omitiendo lo que mermase glamour a la historia, o sea, casi todo, que un cliente la había abordado embelesado por su distinguida presencia…Sólo faltaba el loro de Verín,
    que como en el cuento de las monjas receptoras del mismo, se encuentra con la congregación, el capellán y el obispo y suelta”Paredes nuevas, putas nuevas..¿Quúe tal D.José, como le va su Ilustrísima?. Me trae a la memoria una historia que… Pero usted es el escritor Tallón. Y cuenta tan bién, que efectivamente sorprende siempre y una se lo cree como los axiomas. Siempre gracias.

  3. Impresionante el relato de Domingo con el loro. Me ha encantado la definición del ser -perdóneme la pedantería, ahora que escribo sin las gafas de escribir- que encierra la historia, pulpo incluido. También me ha encantado -extasiado sería la palabra- la imagen de Hanna Schygulla, uno de mis iconos femeninos -para qué negarlo, el icono-. “Götter der Pest”, fue casualmente la primera película de Fassbinder que vi en mi vida, y además, a diferencia del resto, en el cine. Comprenderá mi emoción. Por último, no sea tan cruel consigo mismo. Imagínese que en vez de espetar a la señora de la limpieza, le hubiera dado por hacerlo a una policía municipal en plena redada. ¿Qué no se lo cree? Uno también tiene amigos que cuando beben empiezan a ver volar elefantes -y putas y policías- de colores…

    • Ah, no sé qué habría dado por una experiencia así. A mi visita le faltó la épica que sí le habría dado una policía. Habría acabado en comisaría, y allí hubiese hermoso vomitar. Mejor, desde luego, que hacerlo en mi habitación. Me permití no relatarles las últimas y patéticas horas de aquel día. Un buen final siempre se anticipa, acaba antes de tiempo.

  4. Maese Nadie, entre un poli y una panadera, casi que mejor una panadera.

    (Aunque al minuto siguiente conozca su estado catatónico medio barrio)

  5. ¿Cuál es la enseñanza que destila esta bonita experiencia? Que a según que sitios hay que ir antes, mucho antes. Y así la noche pinta mejor, mucho mejor.

  6. J.T. dixit: “Mi problema siempre han sido las compañías. Las malas compañías. En realidad, los inútiles. No he sabido rodearme de fulanos más espabilados que yo.” Oigaaaaaaaaaa… que esto suena muy muy feo… que estoy empezando a darme por aludida…

    (Claro que, por otro lado, eso de convertirme en “mala compañía” me da un aire marquesdebradominesco que me está empezando a gustar muchomuchomucho)

    • Mis malas compañías son las que me emborrachan, o me hacen tomar las decisiones más erráticas cuando no estamos borrachos. Mis malas compañías pueden quemar un coche, que bien puede ser el mío. Usted no debe darse por aludida. No. Ni hablar.

  7. Si es que no aprende usted, la enseñanza es: si ya te has hecho dos pajas, ¿para qué salir? Ni a ver la Giralda, vaya!

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