Las heces del alcalde

Nunca sabes a ciencia cierta dónde vas a encontrar una buena historia. En mis deprimentes días de cronista de sucesos, resignado a una ciudad en la que no abundaban los crímenes, me especialicé en la rotura de tuberías. No me gusta presumir, pero en esos casos casi siempre era el primero en llegar a la «noticia». Después de la quinta rotura descubrí que los otros dos periódicos de la ciudad no cubrían esta clase de tragedias. Se puede discutir. Yo me animaba pensando que si no sabes narrar bien una avería en la red de saneamiento, ¿cómo hostia vas a destapar la corrupción? Soy de la escuela del Negro Enrique, aquel centrocampista argentino que en el Mundial de México cedió el balón en corto a Maradona para que avanzase y marcase a la selección inglesa el gol más hermoso de la historia, tras regatear a seis rivales. Una vez en el vestuario, mientras llovían elogios hacia la jugada de Maradona, el Negro Enrique rebajó la euforia: «Con aquel pase que le di, si no hacía el gol era para matarlo». Javier Martín narra muy bien ese pase fácil, pero histórico.

Mi jefa estaba convencida de que un día, en una de esas explosiones del saneamiento, saldrían a flote las heces del alcalde. «Y entonces ahí estarás tú», enfatizaba, sin aclarar qué podría hacer yo con las boñigas de la máxima autoridad de la ciudad. También me desconcertaba que creyese que, llegado el momento, yo podría distinguir entre cientos las heces del alcalde. Eso suponiendo que el alcalde cagase. Pero no me gustaba contrariarla. Negro EnriquePoseía un modo hipnótico de imponer su criterio.

Algunas veces las buenas historias te caen del cielo, mientras tomas el sol. Hace algunos años disfrutaba de unas vacaciones en Taormina. El día declinaba y estaba sentado en la playa con mi cámara de fotos, una réflex de estrena. De pronto, me cubrió una sombra, y al levantar la cabeza tenía ante mí a la mujer más grandiosa que había visto nunca, en bikini. Me sonrió, y en un italiano muy accesible, me preguntó si podría hacer una buena foto de sus «tette». Miré a los lados, desconfiado. «È per il mio fidanzato», precisó, para que no me hiciese ilusiones. «¿Las tetas?», pregunté. No quería equívocos. «¡Corretto, las tetas!», dijo, sosteniéndolas, para que no cupiesen dudas. Accedí a regañadientes, como cabe imaginar.

Llegar a los grandes sucesos no siempre requiere muchos desplazamientos. En ocasiones, como digo, basta con tomar bien el sol. Enric González relata en Memorias líquidas cómo los enviados especiales a la primera Guerra de Irak, entre los que se encontraba, aguardan a que expirase el ultimátum dado por la ONU para que Irak se retirase de Kuwait. Eso sucedió el 15 de enero de 1991. A González lo llamaron desde Madrid a su hotel en Arabia Saudí para anunciarle que había empezado la guerra. Todos los jefes de los medios reclamaban relatos de «hazañas bélicas», y los periodistas desplazados enviaban «relatos espeluznantes sobre el horror de la guerra, el cielo iluminado por las explosiones, el ardor de los marines […] y la resistencia feroz de las tropas iraquíes. Todo inventado al borde de la piscina», aclara Enric.

Foto: Negro Enrique.

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Categorías:Fútbol, Periodismo

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26 respuestas

  1. Uno de los momentos más emocionantes de las Historias de Nueva York de Enric es cuando narra la muerte de Julio Anguita Parrado. Curioso cómo lo hace Enric: con las descripciones más asépticas logra ponerte la piel de gallina y colocarte el estómago no sabes si a la altura de la garganta o de los talones.

    (No he acabado aún Memorias líquidas. En ello estoy justo ahora, estimado don Juan)

  2. Por cierto, le dejo una de las mejores historias con las que me topé un día leyendo el periódico. Estaba escrita, mire usted qué casualidad, por Enric González. Sobre la identidad de un asesino, oculto durante 500 años. Absolutamente genial: http://elpais.com/diario/2004/02/20/ultima/1077231601_850215.html

  3. Una maravilla el gol de Maradona contra los ingleses. No lo supe apreciar en su momento porque era una niña cuando ocurrió y además vengo de una familia donde casi todos (todas) somos mujeres que, en ese entonces y por cuestiones culturales, no valoraban al fútbol como tiene que ser. Pero vayamos a lo importante: qué pasó con la señorita italiana. No me va a decir que Ud. sólo se limitó a sacarle una foto. Cuente Sr. Tallón, cuente por favor.

    • Como le digo, hice la foto a regañadientes. Tal vez por eso me dio su mail, para que se la enviase, y se fue con sus amigas. Creo que poco después llegó su novio, además. Estas cosas son muy habituales en mi biografía: crees que… y de pronto llega el “otro”.

      • Una vez tuve un novio católico que había pasado su adolescencia en parroquias y eso. Yo siempre le pedía que me contara sus aventuras con las noviecitas de la parroquia, féminas lujuriosas por tanta prohibición. Él me juraba que nunca había pasado nada pero yo dudaba de eso. Como dudo de sus historias fallidas. Cuente, Sr. Tallón.

      • Si mis historias fuesen de éxito yo estaría acabado. No me conviene salir victorioso ni de las contiendas más insignificantes. El éxito es frío y te deja muy solo. ¿Se casó usted con su novio católico? ¿Lo dejó tirado en una sacristía, con el corazón roto, por el contrario, como una mujer fatal?

