Mechero en los bolsillos

No salgo de casa sin estudiar qué llevo en los bolsillos. Esa maniobra sencilla y rápida a veces te salva la vida, como mirar a un lado y a otro antes de cruzar. Cada quien entiende por vida, naturalmente, lo que le parece. Cuando fumaba, me parecía que un hombre sólo necesita un mechero y un paquete de cigarros en el bolsillo para esquivar la tristeza, incluso la muerte. Hasta los 27 años, de hecho, yo no daba un paso si antes no echaba un encendedor al bolsillo. No tenía ideas, ni teorías, ni bicicleta, ni sexo, pero tenía zippo, por si alguna rubia buscaba fuego. «Las cosas importantes, siempre con uno», recomienda mi abuelo Cosme, en referencia al licor café. Por lo que pueda pasar. Onetti, que sabía de qué coño iba la vida, tenía lo imprescindible siempre muy a mano: cama, cigarrillos, novela policial y whisky. Sólo le faltaba una buena dentadura, pero como decía él, la tuvo hasta que se la prestó a Vargas Llosa 2Mario Vargas Llosa y nunca se la devolvió. Precisamente de Onetti aprendí yo que había que andar con mecheros antes que con dinero. Cuando murió, una de sus nietas repartió docenas de ellos entre los amigos y familiares que acudieron a dar el pésame.

Nunca me ha parecido demasiado relevante conducirme con dinero encima. Es ese tipo de cosas con el que no sabría bien qué hacer y acabaría despilfarrándolo, como George Best. Me cuesta mucho fiarme de la gente que lleva en la cartera más de treinta euros. ¿Para qué? ¿A quién pretende corromper? Al menos cuando yo fumaba Chesterfield, la vida costaba trescientas pesetas. Más de eso me hacía sentir rico, asqueroso e ignorante de los secretos de la existencia. Hasta cuando voy en coche, por una razón parecida, me gusta andar en la reserva. Si un día lleno el deposito me temo que huiré de aquí, lejos, para siempre, sin dejar una nota en la cocina. Sólo al llegar a cierta edad adviertes que tenían razón tus padres cuando, ante tus protestas porque solo recibías quinientas pesetas para pasar el domingo, alegaban cruelmente: «Te sobran. Y ahora sácate de nuestra vista». Ahí aprendías que en la vida, además de tener un buen mechero, había que hacer migas con los porteros de discoteca, para que te colasen, y con los camareros, para que te devolviesen a casa.

Cada bolsillo es un mundo. Hasta hace algunos años, a raíz justamente de dejar el tabaco, a mi padre le gustaba meterse en él un currusco de pan, para tener algo que masticar a media mañana, en la oficina. Gesto carente de épica, hay que admitir, si lo comparamos con el de Jean Robic cargando plomo en los suyos durante el Tour de Francia de 1947, para aumentar su peso en los descensos. Nunca hablo de bolsillos, sin embargo, sin citar a José Luis Baltar, expresidente de la Diputación de Ourense. Cuando abandonaba el despacho palpaba los pantalones del traje para comprobar que llevaba cinco mil o seis mil euros, lavados y planchados. Era de esa clase de presidente que disfrutaba sirviendo las subvenciones a domicilio, o en la calle, sobre el capó de su Audi. Siempre sospeché que aquellos bolsillos debían de tener doble hilvanado, para resistir el peso del presupuesto público. Entre Baltar y Renato Cesarini, sin embargo, me quedo con el futbolista italo-argentino que a veces también cargaba sus bolsillos para trabajar. Allá por los años veinte, en la barullo de una jugada en el centro del campo, cuando Renato defendía los colores de Chacarita Juniors, se le cayó un revólver de la cintura. El desconcierto fue total entre compañeros y rivales. En su favor alegó que iba armado porque había oído que ese tarde el árbitro pretendía perjudicar a su equipo.

Foto: Mario Vargas Llosa.

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Categorías:Bares, Fútbol, Literatura, Vida diaria

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29 respuestas

  1. Nunca fumé pero llevaría conmigo cigarrillos si me sirvieran esquivar la tristeza. Pero ud. que llevaba cigarrillos consigo por si alguna rubia..ellas que tienen ese aire de señoritas desvalidas, en fin, lo siento por ud. Las morenas somos tanto más, como decir, mujeres.

