Mándalos a la mierda

Llevaba una semana bastante buena, sin sobresaltos. Me levantaba y no tenía resaca. El Atlético había apeado al Sevilla en la Copa. El bar de siempre tenía un camarero nuevo que servía unos gintonics simples del todo y casi perfectos. En fin. Esto no podía durar demasiado, claro. No duró. El jueves hubo una junta de vecinos que se eternizó dos horas y media. Me estaba meando casi desde que empezó, pero aguanté. No sé por qué, lo importante siempre pasa cuando vas al baño, o cuando sales a fumar, o cuando das una cabezada. Al final se aprobó por mayoría el pago de una derrama descomunal, y cuando se me ocurrió protestar, alguien dijo que si no estaba contento mejor era que me fuese a casa, a escribir mis chorradas, textualmente. Es justo lo que hice, pero después de realizar una parada técnica en el bar, donde el camarero nuevo me sirvió un gitónic de los que ya casi no quedan. A menos que quieras beber no tanto una copa de verdad, de esas que te dan aplomo, Patti Smith 1como un canto de sirena con fresas o pepinillos. El primer trago me zarandeó. Con el segundo gané perspectiva. Después del tercero me pareció que mi vecino tenía razón: escribía chorradas.

Me gusta esa gente que no está dispuesta a aguantar tonterías fácilmente y te manda a la mierda a la primera, para que escribas allí tu bazofia. No quedan ya muchos individuos así, por desgracia. Es natural. Para tener la mala educación de enviar a alguien a la mierda en el momento oportuno, hay que tener muy buena educación. Me ha pasado varias veces que me manden a la mierda. No las recuerdo todas, porque algunas ocurrieron durante mis borracheras. Cuando estás sobrio, sin embargo, es toda una lección. Casi puedes oír el «click» del aprendizaje dentro de tu cabeza. Me ocurrió hace cuatro años. Después de un concierto de Patti Smith en Vigo, me encontré con una periodista a la que hacía algún tiempo que no veía. Era la una de la mañana, pero como soy buen observador, aún bebiendo, reparé en su embarazo. «Felicidades», dije con cierta euforia. Fue ese tipo de felicitación que anuncias sin especificar el motivo de la felicidad. Era evidente. Me lo ahorré, como cuando conjugas un verbo y evitas el sujeto, por economía. No sé si porque estaba aturdida después del atronador directo de Patti Smith, respondió: «¿Felicidades por qué?». Me sentí un poco tonto. Aquello era como explicar un chiste, uno de esos chistes buenos, algo crípticos, que en cuanto aclaras, se vuelven malísimos, de Lepe. Pese a todo, precisé que la felicitaba por el embarazo. «¿Embarazada yo?». Me tensé con el susto, pero se me pasó enseguida. Huelo a lo lejos cuándo alguien está de broma. No así mi pareja, que pensó que había metido la pata, y me apretó la mano. Se impresionaba con facilidad.

Aquella forma de negar que estaba embarazada no era sino un modo más o menos mostrenco de decir que no había que ser un hacha para advertir que, evidentemente, estaba embarazada. Muy embarazada. A tope. Era obvio, saltaba a la vista. Pero como digo, había que tener el olfato educado, como yo. Ni corto ni perezoso, le acaricié la barriga, prominente y blanda, como si fuese el globo terráqueo. Me sorprendió mi gesto delicado. En general, me gusta tener las manos quietas. Era inusual, pero supuse que aquella noche también lo era: Patti Smith, el verano, el cielo estrellado, los gintónic… «¿Y de cuánto estás?», pregunté, como si pudiese tener interés en quedarme también yo embarazado. Esta vez mi pareja me apretó la mano con fuerza. Incluyó un leve tirón. Supuse que se estaba meando, y que quería irse. Justo en ese momento, la periodista soltó el bombazo: «¿Por qué no te vas a la mierda? ¿No te acabo de decir que no estoy embarazada?» En efecto, no lo estaba. Aprendí mucho aquel día. Ya nunca felicito a nadie. Hace menos de un año, de hecho, me encontré a otra vieja amiga. Estaba embarazada de veinte meses, por lo menos. «¿No me felicitas, Tallón?» Me hice el tonto y pregunté: «¿Felicitarte por qué?». Nunca está de más hacerse el tonto, además de serlo. Te ahorras muchas chorradas.

