Tu casa es ese sitio en el que vas acumulando tu chatarra inservible. No importa que sea una casa pequeña, que no tenga bidé, que oigas a tus vecinos cuando follan. Todos archivamos parte de nuestra mierda personal. Es un tic. Nunca la vas a necesitar, pero por si acaso el día que nunca llegará, finalmente llega, necesitas que tu basura esté ahí. En su sitio, contigo, bien perdida, para no tropezarte con ella. Alcancé esta conclusión el martes, buscando unos apuntes de la universidad que estaba seguro que jamás había tomado, y que encontré. Hay pocos momentos en tu vida tan felices como cuando descubres lo inexistente. La placidez del descubrimiento inaudito quedó bien definida en aquel grito exultante de Jaume Canivell, cuando descubrió la colección de vello púbico del marques de Leguineche en La escopeta nacional, de Berlanga: «¡Ostras, collons, pero si son pelos de coño!». En el fondo, nos identificamos con las cosas nimias, como determinado disco, o el póster del Atlético Dean Martin 1firmado por Futre, o en el caso de Leguineche, por su colección de pelos de coño. Es nuestra basura. No necesitamos más para saber quiénes somos. No sé si se me entiende, o si tiene sentido lo que digo. Qué importa. Basta que tenga alguno, aun insignificante. «No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?», se preguntaba Mark Renton en Trainspotting.

Nuestra biografía es a menudo el pequeño catálogo de los objetos inocuos que nos rodean, a veces a escondidas. Hasta hace cinco años tuve unas cortinas en el salón que me acompañaron a lo largo de tres mudanzas distintas. Siempre sobrevivían al terremoto que es una mudanza. Tenían cierta historia aquellas cortinas, sí. Y algo de suciedad. A veces una simple mancha encierra una epopeya, ese tipo de epopeya, claro, que forma parte de tu basura personal. Y de la que te cuesta deshacerte. La llevas contigo hasta que un día aparece tu madre de visita, pregunta si es que usas las cortinas de servilleta –estás a punto de contarle la verdad– y al día siguiente se presenta con unas nuevas, y tira las viejas. Fue un desastre. Respeto mucho las cortinas sucias. No conozco buenas historias con cortinas limpias de fondo. En cambio, historias de cortinas sucias, podría citar varias. Hace dieciocho años Fernando Arrabal pronunció una conferencia en el salón de actos de mi facultad. Aquel día el dramaturgo padecía un resfriado magnífico, y a cada poco, se sorbía los mocos. Producía algo de pena. También un poco de aversión. Instantes antes de subir a la tribuna, mientras acababa de llenarse el recinto, Arrabal se acercó a una cortina y se sonó los mocos con ella. A continuación disertó, curiosamente, sobre ética y estética. La vida es así de estrafalaria y radiante. Permanezcan borrachos, como recomendó Dean Martin.

Foto: Dean Martin.

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48 comentarios en “Permanezcan borrachos

  1. Cada vez que lo leo pillo un cabreo de puta madre. Y lo llevo leyendo desde hace ya unos meses que fue cuando casualmente “lo descubrí”. Es que no puede ser que usted escriba tan bien. Es que no hay derecho a que usted cuente lo que a mí me gustaría contar. Cualquiera cuenta algo ahora para hacer el ridículo aunque sea sólo ante uno mismo…… También yo guardo cosas inservibles durante años. Pero el caso es que cuando me decido a tirarlas….. justamente las echo de menos al día siguiente. No falla….. Bueno, amigo. Hasta el próximo cabrero….. No tarde en proporcionármelo. Saludos desde Granada.

    1. A veces tengo la sospecha de que la gasolina se me acabará pronto, y permaneceré una buena temporada en silencio. Entretanto, disfrutemos todos. No future, cantaban los Pistols. Un gran abrazo Delnorte.

  2. Tengo un amigo que hizo la tesis de Arrabal. Le voy a pasar la dirección de su blog, estimado Don Juan, para que se eche unas risas.

    (Aunque teniendo en cuenta que hizo la tesis de quien la hizo, risas ya lleva unas cuantas)

      1. Se sorprendería. A menudo de lo más imprescindible -y dificultoso- no la hay, mientras que de lo más kitsch, pues sí. Porque puede que hasta se publique y dé hasta réditos y todo, mientras que de aquello imprescindible… pues según y cómo.

