Camarero, lo de siempre

Hay muchos tipos de fracaso, pero ninguno peor que ese que nadie diría, excepto tú, que es en realidad un fracaso. Me pasó otra vez anoche, cuando me acerqué al bar a ver el fútbol, me acodé en la barra oscuramente, como si me acomodase para deprimirme, y le pedí al camarero lo de siempre. «Rosendo, lo de siempre», dije con laconismo. No me gusta dar discursos en los bares. Entretanto, consulté el teléfono, para confirmar que Pedro J. Ramírez seguía sin llamarme. «¿Y qué es lo de siempre?», me dijo el camarero de pronto, en mitad de mi maniobra. Levanté la cabeza del teléfono, atónito, y lo miré pasar el trapo por el mesado. Hijo de perra, pensé suavemente. Llámenme delicado, o gilipollas, pero en ese instante se me cayó el mundo encima. Entero, incluyendo a Falete. Sentí muy adentro el desengaño, y muy caliente, como cuando te acuchillan de maravilla hasta el mango. Me acosó cierto vértigo, un hormigueo, no sé. Cuando tu camarero, ese fulano que te da de beber desde hace un año, día tras día, mañana, tarde, noche, no sabe de memoria qué necesitas mirándote a la cara, es la señal. Es el fracaso. Está aquí. Ya sabes, al fin, que eres un mierda. Tienes la prueba, digamos. Los papeles de Bárcenas. En el fondo, esa ignorancia en que incurre tu camarero significa que has sido abandonado a tu suerte. Los asesinosNadie te demuestra mejor su amor como cuando adivina tu voluntad. Tu canción preferida, tu escritor, tu gol, tus calzoncillos de la suerte, tu cubata. Esto debería servirte para confirmar que estás solo, a la deriva. Ya no te quiere ni tu camarero, hostia.

No he respetado menos a mis camareros que a mis padres. Ellos te hidratan, te cobran, te sujetan a menudo la cabeza cuando vomitas, cosa que rara vez hará tu madre. Te guardan las llaves, te avisan de que la grúa se lleva tu coche. También te pasan los recados. Hace veinte años tuve una novia que me dejó a los cinco días, y lo hizo a través del camarero del bar del instituto. «Oye, amigo –ni siquiera sabía mi nombre–, que me ha dicho Rocío que te diga que corta». Naturalmente, cosas así no suceden en balde. De un modo anochecido, interpuesto, los camareros son tus padres, tal vez en el sentido que tus padres son los Reyes Magos.

No sé cuánto le debo a los barmans que me han atendido en estos largos años. Todos juntos, sospecho, podrían escribir tu biografía. Atesoran tu memoria, esa que tu has perdido a medida que te han ido dando de beber. Gracias a ellas sabes, muchas veces, que ayer tuviste una noche memorable. Ellos te lo han contado, se lo han inventado para ti. Y tú les crees, porque son esa clase de gente que lo recuerda todo, también lo que no sucede. Mienten a tu medida, y esa mentira, que después de todo te sienta como una corbata, te hace más fuerte. En cierto sentido, es como cuando John Lambie, aquel entrenador escocés que dirigía al Patrick Thistle FC, hizo seguir jugando a un delantero que sufría una pérdida de conocimiento, después de un choque con un rival. El médico que lo atendía advirtió al entrenador de que el jugador no recordaba ni quién era. «Perfecto. Dile que es Pelé y mándalo al centro del campo», ordenó Lambie.

Foto: The killers (1946), Robert Siodmak.

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Categorías:Bares, Fútbol, Periodismo, Vida diaria

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40 respuestas

  1. Siento nostalgia por los cafés de Buenos Aires. Y hasta por los mozos de La Giralda en la calle Corrientes, el centro del universo. Esos mozos no eran (son) nada amables pero sabían (saben) que me gusta el café con leche con más leche que café. En Berlín, donde vivo ahora, los mozos no tienen memoria, te miran siempre como si jamás te hubiesen visto.

  2. Siento nostalgia por los cafés de Buenos Aires. Y hasta por los mozos de La Giralda, en la calle Corrientes, el centro del universo. Esos mozos sabían (saben) que me gustaba (me gusta) el café con leche con más leche que café. En Berlín , donde vivo ahora, los mozos no tienen memoria. Siempre me miran como sí jamás me hubiesen visto.

  3. Si, claro que puede. Pobres mis padres. Que bueno que ni se lo imaginan.

  4. Enhorabuena Sr. Tallón. Un afortunado descubrimiento sus escritos, ahora ‘me los bebo’… Por cierto, llegué hasta aquí a través de Jabois, otro crack. Un cordial saludo.