Foto: Patti Smith.

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Categorías:Vida diaria

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39 respuestas

  1. Así que le gusta que lo manden a la mierda. Tal vez le atrae esa dinámica pasivo-agresiva para no privarse de ser quien está en control de la situación. Muy bien. Ahí va entonces. Váyase a la mierda Sr. Tallón. Quién carajo se cree Ud que es ? Anda ventilando sus supuestas miserias, haciéndose el artista torturado, el borracho infelíz, pero lo único que Ud. es es cobarde de pura cepa. Ud. es de los que nunca va dejar su metro cuadrado de confort para ir más allá de sus (cortas) narices. Pero qué digo, si Ud. no es capaz ni siquiera de jugarse cuando escribe, que da la impresión de ser lo único que hace, es su masturbación semanal. Y, además, Ud. ni siquiera es un buen mentiroso. De nuevo: váyase a la mierda. 😉

  2. Lástima que también dejara las manos quietas frente al mostrenco borde de su escalera. No sé, pero a mí lo suyo me parece una hermosa metáfora -como tantas otras- de la mendacidad habitual que emponzoña este país. En primer lugar (aunque desconozco la necesidad de la mencionada derrama, pero puedo suponerla a través de su protesta), la fiebre del ladrillo, que parece no tener cura; en segundo lugar, el desprecio por todo aquel que no goza con dicha fiebre, que rápidamente llega al terreno personal. Obviamente desconozco este dato, pero puedo suponer por quien votó el mostrenco en las últimas autonómicas galegas: le va como anillo al dedo. Por cierto, felicidades por lo del barman.

  3. Tiene usted una forma muy curiosa de caerle bien a la gente. La tomo prestada, para afianzar la complicidad de las tres o cuatro personas que todavía me aguantan.

    Abrazos, señor Tallón.

  4. Lo malo de las derramas, como es lo malo también de que lo manden a uno a la mierda, es que se conviertan en algo habitual. Había un niñato en BUP que me parecía interesante cuando a todo el mundo lo que le parecía que era idiota y hueco, pues bien, en cuanto se lo olió se creció y tuve que mandarle a la mierda; lo malo es que me gustó la sensación y me pasé el resto del curso haciendo lo mismo, convirtiéndolo en costumbre. Imagínese una derrama convertida en costumbre, se le va a uno por ahí el paro sin pestañear, vaish, vaish, que le tiene que quedar dinero para invertir en el camarero nuevo hasta que su jefe se dé cuenta que está poniendo gin del bueno, sin garrafón ni nada…

    • Empiezo a concluir que es usted una mujer fatal, de muchos “noes”. Le gustan los tíos, sí, pero al mismo tiempo los aborrece. Siempre pasa algo, al final, que lo jode todo. Y después pasa lo que pasa: lo lamenta. Ay, su pronto, Diva.

      • No se engañe, lo que pasaba era que cuando yo decía ‘sí’, los susodichos ni se enteraban, jajajaja, debía ser que lo decía al aire o algo… pero sí, el pronto me puede, ya lo decía mi abuela, hazte la tonta, no demuestres que no lo eres que eso los espanta!

      • Las abuelas siempre han dado mejores consejos que las madres.

  5. Otra cosa quería yo decirle, es que Patti es tan canija que en comparación todas estamos preñadas de 9 meses, la droga buena es lo que tiene, que te mantiene el tipo.

  6. Estimado don Juan, a usted que le agradan tanto las listas, hágame una con los mejores “a la mierrrrrrrrrrrrrrda” que haya usted oído.

    Públicos, se entiende.

    Empiezo yo con los dos más fáciles, con los dos más obvios: los de Fernando Fernán Gómez y Labordeta (cómo los añoro, en especial al último).

    Un dos tres, responda otra vez.

