«Míster, ¿qué?»

Recuerdo que uno de mis primeros trabajos, cuando llegué a mi experiódico, fue un especial sobre la construcción. Me quise lucir, pese al tema, y me entrevisté con un constructor, visité una obra para charlar con un encofrador y un par de albañiles,  y, para el final, dejé el encuentro con una decoradora. Nunca vi a nadie, en minifalda, matar un cigarro contra un cenicero como aquella mujer, por cierto. En aquello, supuse, debía consistir una femme fatal, por la que estás dispuesto a perder la cabeza. Era el tipo de suposición, creo, que también hizo en su día el personaje que interpreta Kevin Spacey en American Beauty, antes de descubrir, avanzado el matrimonio, que «el mejor momento del día es por la mañana, cuando te la cascas en la ducha».

Azorado por la decoradora, y su modo de asesinar, y mi erección, llegué a la redacción y me puse a escribir sobre la construcción, pero sin escribir de la construcción. Me salió esa clase de discurso que, si eres bastante imbécil, escribes para la boda de tu mejor amigo. Empleé más de cien adjetivos. Y no me parecieron muchos, en el mismo sentido que Mark Twain aseguraba que fumaba moderadamente, es decir, «sólo un cigarro a la vez». En ese momento, sentí que había redactado la mejor página del periodismo. Enseguida me sacó del error la jefa de sección, que rompió la hoja en dos trozos, y después en cuatro, y en ocho, y en dieciséis, antes de arrojar los copos de nieve al suelo. «Escríbelo otra vez, pero mal, como si fueses el albañil». Lentamente, aprendí que cuando escribes un pasaje que crees que está particularmente bien, a menudo ése es el pasaje que sobra. En el fondo, no está tan bien como sospechas.

Primero, para hacernos una idea, se trata de escribir, escribir cualquier cosa, así sea una nota de suicidio. A continuación, se trata de ensayar cierta sobriedad, incluso de no escribir. Ni siquiera una breve nota de suicidio, por muchas ganas que tengas. En general, casi todo sobra, como aquel día que, después de un partido en Riazor, Arsenio Iglesias se presentó en sala de prensa, y la primera pregunta de los periodistas le llegó casi vacía, sobreentendida: «Míster, ¿qué?». El entrenador del Deportivo era de los que apreciaban la parquedad, y agradeció aquel gesto. De hecho, en otra ocasión, con motivo de un Deportivo-Real Madrid, que finalizó con empate a cero, Arsenio se plantó de nuevo en la sala de prensa, cabizbajo, después de que compareciese el entrenador del Madrid, y ante unos periodistas que lo miraban en silencio, se encogió de hombros, y espetó: «¿Pero qué voy a decir yo si acaba de hablar Jorge Valdano?»

Foto: Arsenio Iglesias.

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Categorías:Fútbol, Periodismo

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18 respuestas

  1. A veces hay que hacer las cosas sólo para deshacerlas. Suerte tuvo usted de que le rompieran el folio delante de la cara, a mi me dejaron publicar un millón de memeces firmadas, ay…

  2. Leer mi propio escrito me sienta igual de mal que mirar las fotos en las que salgo. Aunque en ambos casos, el pasar del tiempo cambia la persepectiva y suaviza ese rechazo inicial. (no pienso leer este comentario).

  3. (No voy a preguntar qué pasó luego con la diseñadora, descarto que Ud. vaya a decirme la verdad). Tengo entendido que el Deportivo una vez le ganó una final de algo al Real Madrid. La información me la dio una especie de novio gallego que tuve (especie por lo de novio, no por lo de gallego). Siga escribiendo, Sr Tallón, que algo hay que hacer para matar el tiempo.

  4. No hay nada de laconismo en el ¿qué? cuando se espera a quien va dirigida la pregunta te cuente su vida entera. ese qué interrogativo debería utilizarlos más los fiscales en cosas de esas de dineros sucios tal que un: ¿qué macho? para romper el hielo y eso

  5. Es como los valencianos que nos preguntamos.. ¿y por qué nosotros no? Esa sí que es jodida de responder, querido amigo.

  6. Señor Tallón -o quizás debiera empezar a tratarle de “amigo Tallón”, pues realmente mi aprecio por usted ha crecido exponencialmente-, cada vez que cuenta algún chascarrillo de cuando malgastaba usted la vida alquilándose como mercenario de la pluma me siento plenamente identificado. De no ser porque mi jefa de redacción es en realidad un hombre (con melenita, eso sí) casi podría jurar que yo ahora estoy ocupando la mesa que usted dejó vacía.

    Abrazos.

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