¿Alguien tiene una cerilla?

En una etapa decadente de mi vida, como ahora, el deportista total en el que me miraba, para tratar de imitarlo, no era un atleta de decatlón, ni un boxeador con gusto por la lectura, ni un futbolista fotogénico. Ni siquiera el típico defensa central, rudo y que, una vez a la semana, cuando no está rompiendo piernas de delanteros, ensaya con su grupo de rock progresivo en un garaje. No. Nada de eso. Yo admiraba al deportista que fumaba. Era la época que también veneraba a Henry Hill (Uno de los nuestros) y Jules Winnfield (Pulp Fiction), o a los escritores yonkis, como William S. Burroughs.

Si en ese etapa decadente yo hubiese conocido a George Best, le habría levantado una Garrincha 09.30.41estatua y, desde luego, le habría pedido a mi peluquero que me hiciese el mismo corte. Nadie encarnó el vicio con más estilo, y sabido es que cuando en 1969 dejó las mujeres, los cigarros y el alcohol, «fueron los peores veinte minutos de mi vida».

En aquel momento, sin embargo, mi admiración estaba con los de casa. Es decir, yo quería ser Paolo Futre, correr medio campo como si me fuesen a meter algo por el culo, con perdón, y colársela a Buyo entre las piernas, y perdón de nuevo. Y después, para relajarme, echarme un cigarrito en la banda, apagarlo con la bota, como si trabajase para Tony Soprano, y vuelta al terreno de juego a liarla de puta madre. No debía ser tan malo el tabaco, argumentaba yo, cuando Futre se había proclamado campeón de Europa con el Oporto, y más tarde, con el Atlético, siguió compatibilizando sus mejores partidos con cuatro o cinco cigarrillos diarios.

¿A cuento de qué, si el tabaco no funcionase, iba a pagar Florentino Pérez 30 millones de euros por Coentrão? Pagó porque era polivalente, es decir, jugaba al fútbol, fumaba y se dejaba ver en los locales de copas próximos a Torrelodones. Recuerdo que Johan Cruyff, fumador y futbolista al mismo tiempo, tomó un día las riendas del banquillo del Barça y marcó las reglas del dream team: «Si mis jugadores son tan buenos como yo, que fumen lo que quieran».

Pero a mí me gusta citar la historia de Claudio Borghi, exseleccionador de Chile. En los descansos de los partidos, cuando todavía era jugador de campo, siempre arreglaba con el utillero del equipo para un par de caladas. Contravenía así la teoría de su padre, que «decía que había tres cigarros que se justifican: después de hacer el amor, después de comer y después de cagar, los demás son de vicioso».

En mis días de baloncestista, cuando mi leyenda ya decaía, en juveniles de segundo año, me gustaba liarme un porrito en el autobús, antes del partido, para flotar en defensa. En un partido en el que perdíamos de veinte al descanso, entré en el vestuario con un cigarro apagado en los labios, preguntando «¿alguien tiene una cerrilla?», como Lauren Bacall en Tener o no tener. Lamentablemente para mis intereses, en el vestuario se encontraba mi padre. De pronto, ya no me sentí como Lauren Bacall, sino como ese pobre diablo de Érase una vez en América del que David Noodles dice: «Lo hemos pillado con el pito en el chichi de una menor».

Después de aquello dejé el baloncesto. En la vida hay que elegir.  Como el día que Di Stefano, convertido en un icono publicitario, eligió posar para Lucky Strike. Pero ya he dicho que yo me fijaba en los de casa, y qué mejor ejemplo que Luis Aragonés, que con un cigarrillo entre los dedos, durante los entrenamientos, las colocaba en la escuadra de falta directa. Ni siquiera esperaba a entrar al vestuario, como hacían Garrincha o Lev Yashin. En fútbol existe, desde hace décadas, una corriente negacionista, según la cual el tabaco no es demasiado perjudicial para el buen jugador. Recordemos a Robert Prosinecki. Fue campeón de Europa con el Estrella Roja y consumía dos paquetes diarios, que no abandonó ni al fichar por Real Madrid. Prosinecki tenía una teoría. «El tabaco me relaja. Y nadie vive cien años». Esta corriente de pensamiento había alcanzado cotas más estupendas todavía con Mágico González. «Yo no soy un atleta, soy un artista del fútbol», argumentaba. David Vidal, su entrenador en el Cádiz, le propuso en una ocasión, durante una sesión de entrenamiento: «Jorge, si no le das más de veinte toques a un paquete de cigarros, dejas el tabaco.  Pero si lo consigues, te dejo yo a ti en paz. Lo dio más de cuarenta y me tuve que dar media vuelta».

Foto: Garrincha.

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Categorías:Fútbol

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10 respuestas

  1. Yo, que siempre me las daba de listilla, prefería salir con tíos fumadores que fumar yo misma, ya sabe, por aquello de cuidar la salud en un sentido y la estética en otro. Me gustaba el aspecto chulesco de los tíos mientras fumaban, es cierto, lo malo era el aliento tabaquero de estos por las mañanas, ay, lo que hay que sufrir por ser cool.

    • A veces me gusta pensar que empecé a fumar para contrarrestar la boca de una novia, también fumadora. Pero es mentira. Hace tanto tiempo que dejé de fumar que no recuerdo en qué momento empecé, ni por qué.

      • Los fumadores me parecían atractivos, cierto es, pero sólo hasta los 23, luego, me empezaron a atraer más los exfumadores, pues pensaba: donde se ponga un tío con una voluntad de cojones que se quite todo lo demás. Yo nunca empecé a fumar, me daba vergüenza que la gente viera que no me sé tragar el humo… queda muy de película adolescente y una tiene ya su edad.

      • Ya se sabe que los comienzos siempre son difíciles. Por eso los primeros cigarros conviene ensayarlos en la intimidad. Alguna vez los hizo en la cama, cubierto con las sábanas.

    • Es lo que tiene tener 5 hermanos, la intimidad es una utopía.

  2. Y yo que me pensaba que Johan había dejado el tabaco por un infarto. Gracias a usted ahora lo tengo claro. No pasó de los 16 toques al paquete. Un cordial saludo: http://www.youtube.com/watch?v=KDLjnkXRZUA

  3. ¡Qué fastidio! Cada día que intento dejar de fumar me doy de bruces con un articulo de marras que me recuerda lo malo que es dejar de fumar o no he entendido nada. Ni a los pobres nos dejan nuestros pocos vicios. A ver… lo vuelvo a leer.

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