  4. Sr. Tallón, me va usted a permitir que siga con el proselitismo de sus columnas… Con estos ‘descubrimientos’ no se puede ser egoísta. Como dice mi abuela, compartir es alegría…

  5. La noticia está donde estás tú, y si no, te la inventas, eso lo enseñan en la carrera después de las 6 w de los huevos, ya sabe. La mejor exclusiva la obtuve yo un día que llegué tarde, tardísimo a una rueda de prensa, y estando en un pasillo lamentando mi suerte un concejal de IU me dijo: “Señorita, no se apure, yo tengo un titular para usted”, y vaya si me lo dio, pero en el periódico no me dejaron publicarlo, decisiones absurdas de los redactores jefe…

    • Ese titular, en caliente, hubiese dado algunos problemas. Ahora que lo ha dejado enfriar puede relatarlo en sus memorias sucias. Déle.

    • Oiga usted, señora Calva (qué mal queda, ay podió, dejémoslo en doña Diva, entonces), hágame usted el favor de contarnos yadeyadeyamismo ese titular y la noticia entera, que es de muy mala educación dejarnos a todos tan con los dientes largos.

      • La Diva Calva por las tardes va a visitar la Giralda. Por cierto, tiene un blog que merece la pena, aunque no lo cultiva demasiado: http://ladivacalva.blogspot.com.es

      • El titular era demasiado terrible para ser reproducido, a pesar de que mediaba una denuncia, que en sí era ya noticia, pero fíjese, que los del periódico no quisieron líos con el alcalde… y yo tampoco, líbreme nuestra señora del chaleco de pana de vetarme un puesto en el gabinete de prensa de su señoría algún día de bajada de pantalones marsupial. Gracias, Tallón, por recomendar mi vomitorium, que sólo mis amigos leen y usted comenta tan amablemente; sepa además que en semana santa no es recomendable ir a ver la Giralda, porque se topa uno con los ‘pasos’ que en mi tierra se han llamado ‘tronos’ de toda la vida. Créame, no querría usted eso. Un abrazo!

  6. Al novio católico lo dejé tirado en la sacristía con el corazón roto. Tal vez si me hubiese contado las historias de las noviecitas de la parroquia me hubiese casado con él pero sólo si las historias hubieran estado buenas. Poco importa que fueran reales. Igual que sus fracasos. Por eso, cuente Tallón.

  7. Admirado Juan, eso de sacar fotografías para el deleite del novio, me suena a Cyrano componiendo versos para Roxana… “Mientras yo estaba abajo escondido entre la escoria, otros subían a recibir el beso de la gloria”
    Un abrazo.

    • (Y a mí me suene a algo mucho más prosaico y vulgarote, que en la época de los trovadores denominaban “essai” pero que en la actual viene a ser algo así como que la moza en cuestión es una calienta…)

      (En catalán, “escalfabraguetes”, que suena mucho menos bestiajo, aunque viene a ser lo mismo)

      (Claro que, para finura, llamarlo “essai”, que para eso se trataba del fin’amors medieval. Aunque ya puestos, estimado don Juan, mejor andarse con menos calentamientos vanos y subir un escalón más, hasta el “drutz”. Que eso ya son palabras mayores)

      • No hay duda que maneja usted con gran soltura los términos de la literatura medieval. Lo del drutz me ha impresionado. En realidad, como desconocía su significado, me ha asustado, pero al indagar en él, he respirado. Y me ha hecho desear ser uno de esos drutzs.

      • Estimado M.T. creo que por lo que cuenta el amigo Juan, el aspirante a “drutz” se quedó en un resignado “fenhedor” fiel discípulo del dios Onán.
        Saludos.

    • Oiga, Ángel, lo ha clavado. El relato ha evolucionado y a esa clase de individuos se nos llama “pagafantas”.

  8. Juan, esta vez has sacado a relucir a algunos grandes y a un par de enormes. Los grandes son por orden de aparición Negro Enrique, Maradona, el cardenal Wiseman (al que no tenía el gusto de conocer pero que después de hacer lo que dices que hizo merece ser conocido y admirado porque debía ser la hostia) y Enric González, el hombre que mejor ha sabido cerrar un escrito (ver Historias de Nueva York, obra citada por M.T. , uno de los comentaristas de hoy).
    El par de enormes (enormes no por grandes sino por excelentes), son las tetas de la italiana, claro.
    Y puesto que la aparición que narras ocurrió en Taormina [nada extraño si se tiene en cuenta que allí el postre por excelencia es la cassata, y sabido es que la medida exacta de las buenas cassatas son aquellas cuyas virtudes gastronómicas merecen ser comparadas sin desdoro (¿se dirá así?) con las tette], te sugiero que la próxima vez, en vez de quedarte en la playa, vayas a algún convento de la zona. Allí, las monjitas te dejarán catar las mejores cassatas que hayas probado nunca. Y hasta puede que coincidas en tu visita a las monjas pasteleras con alguna feligresa de esas que son pura golosina, feligresa que, si se porta como debe ser, hará fracasar nuevamente tus ilusiones para que sigas triunfando.
    En fin, estás condenado al éxito, amigo. Lo celebro.

    • Ese viaje de convento en convento es uno de mis sueños de adolescencia. Hace algunos meses oí relatar un viaje por los conventos de media España de nuestro actual ministro de Interior. Ya sabemos qué clase de aficiones tiene. El caso es que cuando no era ministro, y podía dedicar el día entero a ir a misa, se trajo de Roma la iconografía de no sé qué monja santificada (o algo por el estilo) y durante semanas la fue llevando de convento en convento, siempre que perteneciese a la orden de la monja en cuestión. Las hermanas le daban alojamiento, y a la mañana partía hacia el siguiente. Mi teoría es que se puso las botas. No sé de qué, pero me gusta imaginarlo. En cuanto a Enric, coincido contigo en que remata de cabeza como nadie.

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