Por qué no soy del Real Madrid

Mi aversión por el Real Madrid se remonta a 1984. Es el año que mueren Cortázar, Truman Capote, Truffaut. Para compensar, supongo, nacen Iniesta y Scarlett Johansson. También es el año que Amancio Amaro se hace cargo del banquillo del Real Madrid, que se concentra durante la pretemporada en Cabeza de Manzaneda. El nuevo entrenador desea aprovechar que en la estación de esquí ourensana no suele haber nieve para esquiar ni en agosto… ni nunca. Yo tenía nueve años, y lo único que me interesaba del Real Madrid era Arconada, que por otra parte, era el portero de la Real Sociedad. Creo que se me entiende: el madridismo me producía ignorancia y distracción. Pero, momentáneamente, no hostilidad. Yo sólo era un tipo con mocos que intentaba dejar atrás la amargura de la primera comunión, para la que me habían disfrazado de Ranger Texas. Pero era mejor recorrer cien kilómetros y acudir desganado a Cabeza de Manzaneda, claramente, que ir con mi abuela Rosa al santuario de los Milagros, al que estaba ofrecido porque dos años antes no me había muerto de una meningitis. Mi vecino Alfonso, muy madridista y muy ocioso siempre, reclutó para el viaje a mi padre, que era del Atlético de Madrid, y al señor Andaga, que no sé que era. Seguramente nada, pero tenía carné de conducir y un viejo Land Rover. No encontramos a nadie más dispuesto a afrontar aquella travesía incierta. Tal vez nosotros éramos los únicos que no teníamos nada que Juanitoperder. Ya éramos más, en cualquier caso, que las tres almas que acompañaron en su día los restos mortales de Leibniz.

Mi madre me compró para la ocasión un pantalón verde y un jersey amarillo, que me hacían visible desde varios kilómetros. Lamentablemente, cuando llevábamos media hora de viaje vomité sobre los pantalones. No fue la única vez ese día. Media hora en un Land Rover equivalía a cinco horas en un turismo normal. Aquel vehículo tenía todas las incomodidades. Pero acaso eso fuese una cosa buena. Recuerdo que Henry Miller, el primer novelista al que le oí hablar de coños y pollas como si nada, aseguraba que trabajar incómodo era de gran utilidad para la imaginación.

Todo en aquella odisea infernal, que me descubrió carreteras con ángulos imposibles, transcurrió entre curvas y mareos. También recuerdo a Alfonso rezar sin parar que ese año el equipo arrasaría en la Liga. «Qué delantera», decía admirado, y recitaba: «Juanito, Santillana, Pineda, Isidro, Butragueño, Valdano, Ito y Cholo». Al poco, atacaba por otro frente: «Qué centro del campo». Y le salían de carrerilla los nombres de Ángel, Gallego, Lozano, Bernardo, Sanchís, Michel y Martín Vázquez. No recuerdo que hiciese mención a la defensa, tal vez porque ahí jugaban tipos como San José y Chendo, que ya apuntaba maneras de delegado, que a la postre es alguien que pinta más fuera que dentro del campo. Mi padre se mantenía en un silencio equidistante, hasta que salió el tema de Amancio. No lo soportaba desde los tiempos de jugador. En su teoría –la teoría de mi padre– Amancio arrastraba cierta promesa de infelicidad.

Cuando llegas a Cabeza de Manzaneda en agosto lo primero que adviertes es que, en realidad, allí arriba todo se está afinando para diciembre. El frío era perfecto y hostil. Siempre he entendido a las personas que consagran su vida a evitar las corrientes de aire. El frío no es algo que merezca demasiado la pena, ni siquiera en una novela. La primera pregunta, cuando descendimos del Land Rover y sentí qué poco abrigaba el color amarillo, fue: «¿Cuándo nos vamos?» Todos se echaron a reír y comprendí que quizás me interesase engañarme a mí mismo y creer que todo era emocionante, bello y acogedor, como el color blanco.