  5. Yo, sin embargo, tengo problemas con eso de ‘lo de siempre’ aquí, en el sur, porque en cuanto desayuno dos veces un bocata de tortilla, pues nada, que el camarero me dice: hoy tortilla, ¿no? y yo le digo que no, sólo por llevar la contraria y también, un poco, por miedo al colesterol del malo, y ahí es dónde viene el problema, porque un no significa empezar a dar explicaciones, ¿hoy no?, ¿y eso?, que mira que está muy buena, que hoy le ha salido a la abuela que sabe a ángeles, ¿miedo a engordar o qué?, ¿anoche hubo farra y no tienes cuerpo?, ¿o es que estamos a fin de mes y sólo te da para el aceite? Hágame caso, una decisión audaz mantenida dos días puede convertirse en una losa eterna con un camarero con memoria, como el que sale dos veces con la misma chica y ya como que se siente presionado para llegar al altar, pues no es eso. Con ciertos camareros es mejor no darse confianzas.

    • En realidad, quien tiene problemas con “lo de siempre” no es usted, sino su camarero. Es él quien debe adivinar. Si no adivina, no la conoce, y si no la conoce llegará un día que usted estará vomitando en el baño, él oirá sus arcadas, y en lugar de correr en su socorro, hará algún comentario ante el resto de la clientela. Cambie de camarero. Busque uno que la ame, enróllese con él si es necesario. Al día siguiente dios dirá. Y como si no dice nada.

      • Esto me suena, hubo una vez un hombre que adivinaba mis necesidades, y me casé con él, el problema es que de ese modo, una tiene que ser siempre la misma, no puede cambiar de parecer de un día para otro, qué sé yo, pasar de la media integral con aceite al bocata de cochinito con queso y luego, al paté, porque sí, y pretender que ese cambio sea percibido de inmediato sin tener siquiera que pronunciarse. Al final me tuve que divorciar, ya ve usted para qué sirven las bolas de cristal… y encima, los camareros todo el día desconcertados con una…

      • Veamos. Si se divorció, no le fue tan mal. Imagine que sigue en aquel infierno.

      • Me quejo sólo porque ningun amigo ni amiga se ha ido aún por ahí de farra conmigo para celebrarlo, todos me ponen cara de perro pachón, que estas cosas la hacen dudara una y piensa: ¿me habré equivocado?, en lugar de pensar: me deshice del maricón que quita la ilusión (esa expresión se la he robado a la Aller).

      • Oiga, oiga, eso es intolerable. Compre amigos nuevos. Hoy existen páginas de intercambio, esos que le fallan a usted a lo mejor le sirven a otro, y en cambio, esos que no quieren los de acullá, le resuelven la papeleta a usted. La vida va de quitar y poner, una variante más del meter y sacar. Con perdón.

      • Por cierto, no sé si lo sabe, pero en el infierno se está muy calentito.

      • Sí, el infierno es la gloria. He comprado un terrenito con un riachuelo, para los sofocos.

  6. En mi larga trayectoria por los bares, sólo recuerdo una vez en que me traicionó el camarero. Fue en Bilbao. Pedi una caña, y el individuo me plantó una sin alcohol sin rubor alguno. No sé qué cara me vería. Le reprendí la ofensa, y el que se ofendió fue él por dudar de su palabra. Su hijo, en la siguiente caña, me hizo descuento. Para que vea, querido Tallón, los errores de un camarero son compensados por otro. Perdoné la falta porque tenían una tortilla de esas que no se salta un gitano.
    Los camareros de bar (que no los de pub o discoteca) son patrimonio de nuestra humanidad.

    • Usted recibió una ofensa muy gorda. Pero muy gorda. Digna que exigir una satisfacción. Hace dos siglos esa faltada hubiese tenido otro final. No sé hasta qué punto el hijo subsanó la cagada del padre. Un descuento no compensa un insulto. Aunque lo amortigua. Esos camareros de los que usted habla, esos que uno tiene la sospecha de que duermen en el bar, y que el domingo cuando cierran, o el lunes, son las personas más infelices del mundo, y no les importaría suicidarse hasta que llegue la hora de abrir al día siguiente, en efecto merecerían ser reconocidos por la UNESCO.

      • Me entraron ganas de decirle “¿me está usté diciendo que no soy capaz de distinguir una cerveza de un caldo sin alcohol?”. Pero con los de Bilbao hay que andar con cuidado. Un bar próximo a San Mamés puede esconder pasamontañas. Y lo que no son pasamontañas. Incluso en un bar, cabe ser prudente.

      • En eso tiene razón, mire. La cerveza está bien, pero conviene estar vivo para disfrutarla.

      • Perdón por la intromisión (y doble además: en la conversación y en la mitomanía cervecística).