    (Y ahora sigue usted, o quien desee apuntarse)

  7. Nunca mejor dicho. Si usted así lo desea, lo enviamos a la mierda, o aún mejor, a tomarse una rica tarta al Ikea.
    Como siempre genial 😉

    • Para comer mierda, la que lo es del todo, y tiene pinta de serlo, ¿no le parece? Tartas de mierda, por cierto, las que yo hago.

      • Usted sabrá ;). Llámeme sibarita, pero yo siempre fui de gustos más refinados, y prefiero la mierda edulcorada… por lo menos me crea menos úlceras.
        Sobre sus tartas, no estaría nada mal probarlas un día, tienen pinta de ser excelentes.

      • Yo me apunto siempre que no sean de fondant, esa sí que es la mierda de moda (en los ingredientes dice que pueden causar alteraciones en el sistema nervioso infantil, pero que no se preocupen las madres, que es un efecto momentáneo). Nada como un bizcocho tradicional, de esos con raspadura de limón o de naranja, que deberían tener el caché de las magdalenas de Proust.

      • No me hable de bizcocho tradicional, y de raspaduras de limón. En el último, mi madre no encontraba el raspador, y decidió cortar la piel de la naranja en trocitos. Cuando llegó la hora de comerlo, masticabas y escupías, masticabas y escupías la cáscara. En fin. Pero de eso no dice nada Proust.

      • Es cierto, este hombre no contaba con la inovación culinaria materna, como siempre, hay que recurrir a las abuelas!

  8. Mucha oferta de mierda veo hoy, debe estar de rebajas. Claro que no es la misma mierda la de su vecino el campeón de los dialogantes, que la de la aparente embarazada. Y no digamos la que recomendaban generosamente Fernán Gómez o Labordeta(que lástima, que ya no queden
    voces como aquellas, porque razones hay más que nunca para recomendar ese viaje.).
    Luego está la mierda de vaca, o bosta, que decimos por aquí, la de caballo, que tanto se les desea a los artistas, la cagalleta de cabra, quese presta para juntar un puñadito y lanzarla, un suponer, a la boca de algún qu otro político,la de gaviota, que es tan perdurable,y la de paloma
    que resulta muy lucida como toado primaveral. Y no sabe usted, Tallón, la que hemos manejado las madres, antes de que surtiera efecto el famoso complejo freudiano. Así que, haga el favor y llámela usted, o se arrepentirá de ser un hijo mudo, por muy en la confortable mierda que se encuentre. Porque mierdas, insisto, hay muchas, madres solo una, única, maravillosamente única. La que verdaderamente y más que nadie, más que nosotros, sus devotos seguidores, le considera el más mejor del mundo.¡E logo,isto vai á misa!

    • Hostia, Eugenia, usted sí que sabe de mierda, con perdón. La experiencia, me temo, es ir pisando mierdas, y conociéndolas a fondo. Eso te ayuda a sortear las siguientes. Que sepa que en cada comentario suya hay siempre una lección que conviene aprender. Aunque después no la sigas. 😉

      • No se preocupe, ya estoy acostumbrada a que no me sigan las lecciones.A veces ´en clase, una se siente como una especie de extraterrestre, hasta que se forma callo, y ahora incluso me gratifica explicarles Spinoza a mi gato y mi perro. Le juro que están atentísimos.
        Se teme vd. bien, justo ha definido buena parte de lo que llamamos experiencia,de muy atinada manera.Se pisan unas cuantas, lo bastante para permitirse sortear muy pocas, somos malos alumnos con esa maestra, pero al
        menos discriminarlas sin “enzoufarse” como al principio. Muchas Gracias, Tallón.

      • Ha citado usted a Spinoza. ¿Da clases de filosofía?

  9. Me gusta “mandar a la mierda” tanto como sacar la palma de la mano, ahuecándola, por la ventanilla del coche, mientras conduzco (soy hija de la publicidad). Y ahora, gracias a Ud., sé que el caballero que me dijo el sábado “tienes un polvazo pero no te aguantaría ni una semana” se va a acordar de mi “vete a la mierda, capullo” durante una temporada. 🙂

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