La concentración del Real Madrid en altura había convertido la estación en un centro de peregrinación. No paraban de llegar autobuses de toda Galicia. Niños como yo, con pantalones limpios, disfrutaban del día más feliz de sus vidas y levitaban mientras veían estirar a los jugadores en el medio del campo. Nosotros nos tragamos un entrenamiento entero, durante el que se me congelaron varias veces los pies. En un lance del juego, cuando el balón salió por la banda, pasó a mi lado un tipo alto, de pelo largo, barbudo, que me dirigió un «¿Qué pasa, chaval?», después de escupir de maravilla muy cerca de mis pies. Me encogí de hombros, deseoso sólo de irme a casa, y cuando se alejó le pregunté a mi padre quién era ese jugador tan marrano. «Juan José. Un carnicero digno heredero de Goyo Benito». Naturalmente, tampoco sabía quién era Goyo Benito. Con el tiempo, recopilé alguna información. Así averigüé que en una ocasión, en medio de un partido contra el Sevilla, su compañero Pirri, conocedor del peligro del delantero Biri Biri, le dijo cuando pasaban junto a él: «Goyo, dale fuerte, que al ser negro no se le ven los hematomas». En la segunda mitad, Biri Biri se acercó a Goyo y le rogó: «Señor Benito, por favor, no me pegue más».

Mis primeras fotografías, al finalizar la suave, casi estética sesión de entrenamiento matinal, fueron con Uli Stielike y Butragueño. Me impresionó el defensa alemán, por su bigote. En ese bigote iba a escupir Juanito, con el que también me retraté, dos años después, cuando Stielike ya jugaba en el Neuchâtel suizo y se enfrentó al Madrid en una eliminatoria de la UEFA. Fue un gran momento, para el escupitajo. Al malagueño ni siquiera lo sancionaron. «Se le dio mucha transcendencia al incidente. La mierda hay que olvidarla enseguida. No me parece justo remover un asunto que pasó hace dos días», alegó Juanito cuando le preguntaron, de cara a calentar el partido de vuelta.

La ronda de fotos y autógrafos continuó con Santillana, Isidro, Valdano, Camacho, Sanchís, Michel, Amancio, Miguel Ángel. No sé cuantos más. A medida que salían del campo, mi padre me decía «ponte ahí», y me inmortalizaba con aquellas glorias a las que yo, por iniciativa, no les habría pedido ni un vaso de agua. Más tarde, supe que se declararon muy incómodos en Cabeza de Manzaneda. No habían leído a Henry Miller, supongo. Se quejaban de que las camas eran pequeñas. Nunca he sabido qué hacer con aquellos autógrafos, tal vez por eso aún no he sabido tirarlos, ni encontrado mejor sitio para guardarlos que el cajón de los calzoncillos limpios. Me hacen pensar en Azorín, cuando un día se decidió a recoger los restos de Larra en el cementerio de San Nicolás, y se quedó con un botón de su levita, por si algún día servía para algo.

Cuando los jugadores se fueron al hotel, nosotros nos subimos de nuevo al Land Rover. Estábamos hambrientos y nos detuvimos a comer en Trives. Al poco de incorporarnos a la carretera, vomité en los zapatos de Alfonso, que había retomado sus oraciones: «Qué portería: Miguel Ángel, Agustín y Ochotorena». A aquellas alturas ya se había forjado una distancia insalvable entre el Real Madrid y yo. No estábamos predestinados. Lo intentamos, pero el frío y las curvas nos empujaron en direcciones opuestas.

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Categorías:Fútbol, Vida diaria

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23 respuestas

  1. No siento el menor aprecio por el Real Madrid, e incluso trato de inculcárle este desdén a mi perro´que prefiere a Leibniz y por supuesto a Escarlett Yohansson con la que por cierto, Woody Allen justifica el mejor de los mundos posibles..

    En cuanto al tal Amancio lo recuerdo como un tipo chulesco y paleto, vamos, como los futbolistas al uso de entonces y de ahora.

    Así que comprendo que su odisea en Manzaned debió marcar su infancia además e sus pantalones amarillos. Tampoco siento gran aprecio por Manzaneda, l verdad. Prefiero perdrme po Santa Cristina
    o por los montes de Penagache, o por las torrenteras del Arenteiro. Pero el fúbol es la religión oficial
    y toda peregrinación lleva su crud adherida. Le sugiero que guarde los autógrafos como escupideras
    nomancille los calzoncillos limpios. Un abrazo

    • A lo tonto a lo tonto, me ha dado usted consejos importantes, que alguien inestable como yo es capaz de no aprovechar bien. Pero sí, creo que sería conveniente alejar esos autógrafos de la zona de calzoncillos. ¿Qué tal el cajón de las cartas de la adolescencia?