        Háganse a la idea de una reunión de pirados anónimos, véanme subir las escaleras, dirigirme al resto de congregados y espetarles:

        – Me llamo M.T. y sólo tomo cerveza sin alcohol.

        Y ellos: te queremos, M.T.!!!

        (Ustedes no, claro)

        (No me quieren, quiero decir)

        (Y ahora, además, viene cuando me echan de este grupo de blogdejuantallonadictos)

        (Y con razón)

      • A usted la defiendo yo. Para apreciar esa cerveza hay que tener un paladar muy educado. Y yo a la gente con educación le hago un altar. Va siendo menos cada vez.

      • A dónde vamos? Usted habla idiomas, para echarme una mano? Lo primero es cruzar un océano. O dos. En Australia seguro que nos aprecian. Y si no, a San Francisco. Hay un par de bosques que quiero visitar.

      • Me aburría y he hecho algunos cambios. También en mi biografía. Pero lo principal era ponernos otras jetas. Salimos ganando todos.

  7. Algunos son ciertamente verdaderos ángeles. Una recuerda con nostalgia al barman de la cafetería Tirl en Alberto Aguilera. Peces, se llamaba, y hacía unos combinados que eran la bomba. Nos mimaba como a las niñas de sus ojos y era como un confesor pero sin sermones ni penitencias. Por aquel entonces, estoy hablando de la prehistoria, llegar a la Resdencia en estado calamitoso, era una aventura que solo se atrevía una a correr si luego, la tarde siguiente se curaba la resaca con una bomba de Peces, de paso, se ojeaba al personal circundante y Pees nos aconsejaba prudente y sabiamente para evitar en lo posible los desastres que conllevaría una alocada decisión.

    Otros, en cambio, merecen la guillotina, los hay tan cabrones que prestan su complicidad a cualquier hijoputa, sin importarles la sangre que habrá de derramarse.
    En su caso, averigüe el por qué de la traición.No me gusta nada l ataque de amnesia de ese tío, no se le hace ese feo a un hijo putativo.Cambie de bar.

    • Todos tenemos un pasado negro, en el que se cuela un camarero traidor. Tal vez, con ese olvido, me estaba lanzando un mensaje sutil del tipo: no vuelvas por aquí o acabarás alcohólico. O búscate un bar donde no te engañen con garrafón. Siento vértigo otra vez.

      • Comprendo que es duro, pero no trate de justificarlo. Utilice su habitual sutileza para tenderle alguna trampa, tal vez con el “Sam, tócala otra vez”,funcione y si ve que tal´
        póngase un sombrero, así, bien ladeado. Deje los vértigos para el licor café, que buena le espera. Cúidese, querido Tallón, por favor.

      • Sí, ya estoy en edad de cuidarme. Así que regresaré al bar y, si por casualidad me pone lo de siempre sin necesidad de pedírselo, le diré: “Aparta de mí esta mierda, y ponme una menta-poleo”.

  8. Para mí, el problema es cuando mi “camarero habitual” me sirve el brebaje habitual y, ese día, precisamente yo necesitaba el brebaje ajeno…¿cómo defraudarle? ¿cómo decir, “quita ese café y sírveme un orujo, o una tila, o un “Bloody Mary”?…Pues no, yo me lo bebo…y, además, luego si eso, ya pido lo mío…por las veces que acierta…

  9. Me temo que la pérdida de conocimiento no la tuvo solo el Pelé escocés, sino también su camarero. Aunque todo podría ser que estuviera demasiado pendiente del partido y no reparara en usted. A fin de cuentas tampoco es una treintañera guapetona. De todos modos, me temo que asimismo tiene algo idealizado al tal Rosendo. A los barmans de la Champions League les basta con el rabillo del ojo para darse cuenta de que el pecador habitual acaba de aparecer por el umbral del establecimiento, y aun les sobra tiempo para preparar los padrenuestros y los avemarias pertinentes en forma de bebida para cuando dicho pecador tome asiento en el confesionario. Un cordial saludo.

  10. Me parece excelente el artículo, muy interesante sobre el tema

  11. Siento predilección por los tipos que acuden solos a los bares. Siempre me ha parecido un hermoso ejercicio de confianza: uno podría beber solo en el descomfort amable del sofá de su casa, en un vaso reluciente con dos hielos sacados del congelador donde guardas el pescado, sin pasar por el calvario de tener que cambiarse de calcetines. Sin embargo hay algo de excitante en amarrarse solo a una barra y esperar a que sucedan cosas. A que se abra una grieta en el universo por la que salga el brazo que te zarandee y te trasiegue hasta dejarte hecho unos zorros, para poder volver por donde has venido, más triste, más pobre y más desgastado, haciendo la señal de la victoria. Vivan los bares.

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