Me informaron mal

Hace una semana, sacando a la perra de paseo, trabé conversación con un ciudadano africano, llamado Akang. La noche estaba sin estrellas y la oscuridad movía las hojas. Creo que compartimos la sospecha de que las estrellas se habían alejado a propósito, para que charlásemos tranquilamente. Entre los vicios más extraños y graves de nuestro tiempo, además del silencio, está la conversación. Caímos en ella dando tumbos. Una cosa llevó a la otra y, cuando alcanzamos cierta intimidad, le pregunté qué lo había traído a Ourense. Esta clase de decisiones –recalar en este lugar– me intrigan desde la adolescencia, cuando soñé con huir de aquí por primera vez. «Quiero hacerme rico», respondió entre la felicidad y la desolación, como si después de dos meses de estancia ya hubiese comprendido que aquí sólo puedes hacerte pobre. Kurt VonnegutNaturalmente, me fue imposible no sonreír, mientras me preguntaba si hablaría en broma, como cuando Kurt Vonnegut, novelista y empedernido fumador, amenazaba con demandar a la Philip Morris por no haber conseguido su correspondiente cáncer de pulmón.

Aquel deseo por hacerse a rico también me empujó a pensar en Casablanca, cuando Rick pregunta a Victor Laszlo qué demonios ha venido a pintar a Marruecos, y éste responde, serio y cínico, que «a tomar las aguas». Humphrey Bogart, que en cuestión de cinismo no acepta lecciones, insiste: «¿Qué aguas? ¿Las del desierto?». En ese momento, el dirigente de la resistencia baja los brazos y admite que «seguramente me informaron mal». Mi perra Gilda –que también lleva un par de meses en Ourense– y yo asentimos al unísono, serenos, como si nuestro interlocutor fuese a compartir con nosotros su fortuna. De hecho, si nos hubiese asegurado que estaba en Ourense para tomar las aguas, habríamos quedado aún más persuadidos. Incluso le habríamos hablado de un par de manantiales a los que de niño mi abuela me llevaba para curarme, sospecho, el pesimismo, que comenzó a aflorar en la EGB. Nosotros estábamos tan dispuestos como él a creer cualquier cosa. Nos abstuvimos de desgastar sus ilusiones.

En la vida todo debería estar permitido, menos ir contra un sueño. Hace un par de años, un compañero de sucesos investigó los trapos sucios de un empresario de tercera fila. Tardó dos meses en contrastar la mierda, que se había revestido de varias capas de limpieza. Cuando tenía escrita la información, se la pasó a la jefa de sección, que la estudió por encima, con el ojo derecho. En realidad, leyó la primera línea, donde aparecía el nombre del empresario. «¿Pero tú no sabes que este fulano es primo carnal del presidente de la Diputación?» El cierre se echaba encima y, apenas sin margen, el periodista tuvo que improvisar un panegírico del empresario en cuestión, ponderando que se había hecho a sí mismo siguiendo hondos principios morales. Mi colega no levantó cabeza en seis meses, claro. Le habían desgastado el sueño del periodismo. Por mi parte, me limité a decirle a Akang que, si quería hacerse rico, había llegado al lugar indicado.

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Categorías:Cine, Vida diaria

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17 respuestas

  1. Le entiendo, Tallón, a veces es mejor una mentirijilla piadosa que conserve la ilusión de las personas, como cuando a usted le dijeron que tener perro era cosa que molaba. Un abrazo.

  2. Pudiera ser que el africano se sintiera millonario en Ourense porque su lugar de origen es mucho peor. Pudiera ser que no hablara bien el idioma y en lugar de millonario hubiera querido decir desempleado. Tal vez estuviera en proceso de hacerse millonario en términos futboleros: hincha de River Plate, el más grande. Pudiera ser que realmente llegó para hacerse millonario: empezará a actuar en política. Felicidades, ha conocido Ud. a su próximo alcalde.

  3. Su colega de sucesos pecó de ingenuo. Yo cuando tengo un pez gordo a la vista siempre me acerco al despacho correspondiente a preguntar, antes de hacer cualquier otra cosa. Aunque hay que decir que eso, a veces, tampoco sirve de mucho; le dicen a uno que proceda para, dos meses después, darle el alto con sorpresa y enojo. En fin, este gremio. Nada nuevo bajo el sol.

    • Usted seguro que también es de los que prefieren preguntar cómo se llega a un sitio antes que confiar en el instinto del conductor y perderse en geografías imposibles. Bah.

      • Coño, Tallón, no se lo tome a mal. La ingenuidad de su colega de sucesos me parece entrañable. Necesaria, incluso. Pero se topó con lo que se topa un periodista a menudo: el bastardo conflicto de intereses. Kapuściński se equivocaba: este oficio pertenece a los cínicos.

      • Tiene razón, el cínico llega enseguida a coordinador, luego a jefe de sección, pronto a redactor jefe, y un día, sin pasar por la subdirección, a la dirección. Naturalmente, usted y yo seguimos recogiendo cacas en la redacción, y barriendo la pelusilla.

  4. Excelente entrada. Por cierto, su colega de redacción, ¿era en realidad usted, no?

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