  2. Ay, los mecheros. Hubo una época en la que siempre salía con uno. Low cost, que nunca he fumado. Mis vicios no están en las drogas, y hasta ahí puedo leer. Llegó un momento en que me pareció de una inteligencia superior no ser fumador y llevar mechero. Había comprobado que por las noches las chicas se acercaban a mí, precisamente, por el mechero que no tenía. Con mi lógica deductiva pensé que, si llevaba uno, podría dar fuego, romper el hielo y, quizás, robar un beso fugaz. Al principio iba razonablemente bien: encendían el cigarro y se iban. Pero un día, una se me acercó. Le di fuego y preguntó: “¿Fumas?”. Respondí que no y su mirada me desarmó. “Esto se lo harás a todas”, parecían decir sus ojos. Se dio la vuelta y se fue. Y tiré el mechero.

  3. El cambio o las vueltas del pan ha solucionado la economía adolescente de toda una generación. De hecho, los grandes culpables de la extensión de la epidemia fumadora de “Fortuna” y Ducados” que se extendió desde finales de los setenra y se alargó hasta bien entrados los ochenta, fueron los panaderos. Informes confidenciales del gremio y de las autoridades sanitarias lo etestiguan. Sería deseable que algún periodista audaz se hiciese con éllos y dé a conocer al mundo esta terrible verdad.

    • Todos nos hemos forjado en ese tipo de sustracciones. Acaso ahí comienza uno a corromperse. Después sólo es cuestión de tiempo que se ponga a tiro un presupuesto público, un banco, etcétera. Algún día, supongo, toda la verdad de los panaderos quedará a la luz. La mierda siempre rebosa.

  4. Comparto lo del dinero: cuanto menos, mejor. Para un botellín de agua o cerveza por si de repente me da un mareo…
    El mechero dejó de servir para llevar a una mujer a la cama bastante tiempo atrás. ¡Qué daño ha hecho la Ley Antitabaco! Además, cuando no hay mucha necesidad y uno se pone exquisito, casi mejor si la fémina en cuestión no fuma…
    Lo que nunca me puede faltar en el bosillo es el abono: mi mayor artículo de lujo, lo más caro que llevo encima, el pasaporte a ninguna parte y a todas a la vez, según me plazca.
    Cojonudo. El post, digo.

  5. Ayer hablaba con un amigo sobre lo desconcertante que me resulta esa clase de señor (un hombre, siempre un hombre) que lleva 400 o 500 euros en el bolsillo. Ese salir tranquilo de casa, que llevo pasta.
    Estupendo post.
    Saludos.

  6. Yo en los bolsillos hasta los 28 siempre llevaba pañuelos de papel, ah, las mujeres y el submundo de los retretes de los pubs, donde nunca había nada más que mierda (papel higiénico, nunca, oiga). A los 29 cambié los pañuelos de papel por las llaves de casa, no es bueno dejárselas en el bolso si este tiende a perderse, ya sabe.

  7. Creo que las fiestas de los 90 estaban llenas de impostores…gente que fumaba para pedir fuego,gente que llevaba fuego (y tabaco!),por si alguien se arrimaba a pedir…, serán los daños colaterales del analfabetismo emocional ese que arrastramos varias generaciones perdidas…

  8. Por cierto…los monigotes que salen con los comentarios son un verdadero horror!

  9. ¿Qué llevaríamos los hombres si usáramos bolsos? Las mujeres llevan de todo, hasta lo más inimaginable -menos mechero, claro está, para dar fuego nacimos los hombres-. A mí el bolso me costaría llenarlo. ¿Qué pondría en él? ¿Un cartón entero de Ducados? No, que ya no fumo. ¿Fajos de billetes? ¿Decenas de mecheros? ¿Tres móviles? No. Hace unos años se puso de moda entre los hombres -entre algunos- llevar lo que se dio en llamar “la mariconera”. Fracaso, claro está. Los bolsillos bastan para vivir.

    • La “mariconera” nos hizo retroceder varios años. Algunos días, si asciendes hasta la Acrópolis, o si entras en un Duomo, todavía descubres alguna. En mi teoría, nos resultan en general tan aborrecibles porque quisieron usurpar el poder del bolsillo, haciéndose visibles, y los hombres sabemos que los bolsillos son eternos no tanto porque sirvan para guardar objetos pequeños e importantes, como porque nos permiten rascarnos las pelotas con discreción. ¿Qué le parece?

