Mientras haya bares…

Cuando todo te parece una mierda, y a lo mejor lo es, o no hallas refugio contra tus fantasmas, o cuando en casa hay demasiado ruido, incluso demasiado silencio, pero necesitas seguir escribiendo, siempre te queda el bar. De hecho, mientras haya infierno y bares cerca, hay esperanza. Nada está bastante perdido si todavía puedes dar un portazo, irte de casa y bajar al café. Claudio Magris es uno de esos escritores que no puede trabajar en casa, donde te acechan la familia y los objetos cotidianos. El bar es el sitio, sostiene, «donde la soledad se verifica en medio de los demás». Se trata de un espacio en el que «no se enseña nada, pero se aprende la sociabilidad y el desencanto». SartreEl novelista italiano acude a escribir casi siempre al Café San Marcos, en Trieste. Está acostumbrado a su torbellino, donde nada lo molesta. En Microcosmos, uno de sus más interesantes libros, rinde homenaje a los cafés. Joya del art nouveau, se trata del mismo local en el que Italo Svevo solía empezar sus mañanas, con la segunda caja de cigarrillos del día a medio fumar. No demasiado lejos de allí, en el Café Stella Polare, Svevo recibía clases de inglés de James Joyce, que también a menudo escribía en bares.

Magris necesita intimidad, y el bar es el lugar perfecto. Sólo hay gente y ruido. Al parecer, son la clase de condiciones adversas que favorecen el tipo de aislamiento en el que su literatura avanza con determinación. Porque no se trata tanto de estar solo, como incomunicado, y eso lo consigue pese al ruido de la clientela y la máquina del café. Las multitudes, y sus barullos, también arrullan. Hay un momento en Gilda (1946), de Charles Vidor, en que el individuo que limpia los baños del casino consuela al personaje que interpreta Rita Hayworth diciéndole: «Con tanta gente se siente uno solo». Esta clase de multitud, justamente, es la que consuela a Magris y lo acuna para escribir entre el gentío (El artículo completo, aquí).

[Texto publicado en Jot Down]

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Categorías:Bares, Literatura

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28 respuestas

  1. Ganas irrefrenables de escribir una “novela de café” tras leer su artículo, oiga. Pero carezco de disciplina. Demasiadas distracciones: bebidas, gente, conversaciones ajenas que acaban resultándome mucho más interesantes. Y ya, como haya alguna mosca volando, pierdo la concentración de manera irremisible…

  2. “la vulgaridad es una hamaca” y qué cómoda

  3. Yo he escrito muchas novelas en bares, pero como carezco de disciplina, siempre lo he hecho en servilletas, y lo que pasa es que al tercer gintónic una acaba dándoles otro uso, o dejándolas por ahí, a merced de las inclemencias de la noche, y acaban barridas junto al serrín puerco del suelo de los bares/freidurías que me gusta frecuentar a mi, ah… ¿y si el digo que el sentido del serrín en el suelo era absorber los escupitajos de los clientes y que aún se mantiene algo por aquí? qué cosa más inspiradora, ¿eh?, vaya y escriba otra novela.

  4. Magnífico. Aunque estaba esperando encontrarme con Pessoa en cualquier momento. El portugués y usted tienen cosas en común; más allá del idioma.

    • Sí, falta Pessoa, tiene razón. Y alguien más me ha dicho que falta Perec, y así es. Pero bueno. Otro día haré un artículo con los autores que me he olvidado de mencionar en los reportajes en los que cometí el error de no mencionarlos. Y seguramente se me escapará alguno.

      • Ojo, que yo no he dicho que “falte” nadie. Sólo he dicho que le estaba “esperando en cualquier momento”. A Pessoa, digo. Por si acaso aparecía, ya que da el perfil y es tan lusitano como usted. Sin embargo ya aprovecho para pedirle una pieza exclusiva sobre el de Lisboa. Cuando le plazca, si es que le place alguna vez.

        Abrazos, Tallón.

      • No, pero es verdad que falta. Y tomo nota de su sugerencia, compañero.

  5. En los bares de la calle Corrientes en Buenos Aires es común ver gente escribiendo e, incluso, a algún que otro escritor famoso. Recuerdo que la novela de Cortázar Los Premios empieza en el London City, un bar que queda en la esquina de Av de Mayo y Florida. Me pongo nostálgica hablando de bares, Sr. Tallón, es que coincido con Ud en que las mejores cosas pasan en ellos y, si hay suerte, luego en la cama.

  6. Claro, ahora lo entiendo: hay que ser escritor y, siéndolo, ir a los bares. Lo malo es cuando uno quiere, yendo a los bares, convertirse en escritor y acaba uno sin saber escribir y añorando los bares.
    ¿ Me podría usted facilitar algunos títulos de sus novelas ?. De las ya publicadas, me refiero…claro.

    Abrazos desde este Sur que hoy parece el Norte, por la climatología……

  7. En fin, Tallón, lo siento por usted, pero después de lo de su libro, su premio del pasado fin de semana y lo del Atleti de ayer, me temo que ha pasado a engrosar las filas de los elegidos o tocados por la fortuna. Vamos, que el día menos pensado le vemos en el “Hola” con una joven, guapa y rica heredera colgándole del brazo. Lástima, créame que reunía buenos mimbres para erigirse como un perdedor insuperable. Otra vez será.

  8. ¡¡Por fin la novela!! Le tengo ganas, ansia, gula…
    Extraordinario artículo Juan. Yo suelo ir a leer a los bares. Es donde mejor leo. Me ocurre lo mismo que a tus autores, pero a la inversa, leyendo.
    Aunque también me gustaría escribir en los bares, que es donde mejor me encuentro. Pero solo me atrevo a hacerlo en los que no entra nadie, en los que están medio vacíos, a punto de ser traspasados porque en los que tienen clientela temo que alguien mire, lea, chafardee, y se me cae la cara dse vergüenza. Una vez lo hice y después de tres horas con un cortado y unas cuantas páginas escritas se me acercó el camarero y me preguntó que si era escritor. ¡qué más quisiera!. le contesté. Entonces tomará algo más, me increpó.

  9. ¡Cómo me gustaría estar, para poder dar fe de tu fracaso estrepitoso !
    ¡salud!

  10. A ver, Tallón… Cuando vemos la presentación del Váter de Onetti y algo de turné para echarnos unos maltas…Abrazos

  11. Juan, non hai versión electrónca de “Mientras haya bares”? Obrigado.

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