El escupitajo de Rajoy

Esa imagen de Rajoy compareciendo con los suyos, y la prensa escuchando en una habitación aparte, como cuando pones algo de comer al perro, pero en el suelo, confirma que entre periodistas y políticos habrá siempre una distancia de hierro. Un camino imposible de completar. Los separa un asco mutuo, fructífero, que actúa como muro. La repugnancia los protege, aunque sin llegar a separarlos demasiado, porque también la lejanía y el adiós son irrealizables. Ambas partes disfrutan, en secreto, sintiendo repulsión entre sí. En el fondo, la vida se volvería insoportable si no pudiésemos escupir de lado, como Django. Un escupitajo lateral, que no parece nada, es mucho. Todos nos reservamos, de vez en cuando, el placer del asco. Naturalmente, siempre habrá complots para acabar con las paredes y propiciar una escena íntima en la que periodista y político suavicen toda aspereza. Pero fracasarán. Sólo he conocido un caso digno de haber triunfado, ameno y oscuro, y por encima de todo, inteligente. Pero que también fracasó. Lo urdió Jesús Pérez Varela, que, para refrescar la memoria, es aquel conselleiro de Cultura del Gobierno de Manuel Fraga que en su máximo esplendor tomó a Carmiña Burana (sic) por «una de las buenas cantantes de este país», haciendo un bonito pis en la partitura de Karl Orff.

Pérez Varela era, sin entrar en grandes detalles, un hombre entusiasta, inteligente, y ligeramente cantamañanas. Lo que prometía lo cumplía, o no. Yo estaba en el Parlamento aquel día de 2004 que anunció el ciclo de conferencias Caminos de la Concordia, en el que participarían o no, gente de la talla de Gorbachov, Jimmy Carter, Günter Grass, Daniel Baremboim o Edward Said. El caso de Said fue muy particular, y a todos nos Django1entusiasmó su posible presencia, en especial porque ya hacía más de un año que había muerto. Si pese a todo asistía, nadie querría perdérselo, y Galicia se quedaría pequeña para su conferencia.

En los años noventa, cuanto Pérez Varela sólo era secretario general de medios, inventó una hermosa orgía a la que bautizó con el nombre de «jornadas de comunicación». Encerrados durante un fin de semana en un hotel con discoteca, cada año confraternizábamos medios de comunicación y gabinetes de prensa de cada departamento de la Xunta. Todos éramos a la vez prostitutas y clientes. Cuando llegábamos a Vilalba el viernes por la noche, un empleado se aproximaba a cada uno y, discretamente,  nos revelaba el secreto de las jornadas: «Hay barra libre». Esa noche, sin demora, nos empleábamos a fondo, como seguramente había pronosticado Pérez Varela. En teoría, el sábado por la mañana había un par de conferencias. Pero eran tan temprano que no nos daba tiempo a vomitar bien, acostarnos, levantarnos y descubrir con quién habíamos acabado en la cama. Ese momento, cuando abrías los ojos y te orientabas lentamente, deparaba extraordinarias sorpresas. En mi mejor año, persiguiendo a una rubia de la Consellería de Economía, amanecí con un locutor de la Radio Gallega. No creo que pasase nada, pero siempre te queda la duda. Peor fue lo de un compañero fotógrafo, todavía en activo. Cuando clareaba ya el domingo, se retiró de la batalla y subió a su habitación. Estaba metiéndose en cama, cuando reconsideró la derrota. A todos nos tortura abandonar la fiesta mientras suena la música. Bajó en camiseta y calzoncillos, y como era friolero de pies, calzó unas botas. Cuando se abrieron las puertas del ascensor, se encontró de frente a Manuel Fraga, que le dio los buenos días y le recomendó «echarse una rebequita» si pretendía salir a dar un paseo.

En mi teoría, estas eran el tipo de cosas que buscaba Pérez Varela con aquellas jornadas. La humillación. Cada uno por una razón diferente, el domingo partíamos con la resaca de nuestras vidas, muy avergonzados, en silencio, y durante una buena temporada hacíamos un periodismo progubernamental, por precaución. Nadie sabía hasta qué punto Pérez Varela sabía lo que ocurría en aquel hotel, y si podía chantajearnos y hacer una llamada al director del periódico. O a nuestras madres.

Foto: Django (2013), Quentin Tarantino.

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Categorías:Literatura, Periodismo, Política, Vida diaria

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26 respuestas

  1. Entre periodistas y políticos debiera existir un cierto asco mutuo, como decís vos. Lamentablemente en Argentina se inventó una categoría llamada ´periodismo militante´que disfruta de relaciones carnales con el gobierno, que para algunos son por placer ideológico pero para muchos son por dinero. Por lo demás, me da envidia que te pagaran un fin de semana a puro trago y fiesta.

  2. Aún no comprendo cómo es posible que, ante una tomadura de pelo de tal calibre, los medios de comunicación en pleno -El País y La Razón, Público y La Gaceta, La Cope y La Ser, entre muchos otros- no hubieran decidido hacerle un corte de mangas al Fulano que dice presidir la nación y dejarle con la palabra en la boca, hablándole a la pared.

    Qué vergüenza de políticos, de medios, de país, de ciudadanos.

    Creo que a estas alturas me avergüenzo hasta de mí misma por seguir aquí.