  10. Me ha revuelto los bolsillos de la memoria con su relato. Y eso que no suelo llevar ni mendrugos de pan ni madalenas -proustianas o de La Bella Easo- habitualmente en ellos. No recuerdo llevar ningún mechero mientras fumé (de hecho, tampoco se me vio nunca con paquete alguno: era tema común entre mis amistades destacar mi proverbial habilidad para el gorroneo de tabaco, nacida seguramente de mi falta de fidelidad absoluta -tanto me daban Habanos que Marlboro, Ducados o Fortuna mentolado que Camel-. Guardo mejor recuerdo de mis llaveros, es especial de uno de los últimos, uno que reproducía el famoso billete de 5 libras de George Best, y que no hace mucho tuve que jubilar por una reproducción del tapiz de Bayeux. También al igual que usted, me veo en los años ochenta con no más de 300 pesetas encima, lo que hoy más o menos corresponderían a los 3 euros de rigor (me temo que con Baltar nunca compartiré ni las letras del apellido). Pero de vuelta a los ochenta, me observo con una sempiterna púa Dunlop de bajo eléctrico negra en el bolsillo pequeño de los Levis, hoy transmutada como por arte de magia en un pen drive igualmente negro en el bolsillo pequeño de los Wrangler. Como también me veo vaciando unas cuantas veces mis bolsillos ante los chulescos y majaderos requerimientos de aquellos maderos del “simpático” dúo Barrionuevo-Corcuera.

    • Yo siempre he admirado secretamente -por fuera los despreciaba- a esos individuos capaces de fumar siempre de los paquetes de otros. Se acercaban a ti con tal soltura, y te solicitaban un cigarro con tal convicción, que a veces le dabas incluso el último del paquete. A lo mejor sólo era mi problema, que nunca supe decir “no”. Tengo la sensación que es una de esas frases subordinadas que sólo le salen naturales a Proust.
      P.D.: Hablaré con el inspector, a ver qué puede hacer.

  11. Mi amigo Martín lleva en el bolsillo un zippo, que maneja con tanta soltura como la navaja de abanico. Nunca le he preguntado si fue también aficionado a los luchacos, aquellos palitroques unidos por una cadena con los que los jóvenes macarras de suburbio nos lastimábamos los sobacos.

    Respecto al dinero de los bolsillos soy de otra escuela. Cuando yo era adolescente mi padre me decía que un hombre nunca debía salir de casa con menos de un billete de mil pesetas en el bolsillo. Era una manera de echarse el moco, porque suponiendo que lo llevara debía de ser siempre el mismo, que nunca le vi explayarse en el consumo. A mi me ha quedado la costumbre de llevar caliente la cartera, más que nada para resarcirme de un pasado en el que siempre me quedaba fuera de los bares porque me dolía la úlcera de estómago que nunca tuve.

    • Su madre debe estar muy contento con usted porque sólo se auto-lexionaba con los luchacos. Yo recuerdo que me llevé por delante una figurita de un Mozart a la que mi mamá le quitaba el polvo a diario, y en los días que se quedaban a solas, seguramente le hablaba. El accidente tuvo consecuencias, aunque al final conseguí que me levantaran el castigo y me dejasen ir a la universidad, donde aprendí a liar porros con una mano sin que se me cayese una sola china. Veo que es usted rencoroso con su pasado, y que se la tiene jurada a las estrecheces que pasó fuera de los bares. Hace bien. Yo tengo un tío que estudió interno en los salesianos. Todas las noches, sus compañeros se tomaban un cola-cao, que les llevaba su familia. Mi tío se conformaba con mirarlos. Se hizo una promesa: el día que pudiese permitírselo, todas las noches de su vida se tomaría un tazón de leche con dos cucharadas buenas de cola-cao. Y ahí está, a los 62 años, y cenando siempre lo mismo.

  12. Sabeis, no se como ni por que pero me han dado una mezcla de nostalgia y alegria vuestros comentarios. Como dicen son cosas que haciamos en otros tiempos y que bonitos eran…
    En cuanto a los bolsillos, yo soy un empedirnido de llevar siempre lo mismo, el pañuelo, un mechero, la navaja, un boli, el movil, la billetera, las llaves y calderilla. Años llendo a todos lados con lo mismo encima y en el mismo lugar cada cosa.

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