Los pantalones de Borges

Osvaldo Ferrari estaba sentado frente a Borges, como otras veces, en un café tranquilo de Buenos Aires. Conversaban. De pronto, el periodista hace referencia a Nueva Inglaterra y los buenos poetas que ha dado esa región. Cita a Robert Lowell, dos veces premio Pulitzer, que en Life Studies había proclamado «Yo mismo soy el infierno», y no se equivocaba. «Sí, por supuesto, yo lo conocí», afirma Borges, sin demasiadas ganas de afirmar. «¿A Robert Lowell?», pregunta Osvaldo, intrigado. «Sí, cuando estuvo aquí, en Buenos Aires. Caramba, no sé si… quizá sea indiscreto decir que estaba pontificando en una reunión, y vinieron a buscarlo de parte de la embajada de los Estados Unidos, y lo llevaron al manicomio. Cosa muy triste estar así, pontificando, sintiéndose muy seguro, y luego aparecen dos personas, silenciosas pero irresistibles… y se lo llevan. robert lowell and caroline blackwoodSí, bueno, pero olvidemos eso. [Años después] Yo estuve con él en Inglaterra, y él había sin duda olvidado ese episodio, y yo también lo olvidé. Por lo menos mientras estuvimos juntos».

En realidad, Borges nunca olvidó aquel enigmático episodio, que sólo le refirió a Ferrari de un modo confuso y ligero, a modo de recuerdo, pero sin recordar demasiado. Tal vez por esa razón, cuando el periodista insistió, el escritor fue un poco más allá, pero sin ir demasiado, al decir que nunca leyó los poemas de Robert Lowell, «y creo que es seguro decir que nunca leeré los poemas de Robert Lowell». En todo caso, añadió brevemente, como cuando viertes sólo un poco de veneno en la copa, «quizá podrían gustarme sus poemas si fuera capaz de mantenerse con los pantalones puestos». Tema zanjado, aunque no demasiado zanjado. No puedes hablar de pantalones bajados, y creer que ahí se acaba todo. Normalmente, cuando te bajas los pantalones, sólo estás empezando (texto completo, aquí).

[Artículo publicado en Jot Down]

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Categorías:Literatura

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7 respuestas

  1. O sea un simple desahogo del señor escritor, encajó la punta del puñal solamente, no puedes hablar de pantalones bajados y creer que se acaba todo, pues ya ves que si se puede, si él lo hizo…saludos.

  2. Ora se entiende mejor la antipátia de Borges por Lowell, -al margen de que este último era un pésimo poeta- no es de recibo comportarse así en casa ajena. Sabía que era un dipsómano pero no lo imaginaba tan merluzo . Por cierto las fotos del susodicho me recuerdan y mucho a Jack Lemmon y no he podido evitar acordarme de la película Días de vino y rosas

  3. Madre mía, Tallón, qué razón tenía mi abuela (esa santa a la que tanto le menciono) cuando me decía que los escritores no tienen sangre en las venas. Supongo que era su manera de decirme que me buscara un hombre de pelo en pecho, con el cerebro bien centrado entre las piernas y una musculatura que me sirviera de defensa ante los locos de los que me rodeo, ah, un derribapuertas, eso es lo que necesita una mujer, me hubiera gustado saber qué cara se le quedó a Alberti, pobre…

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