  3. (En otro orden de cosas: me encantan las caritas que nos ha adjudicado a cada uno, don Juan. Los dibujos anteriores, como copos de nieve coloreados, tenían bien poca gracia)

  4. Bueno, no sé si me gusta ser un pentágono sin expresión facial, sería mucho mejor ser consejera de cultura, por méritos propios, como el Pérez Varela de su narración… Yo, como hago periodismo en el sur, a la que solía seguir era a Carmen Calvo, que también tiene algunas tremendas en el tintero, a pesar de que yo la admirara profundamente (a ella y a sus medias de rejilla cuando eso aún no se había vuelto a poner de moda todavía, que es un mérito).

    • Un pentágono es una de las cosas más bonitas que se pueden ser en la vida, y un pentágono con medias de rejilla es probablemente lo cool de lo cool. No se puede ser más. Lo siguiente es Dios.

      • No sé, no sé, este pentágono parece sospechar de algo…
        Me alegra de que, como yo, reconozca el mérito que tenía Calvo, con sus medias de rejilla y falda a la rodilla presentando una exposición en el Palacio Episcopal de Málaga. Iba yo por aquel entonces bien acompañada siempre de un periodista de agencia que me decía: ‘deténganla, está acusada de mostar al público unos tobillos gruesos!, ay, como echo de menos aquellas risiones! Entre periodista y político tiene que haber brecha, porque la hipocresía impera, y eso más todo lo demás se convierte ya en asesor de prensa.

      • Fíjese en mí, me ha tocado un muñegote con monóculo. ¿Usted se imagina? ¿Hay algo peor que un don nadie con monóculo?

      • Por favor, muñegote no, diamante, diamante. Un diamante con monóculo, le han calao.

      • Los diamantes están sobrevalorados. Déjese.

  5. Qué jornadas aquellas, querido Tallón! Qué recuerdos! Qué jóvenes éramos!
    No sé si era casualidad, pero frente a aquel hotel donde dormía la prensa había un videoclub (sin video). ¿Metáfora genial del maquiavélico PV? Y es que la prensa no era (ni es) tan libertina como parecía para las endogamias ocasionales…

  6. A mí, en la entrada anterior, me tocó una cara con colmillos a lo “Drácula”( y en esta, creo que también) ..así que estoy feliz…no puedo sino ganar en la distancia corta ¡ji,ji,ii! Pero, vaya, si tiene por ahí una rubia de 90,60,90…
    Me parece muy difícil el papel de la prensa, y sobre todo, el de los periodistas en situaciones como las que vive nuestro país. Cuando la crisis ha azotado a este sector de una manera tan dura, cerrando periódicos, recortando plantillas, unificando emisoras de radio, echando cierres en las TV locales, dejando las redacciones como un erial…y aún, cuando existe una lucha encarnizada por recobrar o encontrar el espacio perdido en las redes sociales, obligando a replantearse el “adónde vamos y de dónde venimos de la profesión”, entiendo que concesiones a estos señores de las tijeras …ni una. Informar, sí, siempre; pero para aguantar payasadas que convoquen a sus propios palmeros.
    Un saludo y gracias!

    • Francamente, le ha tocado un muñeco insoportable. Lo malo es que a donde sé, no puede hacerse nada. Le ha tocado, y punto. En cuanto a lo otro, también es insoportable (asquerosa) la tendencia de los políticos a tratar a la prensa a base de escupitajos. Un escupitajo está bien: se te devuelve, y ya. Pero muchos escupitajos seguidos…

  7. Muy grandes, estos artículos, sí señor.

  8. Qué se puede esperar de esta panda de mamarrachos que insultan diariamente la inteligencia de la ciudadanía…¿Hubiera sido muy arriesgado no acudir a recibir las sobras vomitadas de un festín de
    mentiras ? Pérez Varela al lado de estas preas queda como un señor, inclyendo los delirantes gazapos
    con que obsequiaba al paisanaje. Y lo de Villalva es grandioso, me imagino el despertar con el locutor ¿Tenía los calzoncillos limpios? Mire que si llega a ser Fraga. No se queje, había barra libre
    Por cierto, parezco la pilarica..

  9. Menos mal que escuchan alguns consejos e las madres, nunca se sabe lo que puede suceder. Claro que nosotras más bien pensamos en aquello de si se pone malo y tiene que ir al hospital…Líbrenos l señor de imaginar a una lagrta viendo los calzoncillos de nuestros niños y no digamos quitándoselos.
    También los calcetines ¿Recuerda el tomate de los d Rajoy? ¡Qué bochorno!

  10. Disculpe, amigo Juan, que no me haya pasado desde hace días por su bitácora. Siempre sé que la lectura de la misma va a ser un momento especial, como esa copita de buen vino tinto o ese poema que de repente encienden la noche y te hacen sentir la plenitud del universo, un instante que no se debe enturbiar con las miserias cotidianas. Me gusta ese periodismo narrativo suyo. Podría pasar por surrealismo crítico, pero no, es verdad, y por ello mismo es tan temible como la desvergüenza de Rajoy. Y por cierto, mola también ese dibujo personal. Tiene un algo familiar. Lleva gafas y tiene una expresión entre borde y afable. Tanto si es azar, como si no lo es, es fantástico.

    • El azar crea monstruos. Francamente, en su caso ha creado una bestia atroz, con esos dientes, y la miopía. Pero lo importante es el interior. Y que tenga buen vino en casa, y chimenea, para sentir mejor la plenitud universal.

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