      • A lo tonto se me ocurre que quizás guarde algún boletín de notas de la EGB, firmado por aquel fraile
        de los coscorrones. Puede retitularlo como residuos orgánicos. Las cartas de la adolescencia debe preservarlas libres de profanación, imagínese que un descendiente suyo las rescata para hacer fortuna con ellas. Ya sabe ue es un tributo a pagar por cualquier escritor célebre

  2. O teu acaído texto levoume a recordar e traer aquí vicariamente a anécdota dun grande amigo meu, unha escea que o levou sendo só un neno a convertirse de inmediato nun renegado do Real Madrid, é máis, en anti-madridista. Ocorreu cando moi pequeno o levaron un domingo dende Taboada a Pontevedra, á capital, para que vise xogar ao seu entón admirado Madrid, que ía baterse nun encontro de liga co mítico Hai que Roelo -daquela militaba na primeira división-. Alí chegou o Pepe moi ufano ca súa visera perfectamente branca lucindo o escudo madridista. Xa no partido, nun lance do xogo, non recordo se celebrando Pepe un gol merengue ou berrándolle ao árbitro, virouse unha vella que tiña diante e, visiblemente molesta, supoño que por ver a un mocoso do país que defendía aos todopoderosos chegados de fóra, quitóulle o pucho branquísimo dun tirón e no mesmo movemento rapidamente executado sacudiulle con el na testa (non me lembro, pero creo que acompañando o xesto de algún comentario forte). Ben, Pepe viu a luz; non sei se polo golpe, se humillado definitivamente ou recoñecéndose o traidor que a vella sinalaba, decidiu alí mesmo non volver ser do Madrid. E até hoxe.

    • Esa é unha desconversión, como se caese do cabalo. O procedemento é semellante: conflito, caída, hostia. O caso de Pepe foi un atragoamento,e o meu unha intensa sensación de mareo, seguida dun vómito. Pero hai aínda un patrón común máis relevante: a infancia. Todo se coce aí. Todo se fode aí. Todos nos salvamos ou nos condenamos aí. Cando sexas novo, amigo Hector, ten coidado. Unha gran aperta.

      • Estoume preparando a fondo para -cando chegue o momento- estragalo a conciencia. Diría que está escrito, pero soa a chanza…. Apertas de volta

  3. Pues yo odio el fúngos, todo el fúngos, con el estómago, las tripas, las uñas, la mente y hasta los omóplatos.

    Que ya es odiar…

  4. Preciosa peregrinación iniciática. En ocasiones no sabe uno como, de soslayo, le perfilan el carácter tan decididamente. Creo que todos, de pequeños, deberíamos emprender una así para desmitificar ese nefasto mundo del fútbol-espectáculo. Bueno, yo con lo del fútbol soy lapidario.
    Otra cosa es lo del atuendo. Se nota que dejó huella en ud. Yo no suelo recordar lo que vestía a tan corta edad.

    Un saludo,
    ma

  5. De 10, Xoan! No digo más que sería repetirme!!

  6. A diferencia de otros de sus lectores, amigo Tallón, yo nunca he podido sustraerme a esa fiebre enfermiza llamada fútbol (en mi caso, como en el de su padre, de matices colchoneros). Permítame que le deje un enlace al respecto del tema, que no le dejará indiferente. Un cordial saludo: http://xn--20aosnoesnada-kkb.blogspot.com.es/search?q=nadie+atacado

  7. Coincido con Usted en que las malas experiencias marcan los colores de tu equipo de fútbol o, al menos, los que nunca vestirás.

    No me tome demasiado en serio. Soy mujer y del Real Madrid. ¿Por qué?