        (Claro que la obra de Kafka hoy la consideramos imprescindible y en su día apenas vendió, en sus primeras ediciones, tengo entendido, unos cientos de ejemplares).

      2. Si no la entiendo mal, la “mierda personal” podría dar para una de esas tesis que no le interesan a nadie, pero no por ello no dejar de ser un bombazo comercial.

  3. Uno de los bienes más preciados de mi basura personal es la colección de servilletas de papel de cafés que valen la pena (de acumular basura por ellos). De mis otras colecciones privadas es mejor no hablar en público.

      1. Ya le dije, mejor no hablar de ello en el ciberespacio. Mis otras colecciones han sobrevivido viajes transatlánticos, merecen la discreción. La cita cuando Ud. quiera.

  4. Curiosamente, la mierda que conservo siempre suele ser pequeñita (será porque la mierda grande me da pereza, unas cortinas ocupan mucho espacio mierdil, lo siento), pero quizá por ello, por la insignificancia, es más difícil aún deshacerse de ella. Entre otras mini mierdas guardo celosamente: mi primer sujetador de verdad (una cosa repugnante, para no olvidar los inicios); mi primer botellín de Four Roses, por supuesto, vacío; un anillo que me fabricó con una lata de Nestea un tipo que me gustaba de verdad, aunque en realidad me lo regalara de broma; un recorte de periódico con mi primera noticia a una columna, donde sólo salen mis iniciales de becaria; la entrada de cine de la película ‘Nell’, no porque la película fuera buena, precisamente, sino por lo que acontecío ese día dentro del cine, ya se lo contaré alguna vez frente a un gintónic.

    1. Pero qué le pasa hoy a mis comentaristas de cabecera? Insinúan unas cosas atroces. Eso que usted perpetró en el cine, nos lo vamos a imaginar sin esperar al gintónic. En mi imaginación queda usted en muy buen lugar, le adelanto. En cuanto a su otra basura, me parecen hermosísimos esos recuerdos de los que se ha provisto para hacer frente al paso del tiempo.

      1. Jajaja, creame, mucha imaginación hay que tener, con decirle que en el cine aquel día estaban involucrados un seminovio cobarde, un pene y un paraguas mojado! Merece el gintónic aunque sea virtual, que ya sé que la Giralda le da alergia o miedo a la muerte.

      2. Por qué cree Ud. que lo que insinúo es atroz? Bien podría ser sólo delicioso. O ambas cosas a la vez. Siga imaginando

      1. Primero, me va a disculpar por dejar su pregunta colgando. He entrado en unos días de la marmota y acabo de salir del bucle. Pero sin novia, claro. Tampoco es que la tuviera antes. Dicho esto, espero que no las coja. Lo que usted guarda merece conservarse. A no ser que necesite expiación prendiendo los tesoros. Pero no tiene pinta, no.

  5. Me pregunto que habría hecho con las cortinas.Siempre puede volver a intentarlo con las nuevas, sumadre acabará cansándose de renovarlas.Me parece muy tierna la historia del maniquí, un chico sensible su amigo, pero tendría que haberle puesto al menos, bragas nuevas.
    Siento no poder aportar nada especialmente interesante, soy poco de guardar. Si acaso un orinal de lunares ue usaba mi padre y sirvió para que un hermano suyo que me visitaba pudiese echar sus siestas a lo Cela. La verdad que el orinal era chulísimo, también acabé deshaciéndome de él, se lo podría haber enviado a Arrabal. Soy un desastre.

    1. O pudo haber hecho una maceta. Incluso una ensaladera. En cuanto a las cortinas, en fin, para todo hay una edad. Aquello no podría repetirse. Entiéndame, ojalá, pero ya no. Me falta fogosidad. Ya uno ha ganado temple, y sabe esperar un minuto.

  6. Me inspira más lo de la ensaladera, o una cubitera,que suelen ser algo escasas..
    Me alegro de su autocontrol. Seguro que su parej lo valora y también su madre. Aunque estemos dispustas a sacrificarnos por los hijos, no es cosa de pasarnos la vida recogiendo
    sus residuos. Yo a los míos ya los aviso de que recojan después de jugar.

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