    En mi casa, no había nunca mucha afición por el fútbol. Mi padre era el único que veía algún partido y solía ir con “el más débil”. Es lo que tiene vivir rodeado de cuatro mujeres. Sólo la selección conseguía sacarnos de nuestras labores y compartir con él esos 90 (interminables) minutos. Siempre he pensado que a las mujeres no nos gusta el fútbol. Fingimos que nos gusta para agradar a nuestro padre, novio o marido.

    Esto fue así hasta que yo me enamoré de un hincha rojiblanco que tuvo la genial idea de invitarme, el día de Reyes de hace unos años, a ver el choque copero entre el Atlético de Madrid y el Barcelona FC en el Calderón. Regalo que lógicamente era más para él que para mí. Pero que acepte, dando saltos y palmaditas, como si se tratará de un bolso de Loewe.

    Tuve que haberme negado. No sé puede imaginar el frío que pasé aquel 5 de enero. Me castañeteaban los dientes, me lloraban los ojos y tenía los pezones tan duros que sentía unos tremendos pinchazos. Pinchazos que, como soy un poco hipocondríaca y las tetas dios me las puso tan cerca del corazón, confundí con los síntomas previos a un infarto de miocardio. Reconozco, con vergüenza, que pensé en robarle la manta a un minusválido en silla de ruedas que teníamos delante de nosotros. Sabía que no podía perseguirme y se trataba de una cuestión de supervivencia. Me abstuve y continué viendo el partido estoicamente.

    Al llegar a casa, decidí “convertirme” al Real Madrid, entender qué es un fuera de juego, aprenderme la plantilla y no saltarme un partido. No me arrepiento. Me ha permitido pasar grandes ratos y hacer una de las cosas que más me gusta: discutir con mi novio. Ya le dije que no me tomará demasiado en serio.

    Siento haberme enrollado como las persianas. Ya freno. Muchas gracias por el blog. Es extraordinario.

    • Para discutir a diario con mi novia a mí me bastó irme a vivir con ella. Ni siquiera me deja ver el fútbol, así que discutimos por el Telediario. El día menos pensado, por sorpresa, me compro un perro y gano la guerra. Gracias por seguirme.

  8. El fútbol no me provoca, pero sus admiradores sí, muchas, muchas veces están más buenos que los futbolistas y la gente casi ni les mira, ahí, tan entregados… siempre quise tener un novio así de entregado conmigo, pero curiosamente a ninguna de mis parejas les gustó nunca el deporte, debí de tomarlo como una señal, así me va…

    • Las gradas son una fuente de inspiración. Yo empecé en periodismo en deportes, y cuando iba al estadio de fútbol de Ourense, jamás hice una mención a nada que ocurriese en el terreno de juego. El fútbol está fuera, en las gradas.

      • A mi me ofrecieron deportes, pero dije: ‘prefiero economía’, y fueron las palabras mágicas, porque ningún becario prefiere nunca economía, esta debe estar lo suficientemente loca, pensarían, y no tuve que aprenderme ninguna equipación ni pasé por trauma parecido al de seguir un domingo por la tarde a un equipo de segunda. En algunas cosas sí soy un as.

  9. Amigo Tallón, estoy de acuerdo con todo lo que ha dicho, pero en mi caso ha sido al revés, por qué no soy del Barcelona.
    Mi historia se remonta a mis épocas de la infancia cuando en esa época, lo reconozco, era del FC Barcelona. Mi padre, el cual es seguidor del Real Madrid, no le gustaba que yo fuese del Barcelona por el hecho de este equipo, para él, era escoria. Recuerdo la anécdota que cambio mi vida futbolística, mi padre se empeñó en planchar la ropa, con la mala suerte de que “dejo la plancha encima de mi camiseta” de Rivaldo que tenía el número 10. Cuando vio la camiseta inmediatamente la tiro al suelo diciendo que no valía ni para limpiar el suelo.
    A raíz de este acontecimiento me hice seguidor del Real Madrid y tengo que decir a favor de mi padre, que fue el día que hizo algo bien en las tareas del hogar.

    • Los caminos del señor son inescrutables. En cualquier momento, se nos abren los ojos. Aunque sea necesario vomitar. O provocar una calamidad casera. Ahora sólo necesita usted seguir evolucionando hacia el Atlético. Ni siquiera tiene que cambiar de ciudad. Suerte.

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